Mamerto

Mamerto es un santo. San Mamerto de Vienne. Un hombre ejemplar que vivió en el siglo V y es venerado indistintamente por católicos, ortodoxos y anglicanos. Pero no parece que tenga muchos devotos. Al menos yo no conozco a nadie que lo invoque en momentos de aflicción, como a otros muchos santos. Santa Bárbara y San Lázaro, por ejemplo.

A San Mamerto le pasó igual que a San Apapucio, a quien le cortaron el miembro viril desde la su misma base, según el relato tradicional. Aunque no lo digo por eso, sino porque su nombre mueve igualmente a la guasa y el choteo, más que a la devoción. Y que Dios me perdone.

Decirle a alguien mamerto es llamarlo tonto o bobo. En Colombia les llamaban mamertos a los viejos comunistas y luego, por extensión, a los izquierdosos en general, debido a sus tonterías políticas calzadas con pujos teóricos. Aunque desconozco el nivel de uso que tenga la palabra en el ámbito hispanoamericano, parece que se emplea en varios países del área.

En cuanto a Cuba, vengo oyendo la palabra desde niño.
Para empezar –y si no me falla la memoria remota, que se activa con los años–, al Mr. Potato le llamaban Mamerto en la Cuba de los cincuenta. Recuerdo además que los estudiantes de los tiempos de mi hermana mayor cantaban una copla festiva, si se quiere extravagante, que decía más o menos así:

“Se murió Mamerto
la viuda del muerto
pobre Restituta
qué vieja más sata
qué vieja más bruta”.

Ingenuos que eran los muchachos de la época. Hoy dirían cosas más fuertes y malsonantes a ritmo de reguetón y a lo papichuli matador.

Por eso es que hallo bien que se haya rescatado la palabra ‘mamerto’ en el doble sentido de simplón e izquierdista. El término está avalado por la tradición y el uso tanto cubano como hispanoamericano. Muy bien que se le endilgue a los tontos útiles e inútiles que son los idiotas políticos centro, sur y norteamericanos. Nada los define mejor.

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