Ayer rompí mi norma. Me detuve un instante y los saludé con más alegría y efusividad que nunca. Hasta los felicité, vaya, que ya es decir

 

Siempre los veo de regreso a casa al atardecer. Allí sentados al doblar de la esquina, en el parque donde revolotean alegres las cotorras —esas aves invasoras, de una especie exótica tropical, que ahora se han propagado por todo Madrid como los neopopulistas bolivarianos.

Más que un parque, es en realidad el atrio de la parroquia del barrio, con una larga entrada flanqueada de bancos a ambos lados. Y en la parte de afuera, en una amplísima acera que semeja una pista de patinaje, habrá también unos cuatro o cinco bancos. O tal vez seis o siete, porque no me he detenido a contarlos

Es zona wifi, pero allí se sientan solamente los mayores, por lo que no verás a ningún jovencito conectado a la red o texteando sus angustias efímeras. Es definitivamente un área para jubilados y pensionistas, muchos de ellos auxiliados de bastón para poder caminar con seguridad y firmeza. Mas no es de su exclusividad en virtud de ninguna ley u ordenanza municipal, sino por la fuerza de la costumbre. En los bancos los mayores se actualizan sobre el acontecer con su cotilleo interactivo; y en los árboles las cotorras les hacen competencia con su cotorreo imparable. Unos y otros, en feliz convivencia democrática, pero cada cual en su sitio. Y Dios, a apenas unos metros pasando el pórtico de la iglesia

En su compañía, tener menos de setenta años es como para sentirse el pipiolo de la pandilla o incluso un pepillo rockero. Pero no por eso hay que subestimar su energía inagotable a prueba de desengaños sociopolíticos. Los verás siempre conversando animadamente, comentando la actualidad o quizás averiguando dónde se mete la chica del 17, la golfilla de aquel cuplé, que era como una jinetera de alto standing.

“Son unas viejas cotillas”, dice mi suegra casi nonagenaria que no es amiga del chismorreo y sale de misa directo a la casa. Pero tampoco hay que ponerse estupendos. El chisme no pasa de ser un pecado venial y, además, así socializan, cogen el fresco y pasan el rato las viejitas y viejitos de mi barrio como en una especie de psicoterapia de grupo.

Ya sus caras me van siendo familiares y los saludo al paso, dándoles las buenas tardes con la distancia formal con que uno suele tratar a los séniors o a las personas con las que no se tiene mucha confianza. De fuera a fuera, como se decía antes en Cuba.

Sin embargo, ayer rompí mi norma. Me detuve un instante y los saludé con más alegría y efusividad que nunca. Hasta los felicité, vaya, que ya es decir. Se quedarían a cuadros, me imagino. “¿Y este loco por qué nos desea felicidades?”, se habrán preguntado seguramente. Quizás no se dan cuenta de que su voto masivo fue determinante para darles el frenazo a las fuerzas totalitarias de Podemos et caterva.

Mientras que los jóvenes estudiantes y graduados universitarios votan mayoritariamente a los neocomunistas y a la extrema izquierda, porque piensan que eso es lo sensato y lo verdaderamente intelectual, los viejitos españoles fueron los que salvaron los muebles democráticos.

Los mayores de 65 años siempre constituyen aquí un sector de peso en las elecciones, tratándose de una población envejecida como la de España, cada vez con menos nacimientos y más esperanzas de vida al nacer, que se traduce en mayor edad al morir. Pero en los comicios del 26J resultaron realmente decisivos. Fueron ellos los que, sin hacerles caso a los nietos rojillos, impidieron con su voto sabio y acertado el desastre nacional. ¿Quieres mayor razón que esa para felicitarlos?

Que vivan los viejos, coño.

Deja un comentario