El egoísmo del productor, la división del trabajo, y la técnica han sido factores de bienestar indiscutibles y de progreso humano.

Con su maravillosa pluma de oro del español más pulcro y puro y su perseverancia de sabio reconocido y admirado, D. Mario nos cuenta en varios artículos desde El País las bondades del liberalismo y sus positivas consecuencias.

El último, sobre Adam Smith, nos recuerda la trascendencia de su gran obra que, sin duda, cambió para siempre la interpretación de la historia económica.

Efectivamente, el egoísmo del productor, la división del trabajo, y la técnica, aunque él no la menciona, han sido factores de bienestar indiscutibles y de progreso humano que nos alejaron de las cavernas y de la tribu. Que la competencia y la lucha por mejorar saca al hombre de su indolencia natural y que el trabajo se ha humanizado, son verdades evidentes.

Lo que omite D. Mario es que esas fuerzas productoras formidables, sin trabas que las controlen en ese mercado libre, ha creado situaciones de desigualdad entre países y entre ciudadanos nunca antes conocidos; que ese vértigo por producir sin límites está agotando las existencias del propio planeta que nos sustenta, que ese afán por dominar los mercados se extiende a un anhelo superior de controlar también los gobiernos y la propia democracia.

Y es imprescindible, partiendo de una experiencia ya consolidada, que ese huracán capitalista que el liberalismo ha creado, que se agranda y alcanza características que aterrorizan con la nueva sociedad de las máquinas cada vez más perfectas, que ocuparán el espacio laboral que antes fue de los hombres, y que necesitarán de mercados e inversiones hasta ahora desconocidos, es imprescindible, decimos, que debe controlarse con una moral de responsabilidad que ahora no existe, con gobiernos abiertos a la iniciativa privada y la libre creatividad, pero exigentes con las prácticas abusivas en todos los aspectos, y con una justicia implacable ante las desigualdades que existen y que pueden agravarse en el futuro.

Desde el Partido Ibérico (íber), partido de término medio en sentido aristotélico, es decir, que pretende la unidad de todas las fuerzas democráticas para conseguir el fin principal que es la consecución del Iberismo, la unidad de la Península Ibérica, vemos con preocupación que los sistemas políticos, que las ideologías que tuvieron su oportunidad en la historia para cambiar definitivamente el destino del hombre y del Planeta, no realicen una autocrítica seria de su legado, no modifiquen su actitud para mejorar el mundo y no eviten las derivas que pueden acabar con la propia Humanidad.

Partido Ibérico (íber)

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