Un pequeño texto de Nicolás Águila para alegrar el finde…

Siempre lo mataban a la vez que le daban vida. Al Apóstol, digo… Cuando las escuelas públicas fueron invadidas por bustos estandarizados de José Martí, el culto martiano empezó a contar con un icono de fácil identificación por parte de los escolares, que en los ‘actos cívicos’ recitaban de carretilla sus versos de un verde claro y de un carmín encendido. Pero al mismo tiempo se generalizaba el marticidio estético con la proliferación de aquellos bustos cabezones. Era un Martí rígido, de expresión desapacible, que parecía padecer de tortícolis crónica.

Cuando editaron por primera vez sus Obras Completas (o casi completas), con motivo de su centenario, Martí fue la luz, la verdad y el camino. Mas cuando publicaban en forma de catecismo frases suyas fuera de contexto, corregidas y adaptadas o incluso desvirtuadas (del tipo “nuestro vino es agrio, pero es nuestro vino”), contribuían a divulgar su pensamiento pero al mismo tiempo lo esquematizaban. O peor aún, lo esterilizaban reduciéndolo a la gracia forzada del dicho sentencioso.

Cuando se materializó el monumental proyecto Plaza Cívica, Cuba se honró honrando a José Martí. Lástima que la armonía del conjunto arquitectónico se rompiera en la fase final de la obra mediante la erección de un obelisco que desentonaba con el criterio de horizontalidad dominante. El pueblo, esta vez con infalible percepción estética, inmediatamente lo bautizó como “la raspadura de la Plaza”.

Posteriormente, al rebautizarse como “Plaza de la Revolución”, se consumó la apropiación de Martí por parte de un régimen que era —y es— la negación del ideal martiano de una república con todos y para el bien de todos. El Apóstol se nos reducía así a la mínima expresión del convidado de piedra. A testigo mudo y mera figura estatuaria y decorativa para mayor destaque del usurpador en jefe.

Siempre matándolo a la vez que dándole vida, José Martí se halla constantemente a merced de la ambivalencia, expuesto como nadie a la manipulación política, la mistificación ideológica, la mitificación provinciana y la sacralización deshumanizante (o su contrario equivalente, la “humanización” banal), cuando no a la simplificación esterilizarte, la descontextualización maliciosa, la parodia, la deconstrucción, la intertextualidad, la irreverencia y el chiste elemental o sofisticado, como en las formidables viñetas de de Alen Lausán.

A Martí, muerto y redivivo, lo matan y al mismo tiempo le dan nueva vida en cada (anti)homenaje.

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