El racismo cubano, hijo de la esclavitud, es un problema real contra el que se han estrellado las buenas intenciones pre revolucionarias (aquellas que imaginaban la nación como un ajiaco en la que vendrían a cocinarse tranquilamente los ingredientes de la cubanidad) y las que llegaron más tarde con Fidel Castro en 1959.

Pero el racismo también está enraizado entre los propios negros. No por gusto en el censo de 2002, muchísimos de nuestros compatriotas mulatos se declararon como blancos y los negros como mulatos, lo cual arroja la ridícula cifra del 10% de población negra total, algo que contrasta con la realidad que se ofrece a los ojos de cualquiera que se dé una vuelta hoy por Centro Habana.

Las primeras víctimas de la desespañolización de Cuba (querida por los intelectuales blancos de principios del siglo pasado) fueron las minorías. Hoy, muy pocos de nuestros compatriotas saben que en los tiempos de Cuba española, cuando por fin quedó abolida la esclavitud, los negros quedaron en igualdad de derechos que los blancos y gozaron de prerrogativas (libertad de reunión y de asociación, por ejemplo) que les son negadas cien años después.

Madrid cometió muchos errores en la administración de su provincia, nadie va a negarlo a estas alturas; pero el más grande de todos fue el de romper con sus ciudadanos de color en el momento en el que más los necesitaba para defender la integridad y la soberanía del Estado.

Acabar con el racismo, que es un problema proteiforme, no es sólo una obligación legal. Una política voluntarista (de cuotas por ejemplo) se imponía cuando aún existía la ilusión de la reforma revolucionaria. En 1966 el propio Fidel Castro afirmaba que “el racismo desaparecería con la eliminación de los privilegios de clase”. Otra de sus promesas incumplidas, pues como sabemos, en los últimos veinte años los cubanos de color han visto estos privilegios aumentar exponencialmente. Hoy un abismo separa a los negros, que por lo general no tienen accesos a las remesas, de los blancos que cuentan con la ayuda de sus familiares en el extranjero.

El sol ya no puede taparse con un dedo. La población negra sigue siendo la que peor vive en Cuba, la más afectada durante la crisis de los noventa y en la actual mala situación política y social. La mayor parte de los 60.000-70.000 presos son jóvenes y negros, según la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (Ccdhrn). El presidente de la Asamblea, Esteban Lazo, y el vicepresidente Salvador Valdés son excepciones en la dictadura castrista. Igualmente, salta a la vista que las delegaciones oficiales que el gobierno envía a las negociaciones importantes están compuestas mayoritariamente por blancos.

Sin embargo una solución existe.

La ley de la Memoria histórica reconoce la nacionalidad de los descendientes de españoles que la perdieron en el siglo 20. Del mismo modo, el parlamento español reconoció también el derecho de los judíos sefardíes a la nacionalidad española. Los señores diputados deberían hacer un gesto más en dirección de sus antiguos ciudadanos de color discriminados, reconociendo sus derechos como españoles. No sólo se trataría de un gesto profundamente humanista, sino de un acto elemental de justicia, cuyas con consecuencias  serían incalculables dentro de Cuba y fuera de ella.

 

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