Por: Azucena I. Plasencia, crítica de cine.
De la primera graduación de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños o Escuela de Tres Mundos, tal Juan Carlos Cremata o Wolney Oliveira, Miguel Coyula, Cucarachas rojas, 2003, ha dado muestras de herejías sin cuento y una de las últimas es el filme Memorias del Desarrollo, basado en la novela homónima del escritor Edmundo Desnoes, autor asimismo de la conocida Memorias del Subdesarrollo, llevada al cine con éxito de público y crítica por Tomás Gutiérrez Alea, en 1968, obra que constituye todo un clásico de la cinematografía cubana.
Premiado en los festivales de Los Angeles y New York, Coyula aquí se desboca, no reconoce los límites que el propio Desnoes impuso a su escritura y el resultado es sencilla y visualmente espectacular.
Si ya Humberto Padrón en Y todavía el sueño, había activado la bomba de tiempo- literal- que son los archivos, la documenta histórica patente en fotos de periódicos y revistas, en kinescopios televisivos y fragmentos de filmes de noticiarios cinematográficos, Coyula exacerba el collage de lo noticioso de la época para dirigir-nos el discurso de la decadencia y la resignación como detonante final.
Lo contrario de la resignación es la esperanza, pero Sergio Garcet, el protagonista (excelente Ron Blair en su apocada, grisácea incorporación), no tiene ninguna. Lo suyo es la decadencia total: física y espiritual. Lo único que le distingue de un vegetal y le hace pertenecer aún a la especie humana es el deseo. Deseo erótico que también es frustración cabal, pues depende, para su goce, de una muñeca inflable.
El texto fílmico de Coyula trasciende el de Desnoes, en cuanto apunta a la razón de ser de la humanidad, de la especie depredadora del planeta. La pregunta de Coyula muy filosófica y existencialista es: ¿hacia dónde vamos? Y para ello le sirve de excusa la Revolución Cubana y su desarrollo-desenlace en la vida de los que afrontaron tal evento social, económico, histórico como entes desclasados, utópicos, sin lugar.
Su mezcla de reportaje de actualidad- recurso del dinámico collage- y reflexión intemporal halla eco en enemigos y partidarios de los eventos relatados al verse reflejados por igual en el precario equilibrio de la tolerancia-intolerancia. Del ¿conocemos Cuba? ¿Se conoce Cuba a sí misma?, a ¿conocemos al Hombre? ¿Se conoce la humanidad a sí misma? Este pensamiento postideológico es, desde hace tiempo, practica diaria en los filmes de Coyula.
Inadaptado pero conformista, Sergio Garcet, que abandonara su país al triunfo de la Revolución, huyendo del comunismo y el subdesarrollo, tampoco halla un lugar humano en los Estados Unidos. La obligación de enfrentarse críticamente al desorden del mundo y sostener un espejo delante de la sociedad no cuadra con las convicciones del director, guionista, fotógrafo y editor de Memorias del Desarrollo. Espíritu inquieto, escéptico, Coyula no es un moralista ad hoc, sino alguien que se siente conmovido por el mundo en sí.

La historia siguiente

Sensible, meditabunda crónica de una época, Memorias del Desarrollo es un ensayo fílmico de compleja retórica y caótico-e interesado- montaje asociativo de materiales de archivo, -fotos de prensa, fragmentos de noticieros televisivos y cinematográficos- en manos de un narrador plenamente consciente que en su labor creadora solo conoce algo verdaderamente sacrosanto: la fantasía como poder.
Contemporáneo y decadente, ante su carácter fragmentario, insólito e incomparable, las preguntas siempre serán más importantes que las respuestas. Ya lo dijo Oscar Wilde: “donde comienza la arqueología, se acaba el arte”.
Azucena I. Plasencia
Crítica de Cine

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