Marruecos, El Sahara y España

Somos tres en uno

Somos tres en uno. Somos lo más parecido en comida, costumbre, derecho natural o consuetudinario entre tres pueblos que en un origen no muy lejano vestíamos exactamente igual, lucíamos sobre la cintura la misma moda de armas ligeras orientales, y no había ningún rubor a pasar del orgullo familiar hispano, a marroquí, o al saharaui.

El arco de herradura que, de aquí atrás ha simbolizado la edificación árabe, mora o saharaui, resulta que los historiadores están dudando de tal exclusividad, supuesto que siglos antes del intercambio cultural que se fecha como comienzo en el año del setecientos once de nuestra cuenta del tiempo, ya había arcos de herradura construidos como el de San Juan de Baños, en la palentina tierra de la comarca del Cerrato. Luego, es probable, que el arco de herradura, como la vela de los buques, sea algo que surgió sin obediencia a ser monopolizado por ningún grupo humano, y el arco de herradura fue una construcción, otro gusto común, que nos unió a los tres pueblos.

Es más, el sincretismo religioso era el mismo, y los tres pueblos éramos monoteísta unitarios respecto al concepto de dios, y practicábamos la poligamia por una necesidad laboral y de subsistencia en tierras, por lo general, difíciles de que saquen a las gentes adelante, y es muy normal que se llegue al final de la vida deslomado de trabajo, habiendo levantado, todo lo más, el puchero decente, pero muy prudentemente.

Podía presumir de erudito y ponerme a escribir sobre los Beni-Lantunas, sobre lo que escribieron al respecto Ibn El Atir y el Bekri y otros muchos más; hablar sobre la situación de sequía que llevó a los mauritanos a viajar hacia el norte junto con los Almorávides –unidos en la fe- y se establecieron con sus ganados y campamentos por Marruecos, Argelia y una buena parte de la Península Ibérica; pero no; quiero escribir que a día de hoy, el cúmulo de intereses, por lo general intereses que viven fuera de nuestras fronteras, son los causantes del dolor filial que nos deja a la gente de la calle con un tremendo mal sabor de boca, y, nos cuesta en ocasiones conciliar el sueño.

Me encanta el pueblo marroquí, me encanta el pueblo saharaui, y, el pueblo español, me encante o no, me lo tengo que tragar porque es el pueblo de mis mayores, y, según el poeta, donde descansan los restos de nuestros mayores, allí está la patria.

El problema viene precisamente de parte y bolsillo de todos esos padres y madres patrios que entienden que ellos son capaces, tienen poder suficiente para hacer, quitar o poner patrias a su capricho y antojo, y las gentes, el pueblo pasamos a un segundo o tercer lugar, o no contamos para nada; esto último es lo más corriente y abundante.

Personalmente nunca he sabido dónde hay que detener, dónde hay que poner un punto y aparte y comenzar un capítulo nuevo en la historia de los pueblos y las gentes, y considerar válido el primer asiento en el registro de la propiedad de las parcelas patrias, eliminando toda propiedad anterior territorial aunque venga del tiempo del Pleistoceno para acá, o antes, cuando ya empezamos a caminar de un lado para otro con los ganados buscando mejores pastos, o nosotros solos buscando mejores pactos con la naturaleza que nos permitan vivir mejor.

A día de hoy estamos pagando muy caro aquella soberbia europea cercana a nuestros años que, siguiendo la línea blanca germánica, indoeuropea o semítica latina, de conquista y reparto nos ha dado escasos minutos de paz en el contexto próximo a nosotros sin necesidad de irnos muy lejos a platicar de otras tierras y lugares. Porque nadie, salvo los borrachos de suficiencia y poder, pueden pensar que puede ser duradero en el tiempo una injusticia patria como aquella de considerar toda una extensión territorial, por poner un ejemplo, de que todo un territorio, bautizado como el Congo Belga, fuese a efectos de la legalidad blanca propiedad o finca particular de un rey belga cuyo nombre no voy a escribir porque no tiene mérito ni para ser nombrado.

Los pueblos, las gentes, los diferenciales culturales y sociales que se van gestando como consecuencia de uno de los peores inventos del hombre: las fronteras y los papeles, son las causas profundas que nos van separando, discriminando a la gente. Los tres pueblos citados, Marruecos, Saharauis y españoles, tenemos papeles legales para ser habitantes con el derecho natural en cualquiera de los territorios que estamos habitando. El problema está en Europa y la supremacía del poder fronterizo de unos reinos, a los que enseñamos a escribir, a comer y organizarse, y ahora nos está jodiendo y bien jodiendo.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

Hispanista revivido.