Juan Marinello tenía fama de ser un señor amable y cordial. Un hombre caballeroso impregnado de la ética martiana. Un intelectual que pasaba de puntillas por el fango y no se manchaba con las intrigas del mundillo sórdido del leninismo cubano. Un militante distinto y diferente. Un tipo tolerante. Algo así como el mirlo blanco del Partido.

Bien es cierto que el escritor nacido de familia rica en Jicotea, L. V., en 1898, distaba años luz de la arrogancia y grosería de Aníbal Escalante o Joaquín Ordoqui, por citar nada más que a dos de los dirigentes de rompe y rasga del viejo PSP (sigla con que se camuflaban los ñángaras cubanos antes de Castro). Solo que la tolerancia y la bonhomía no se miden exclusivamente por los modales refinados y el talante avuncular, ni mucho menos por pedir un vaso de leche fría en el bar cuando el poeta y ensayista se reunía con sus amigos en las tertulias literarias. O por atender él mismo el teléfono, en vez de su criada, cosa que a Renée Méndez Capote le parecía el súmmum de la sencillez y humildad en Juan Marinello.

No, señor mío. La tolerancia no es solamente cuestión de forma y apariencia. Es sobre todo de fondo y contenido. Los hay quienes jamás levantan la voz ni dan puñetazos en la mesa y son sin embargo esencialmente autoritarios e intolerantes. Tal es el caso del camarada Marinello, que era capaz de reprender con dureza a un subalterno por una supuesta falta de firmeza política, como en su momento Manuel Navarro Luna pudo constatar en carne propia..

El poeta manzanillero publicó, a la muerte de su madre, una elegía en la que se dolía de su pérdida irreparable. Y enseguida saltó Marinello. No le hacía ni puñetera gracia la manifestación de duelo público de Navarro Luna. Más aún, el tono elegíaco del poema le parecía una debilidad impropia de un militante comunista, de modo que así se lo hizo saber en una carta inusitadamente dura e insensible…

Conviene precisar que Marinello no le escribía solo a título de amigo y colega, sino también en calidad de alto dirigente del PSP (presidente pro forma), abusando por tanto de la relación asimétrica jefe-subordinado. Lo más triste, sin embargo, es que Navarro Luna obedeció disciplinadamente al censor estalinista en vez de mandarlo al infierno y un poco más allá si cabía. El infeliz poeta le respondió a Marinello jurando y perjurando que nunca más incurriría en semejante fallo y que en lo sucesivo se mostraría fuerte y firme como todo un comunista..

Con esos antecedentes, a mí no me tomó de sorpresa muchos años después, en 1976, ver a un compungido Marinello asistir a la sesión inaugural de la llamada Asamblea Nacional del Poder Popular mientras su esposa de toda la vida, Pepilla “la de la frente alta”, se hallaba tendida en capilla ardiente en la funeraria Rivero de La Habana. Qué escena tan inhumana, bendito Dios, cuando las cámaras de la televisión lo captaban para que todo el país viera lo que era el temple de un comunista con una piedra por corazón..

Por más vueltas que le dé, no logro entender esa actitud y comportamiento. Sí comprendo, por ejemplo, que Anastas Mikoyán no pudiera asistir al funeral de su esposa en Moscú, pues se hallaba en Cuba con motivo de la Crisis de los Misiles, en octubre de 1962, tratando un asunto de importancia vital —literalmente vital— para la humanidad. El vicepresidente soviético intentaba convencer al cabezón en jefe sobre la necesidad imperiosa de desmantelar y sacar los cohetes estratégicos de la Isla..

Pero ¿qué diantres pintaba aquel anciano débil y achacoso, con la mujer muerta y aún por enterrar, en un evento adonde iba solo a aplaudir y levantar la mano mecánicamente para votar a favor? ¿Se hacía el militante puro y duro? Pues a otro perro con ese hueso. La pureza de Marinello no pasaba de ser pura pose. Y su bonhomía era apenas un bluf. En otra ocasión, con más tiempo y espacio, abundaré sobre el tema y me detendré en su conducta indecorosa hacia algunas damas, incluyendo un penoso caso de acoso sexual. Ahora solo añado, para concluir, que la leyenda del mirlo blanco era más rollo que película. Postureo martiano y sarampión partidista.

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