Orlando Luis Pardo Lazo, de Cibercuba
No lo digo yo. Lo dice la gerontocracia de élite todavía hoy en el poder en Cuba.
En efecto, en su discurso “La Revolución es la obra más hermosa que hemos hecho”, pronunciado en la clausura de la IX Legislatura de la Asamblea Nacional del Poder Popular el pasado 19 de abril, así lo reconoce el propio Raúl Castro Ruz:
“[Miguel Díaz-Canel] hace cinco años resultó elegido Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros —y desde ese instante, ya un grupo de compañeros del Buró Político teníamos la absoluta certeza de que habíamos dado en el clavo, y de que esa era la solución, que hoy se está materializando en esta importantísima reunión”.
O sea, la sucesión del poder al poder en Cuba ya estaba pactada desde el año 2013, atada y bien atada. De manera que, el líder de la Revolución cubana reconoce con una impunidad atroz ante la cara de mundo que, las elecciones del Poder Popular que tuvieron lugar recientemente en Cuba fueron, en consecuencia, una falacia, una farsa puesta en escena para disimular la sucesión dictatorial, un despilfarro de los recursos del país, y, en definitiva, un paripé no sólo patético sino despótico. Perverso.
Hacía ya cinco años que el destino de la Cuba de hoy estaba amañado por el clan Castro y por la junta corporativa-militar que gobierna a la Isla. Lo que es mucho peor, el destino de la Cuba de mañana también queda a partir de ahora amañado por estos poderosos sin escrúpulos, a la vez tan cobardes que jamás se han atrevido a permitir ningún tipo de oposición. Ni pacífica, ni leal, ni nada.
No lo digo yo. Lo dice otra vez el propio Raúl Castro Ruz, en discurso de supuesta despedida el 19 de abril pasado, en el Palacio de las Convenciones:
“Cuando yo falte —a lo que más adelante me referiré, que continúo como Primer Secretario hasta el año 2021—, [Miguel Díaz-Canel] pueda asumir esa condición de Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, y Primer Secretario del Partido Comunista. Y se ha planificado así, manteniendo en la próxima proposición de la Asamblea, que se analizará igualmente con el Consejo de Ministros, en la sesión de julio”.
Es decir, nada fue espontáneo en esta designación a dedo. O sea, que Miguel Díaz Canel de pronto ejerce su rol de sátrapa totalitario de manera mucho más mezquina que los hermanos Fidel y Raúl Castro, pues Díaz-Canel ni siquiera tomó el poder por la vía violenta, ni tuvo el talento terrible de secuestrar la soberanía de la nación durante seis décadas, sino que Díaz-Canel es impuesto de manera pública precisamente para perpetuar ese crimen de lesa civilidad, para condenar a cadena perpetua a las generaciones de cubanos que vendrán, para ser el administrador en jefe de la linchamiento vitalicio de la nación cubana.
No lo digo yo. A Miguel Díaz-Canel acaba de “mandarlo a matar” su mentor Raúl Castro Ruz, al quitarle la poca legitimidad que pudo haber tenido su supuesta elección por parte del pueblo y del Parlamento cubanos:
“Su ascenso a la máxima responsabilidad estatal y gubernamental de la nación no ha sido fruto del azar ni de apresuramientos. En su promoción gradual a cargos superiores, […] se aseguró con intencionalidad y previsión el tránsito por diferentes responsabilidades partidistas y gubernamentales, de manera que adquiriera un nivel de preparación integral que, unido a sus cualidades personales, le permitirán asumir con éxito la jefatura de nuestro Estado y Gobierno, y más adelante la máxima responsabilidad en el Partido”.
Nada más que añadir. A Miguel Díaz-Canel lo estaban guardando como una carta oculta para encasquetárnoslo ahora a millones y millones de cubanos, dentro y fuera de nuestra isla sometida a un castrismo que no quiere tener fecha de expiración.
En resumen, la implantación a voluntad de Miguel Díaz-Canel constituye una declaración de guerra a muerte que el gobierno de La Habana acaba de lanzarle al pueblo y al exilio cubano. No hay vuelta atrás.
Y Miguel Díaz-Canel es paradójicamente la primera víctima en este proceso bélico que se inicia a partir de ahora. Él mismo no nos ha dejado ninguna opción, manipulándonos con malevolencia desde su reciente discurso de aceptación de la infamia (incluso desmintiendo lo afirmado por Raúl Castro momentos antes):
“La elección ha sido fruto de los anhelos colectivos, sin que ninguno de los elegidos haya aspirado en lo personal a ello. […] Digámoslo con todas sus letras: la Revolución cubana sigue de verde olivo, dispuesta a todos los combates”.
La iniciativa cívica Cuba Decide, encabezada por Rosa María Payá, cada vez cuenta con más prestigio nacional e internacional. Porque el mundo libre reconoce que, sin participación ciudadana, no hay país posible. Ni vivible. Y esa participación ciudadana comienza por un plebiscito que despenalice la pluralidad de pensamiento y acción en Cuba, al tiempo que le devuelva la voz a una ciudadanía enmudecida de tanto tedio y horror.
Por más que suframos y seamos sus víctimas mortales, los cubanos sin Castro ―que somos todos, pues Castro es apenas ya una pesadilla― jamás vamos a reconocer la existencia de la dictadura cubana, ese fósil funerario de guayabera blanca manchada de rojo sangre y crueldad verde olivo. Para colmo, con una cabeza de fantomas que se apellida Díaz-Canel.

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