Los que perdieron la guerra contra Castro

A los cubanos antiguos de Miami, “los que perdieron la guerra”, nos queda el consuelo de haber luchado contra un régimen oprobioso, injusto, ladrón y asesino

 

  • Respuesta a ‘Cuba y su deshielo tropical’

Los que se “refocilan y autocomplacen odiando al gobierno cubano” tienen sus razones poderosas para sentirse así, así pasen cien años. Tal vez le mataron a un hijo en el paredón, tal vez no pudieron mandarle comida ni medicinas a sus padres en Cuba cuando estaba prohibido, tal vez no le pudieron acompañar a la hora de la muerte, tal vez no vieron a sus hijos crecer porque se quedaron con su madre allá, y lo peor, no pudieron crecer ellos mismos ni hacerse profesionales, ni criar a sus hijos en lo que había sido designado por derecho de nacimiento su país, su patria –siempre extranjero–, siempre inmigrante, siempre exiliado en tierra ajena.

No nos echemos culpas ni de un lado ni de otro. A cada uno le tocó su destino, su suerte, su camino en la vida. Su dolor de patria. Cada uno de los cubanos ha sufrido su propio calvario, allá y acá. Son casi 60 años de una historia nefasta y muchas las circunstancias de cada cual.

A los cubanos antiguos de Miami, “los que perdieron la guerra”, nos queda el consuelo de haber luchado contra un régimen oprobioso, injusto, ladrón y asesino. Muchos pasaron su juventud, 20 años, en presidio y quedaron marcados el resto de sus vidas. Muchos siguen llorando la derrota y siguen sin pisar la tierra que todavía pisa el enemigo. Muchos añoran esa tierra a la que sienten suya.

A los “cubanos nuevos” no les queda ese consuelo porque vivieron encerrados, con una sola vertiente, un solo poder absoluto, una sola escuela de pensamiento, por eso nunca pelearon, ni se enfrentaron, ni siquiera vieron como abusador al que era su enemigo, sino que se entregaron, creyeron las promesas proclamadas, aceptaron obedientes porque no les quedaba de otra. No tuvieron la visión de saber que todo era un engaño a expensas de ellos mismos. No tenían cómo saberlo, no tuvieron punto de comparación, nacieron en eso. Sin historia y sin pasado.

Cuando no se puede escoger libremente porque te persiguen, te golpean, te encierran, te maltratan, te demuelen tus sueños de futuro en la tierra de tus antepasados, en la tierra de tu sangre, por tus ideas contrarias, luchas, combates y te deshaces para quedarte, hasta que te lo hacen imposible. Otros se quedan y poco a poco se convierten en mayoría silente hasta que logran escapar.

No es este el momento de “llamarse nombres”. Los que “hacen catarsis eructando política” al menos mantienen el ideal limpio, y el sueño intacto de ver su patria libre de paredones, cárceles, ofensas, persecución, vigilancia, brigadas rápidas, mítines de repudio, golpes cobardes a mujeres sin más armas que su ropa blanca.

¿Desprecio al que triunfa allí? ¿Y quién triunfa allí sin la ayuda de aquí?

El juego del poder entre cubanos debería ser limpio, sin nombretes, ni “eructos” abominables.

Los que “seguimos peleando la guerra pasada que perdimos” al menos llevamos en el recuerdo una Cuba mucho más honorable y ordenada y justa de las que han vivido los que han habitado la Cuba maltrecha, tiranizada por un solo hombre, dueño y verdugo de millones de habitantes.

Por eso seguimos “odiando al tirano”, y quejándonos aunque al autor del artículo Cuba y su deshielo tropical, Jorge Dávila Miguel, le parezca que es una catarsis inútil. No es hora de insultos y procacidades.

Así no.

Así no llegaremos a nada.

Así no somos hermanos.

Así no somos dignos de habitar una misma tierra por derecho propio. Lo que todos queremos es ser libres en la tierra donde nacimos.

Hispanista revivido.