Dedicado a un Gongorino Mojón Nasal de Facebook, criticón con faltas de ortografía.

Por aquella época ya yo había vivido y hasta sobrevivido en, y a, todos los solares habanaviejeros que se puedan ustedes imaginar con sus respectivos derrumbes y albergues, el más significativo de los albergues, aquel de la calle Montserrate con sus folclóricas fajazones a machetazo limpio por culpa de un tarro o un queseyó o un quesécuándo, y hasta al haber dormido dos años en las lunetas del cine Actualidades. Entonces, tras tantas enriquecedoras experiencias, me mudé, siempre enamorada (sólo enamorada una puede volver a la mierdaza de un solar: lo que te habías jurado jamás no volver a padecer), a otro típico solarcito. En esta ocasión fue a un solar del Vedado, subrayado Vedado, y enamorada, reitero, del que vendría siendo el noséquénúmero hombre de mi vida.

Lo cierto es que, pese a la mala fama, jamás había yo oído tantas malas palabras juntas en ninguno de aquellos antiguos palacetes coloniales venidos a ruinas en los que había crecido y pernoctado, como en aquel solar del Vedado al que me había recién mudado y del que mi númeronosécuántohombredemivida hablaba maravillas tipo ‘Las Maravillas’, el restaurante de mala muerte, y no las de lo realmatraquilloso de Alejo Carpentier.

Pasaron los días, y me empeñaba yo en estudiar en francés la poesía de François Villon o en escribir ‘haikus’ a lo Matsuo Basho o a imitar a Tatsuko Hoshino y de pronto un alarido telúrico me sacó de mis quimeras literarias: “¡Mariconaaaaaaaaaaaaa, acabaaaaa de ponerte el uniformeeeee, cojoneeeee, que vas a llegar tarde a la escuela de mierdaaaaaaaaa esaaaaaaa!”. O más tarde, cuando empezaba a reinar el crepúsculo habanero aquel tan peculiar: “¡Mariconaaaaaaaaaaaa, ¿y qué repingaaaaaaaaa te dieron de comer hoy en el comedor de la escuelaaaaaaa esa de mierdaaaaaa?!”. Entonces desde mi ventana que daba al mar, oí una vocecita de niña, como de unos cinco o seis años, que respondía dulcemente: “Chícharos, arroz con gorgojos, tilapia con cáscara”. Cáscara era el pellejo ese gris y escamoso y espumoso de la tilapia, el pescado más asqueroso del mundo después de la claria.

Con Maricona me tropecé varias veces en la escalera. En el solar nadie sabía a ciencia cierta cómo se llamaba, puesto que sus padres siempre reclamaban su presencia a grito pelado por el apelativo de: “¡Mariconaaaaaaaaa!”. Y todos optamos por llamarla como ellos: Maricona. Ella era la primera que entablaba conversación con los vecinos y hasta con los desconocidos. Maricona, pese a la corta edad que tenía, ya apuntaba maneras, caminaba con una cambreadera de cintura muy propia de su nombrete, hablaba pestañeando y virando los ojos en blanco, y manoteaba con las manos más partidas que un pájaro del Lorca. No más llegar de la escuela primaria se liberaba del uniforme y andaba en ‘blúmer’ por todos los pasillos, metiéndose en casa ajena, cosa que yo no puedo criticar porque con su edad yo hacía lo mismo, aunque ella ya chismeaba y yo no.

El caso es que no sé por qué razón, una tarde de esas en que yo estudiaba las desgarradoras ondulaciones en la obra de Camille Claudel, catálogo de afuera mediante, una corredera por el pasillo interrumpió mis refinadas elucubraciones. El padre de Maricona, vendedor de turrones de maní tostado que se hacía con frijoles colorados achicharrados, la perseguía con un grueso cinto, hebilla comprendida, sostenido por el amenazador puño. Maricona, al igual que yo, parecía un venado. Parecía no, era como yo, un venado, en todas las acepciones de la palabra. Pero ya empezaba a cansarse, y a agitarse acorralada de una esquina a otra del pasillo.

Venado como tal, y en absoluta solidaridad con aquel pichón de venado que ya era Maricona y que me recordaba mi tierna infancia, ni corta ni perezosa le abrí la puerta del cuarto para que pudiera entrar y refugiarse allí. Maricona ni lo pensó dos segundos, se coló por la puerta a toda velocidad, seguida de su padre, que del empujón me incrustó en la descascarada pared. Pero Maricona no se detuvo, y siguió corriendo en el vacío al lanzarse por la ventana que daba al mar (fuente principal de mi inspiración lírica). Yo vivía en un tercer piso.

Todo ocurrió demasiado rápido. El padre de Maricona también se arrojó en pos de ella cinturón en mano. Acudí a la ventana, lo más trágica que se pone una en semejantes circunstancias. Cuál no fue mi asombro al observar que Maricona había caído en el césped, se había levantado como un bólido y ahora cruzaba la calle hacia el parque de enfrente. Pero con tan mala suerte que mientras su padre se espachurraba en el mismo césped y se erguía no sin cierta dificultad, Maricona recibía un topetazo ‘cuasi’ mortal de un Aleko, esos carros para ‘pinchos’ borrachones que vendían en Cuba con la finalidad de asesinar a los transeúntes.

Cuál no sería mi sorpresa, repito, al comprobar, al igual que corroboraban al mismo tiempo el resto de los vecinos descolgados de los balcones y terrazas aledañas, que Maricona, cual muñeca de goma o de poliespuma, pese a haber sido arrollada por el Alekocriminal, se sacudió las piernas como si con ella no fuera y continuó carrera en pelo a ocultarse detrás de un arbusto. Allí la atrapó, no, perdón, la agarró el padre que, sin vacilaciones de ningún tipo, le entró a cintarazos, pues para eso era que él se había lanzado de un tercer piso, con la intención de propinarle una buena reprimenda a Maricona, su hija pequeña. Mientras le daba una “entrá” de las buenas, seguía llamándola por su sugerente nombre: ¡Mariconaaaaaaa! Y Maricona sin soltar una lágrima, pero con el puchero dibujado en un rictus tipo Al Pacino al final de ‘El Padrino’, resistía, y resistía sin chistar.

Tras insistentes sugerencias del vecindario los padres llevaron a Maricona a las Urgencias más cercanas, cosa de saber si se había roto algo al caer del tercer piso o al ser arrollada, pero no, Maricona se encontraba en un excelente estado de salud. Ni un rasguño ni un trauma, tú, como esos que les quedan para toda la vida a los niños europeos ante el hecho de oír un mero gritico de la madre o un impropio gestico fuera de lugar del padre.

A cada rato me acuerdo con nostalgia de Maricona, me pregunto qué será de su vida de adulta. ¿En qué mujer se habrá convertido?

Hace algún tiempo mi hermano y yo paseábamos por New York, haciendo las “boutiques”, que no la calle, y a mi me gustó una cartera en una vidriera tanto como a él. Me dijo cariñoso: “Mira que tú eres maricona”. No se equivoca. Sí, yo siempre he sido una gran mariconaza en todo. Una mariconaza que escribe lo que oye y lo que ve -y algunas veces recurre a lo que lee-. Una mariconaza que gracias a lo que escribe pudo recuperar su verdadero nombre.

Zoé Valdés, más conocida por Lenguaechucho, en otros tiempos Maricona.

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