La historia de nuestros propios yihadistas, demuestra que una buena parte de ellos, al igual que Salman Abedi, nacieron en Europa, y que han alimentado el odio a lo que somos en los pupitres de nuestras escuelas.

Versión del Artículo:  Manchester: Cessez de nous mentir de Natasha Polony, periodista francesa del periódico Le Figaro.

Primero se experimenta esa horrible sensación de ahogo, luego vienen las lágrimas cuando imaginamos a esos padres tratando de ponerse en contacto con sus hijos, llamando a celulares que suenan en el vacío en medio de una escena de masacre. Se siente rabia por la impotencia, y por saber que en alguna parte, unos monstruos se sentirán felices por sus espantosos crímenes.

Pero una vez que pasan las emociones, tras las ceremonias y los minutos de silencio, queda el deber que tenemos todos colectivamente, de preguntarnos sobre cómo podemos ser útiles.

Nadie puede impedir todos los atentados. Los servicios de inteligencia franceses han aprendido mucho, y el estado de urgencia les ha permitido actuar con rapidez; sin embargo el drama de Manchester nos obliga a mirar de frente la realidad.

Lo primero que se verá cuando se investigue el entorno de Salman Abedi, es que Libia se ha convertido en un peligro mortal para Europa. Los militares franceses llevan meses alertando, que con la con la complacencia de Túnez, un considerable número de cuadros dirigentes del Estado Islámico, que huyen de las ofensivas aliadas contra Mossoul y Raqqa se están instalando en Libia. El mismo Abedi, pasó por Turquía para llegar a Europa. “De la misma manera, hemos observado que desde hace meses no deja de aumentar la calidad de los explosivos utilizados en la región, como por ejemplo, los que se emplearon contra las tropas francesas en el Sahel, precisó Didier François en la emisora Europa 1. – Es evidente que estamos asistiendo a la transferencia de un saber hacer que proviene de Iraq y de Siria.” Este nuevo tumor en aquel país, permite que futuros terroristas se mezclen a la riada de infelices que los traficantes arrojan al Mediterráneo.

En segundo lugar, la historia de nuestros propios yihadistas, demuestra que una buena parte de ellos, al igual que Salman Abedi, nacieron en Europa, y que han alimentado el odio a lo que somos en los pupitres de nuestras escuelas sin que en ningún momento se les proporcionasen respuestas adaptadas. ¿Qué decir de ese muchacho que intenta dos veces marcharse a hacer la guerra en Siria y que tres jueces deciden dejar en libertad tras su promesa ‘sincera’ de haber abandonado sus planes y de que se buscaría un trabajo? Fue ese el mismo joven que decapitó a un sacerdote de 86 años. Pareciera que algunos magistrados no acaban de integrar la amenaza contra la cual combaten cada día policías y militares. Para enfrentar todo ese odio, no nos hace falta una nueva ley antiterrorista, sino un rearme intelectual y moral de todas las instituciones de esta República; de cada ciudadano sin tener en cuenta su religión o su origen.

Por último, algo que no se repite lo suficiente, y que cada nuevo atentado en el Reino Unido o en Dinamarca nos lo recuerda: el multiculturalismo no nos salvará de su odio. El yihadista que hace explotar una bomba en medio de adolescentes que salen de un concierto, no lo hace en protesta por sentirse discriminado; tampoco esa es la razón por la que aquel otro ‘joven’ asesinara a niños a sangre fría cuando salían de la escuela, sólo por ser judíos. Hay que llamarse Tariq Ramadan para a escribir a una semana de la masacre de Ozar Hatorah, que Mohamed Merah era: “una víctima de un sistema que lo había condenado de antemano.” El yihadista de Manchester vivía precisamente en una sociedad que tolera el velo integral y no comprende el concepto francés de laicidad. Podemos intentar comprender los múltiples factores que alimentan las frustraciones de los jóvenes que buscan venganza. ¿Debemos por eso, como lo hace Emmanuel Macron, disertar sobre el ‘caldo de cultivo’ que facilita la radicalización y cuestionarnos sobre ‘nuestra responsabilidad’ al respecto?

Sin llegar a negar que existe la discriminación hacia los negros y los árabes, pero no hacia los ‘musulmanes’ en general, ¿debemos resignarnos a creer que los fracasos de los jóvenes en este país puedan justificarse por el mero hecho de considerarse víctimas de la República? Pues es ese sería, precisamente, el caldo de cultivo que acreditaría tales actos.

Naturalmente, tenemos que tomar conciencia de nuestros fallos y de nuestras fracturas.

Parar de creer que podemos impunemente desestabilizar países, regiones enteras, amparados por turbios intereses. Dejar de permitir que se infiltren en nuestros barrios (y en buena parte de África) los ricos aliados que promulgan un islam integrista y totalitario. Dejar de suponer que esos soldados impregnados de ideología son niños perdidos por falta de amor. Dejar que nuestro modelo de civilización se reduzca a sus lados más sórdidos, para asombrarnos luego que nuestros jóvenes busquen en otros cielos mejores razones para vivir o morir. Por último, tienen que dejar de repetirnos que debemos acostumbrarnos a vivir en medio del terror, pues aceptar esa fatalidad, es lo peor que puede pasarnos.

A fin de cuentas, que dejen de mentirnos. Hemos de tener siempre en mente a la hora de alimentar nuestro espíritu y tomar decisiones, el imperativo de proteger a nuestros hijos; de verlos crecer en un mundo donde no tengan que temer a que el colega con el que compartieron pupitre en el colegio, venga un día a asesinarlos.

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