Mi Nochebuena de 1958

Cumanayagua era ya territorio libre de Cuba

Nicolás Aguila

Aquel 24 de diciembre del 58 el drama apenas comenzaba. A eso del mediodía por fin hicieron su entrada triunfal las tropas del Segundo Frente Escambray y tomaron mi pueblo como quien se toma un vaso de agua. La plaza había sido abandonada por los soldados del Ejército Nacional (más la Policía y la Rural) que cogieron las de Villadiego, o más exactamente, la carretera de Cienfuegos.

No digo que Cumanayagua fuera una ciudad abierta, porque obviamente eseembrión de pueblo no era el París indefenso poco antes de la ocupación nazi. Pero fue igualmente un paseo militar. Sin contratiempos y sin resistencia. Sin pena ni gloria. El comandante William Morgan emplazó una ametralladora calibre .50 en la azotea de la Sociedad Liceo, con más rollo que película, y se convirtió en el héroe local del momento.

Muchas mujeres del barrio se vistieron de rojo y negro (que, por cierto, no eran los colores del Segundo Frente, sino del M-26-7) y se apiñaron en lo que hoy llaman las Cuatro Esquinas para ver pasar a los rebeldes. Pero se quedaron con las ganas, porque no pasaron por allí.

Para mí que no hubo ningún desfile militar. O si lo hubo, fue muy limitado. O en todo caso, no me acuerdo. Ya se sabe que la memoria funciona a través de filtros selectivos, de modo que uno recuerda unas cosas y olvida otras. Lejos de pretender el don de la ubicuidad o la omnisciencia, yo no era más que un fiñe con ojos de asombro que de pronto se enteraba de que su pueblo era ya territorio libre de Cuba. Así mismo decían, aunque a la distancia de 57 años nos suene tan ridículo como trágico.

Por la noche, nada de cena en la casa, más por la situación que por la consigna 0-3-C lanzada por los fidelistas (cero cena, cero cine y cero cabaret). Creo que ni siquiera se sirvió una comida como Dios manda. Para colmo, salí al portal y un rebelde que pasaba por la calle tuvo la ocurrencia, ante mis ojos y a menos de tres metros, de descargar un par de ráfagas al aire. De más está añadir que, del susto, salí corriendo despavorido hasta el fondo de la casa. Pero no lo culpo. Era su modo de celebrar la victoria, o de marcar su territorio a lo macho guerrillero. Y, en definitiva, era casi tan muchacho como yo.

En esa Nochebuena sin reunión familiar la tragedia apenas comenzaba.

Hispanista revivido.