Miriam Celaya se enfada

La periodista arremete contra el editorial del WSJ por considerarlo una trivial fabulación

  • Hacer una asociación directa entre el restablecimiento de relaciones entre Cuba y EE UU y el incremento de la represión resulta tan simplista como sufrir una indigestión y llegar a la conclusión de que comer hace daño

Fuente: 14y medio

Un artículo publicado por The Wall Street Journal el pasado lunes y profusamente reproducido en varios medios digitales vuelve sobre una cuestión que ha devenido ritornelo entre algunos representantes de la oposición cubana.

Obama traicionó a los disidentes cubanos, es el título del artículo, y ya desde este encabezado se introduce una flagrante inexactitud, muy común entre columnistas extranjeros que pretenden opinar sobre asuntos de la realidad cubana, y que consiste en utilizar generalizaciones que falsean los hechos para imponer criterios propios, apoyándose en el testimonio de algún representante de la disidencia interna cubana, que resulte conveniente para tales propósitos o simplemente manipulando las referencias.

La persona que aparece sentada junto al presidente de EE UU soy yo misma, que desde el inicio de los diálogos EE UU-Cuba he apoyado abiertamente esta política de Obama

Es lo que evidencia el texto, de Mary Anastasia O’Grady, al esgrimir como referencias principales a figuras de la oposición que siempre se han manifestado abiertamente contrarias a la nueva política hacia Cuba, introducida por el presidente Barack Obama, y asumir este enfoque como la tendencia general de la “disidencia”. A la vez, la autora ignora exprofeso la otra tendencia, mayoritaria, de los disidentes que aprueban el diálogo y la distensión entre ambos gobiernos por considerar que la política de confrontación y beligerancia sostenida durante más de 50 años no solo ha fracasado en su intento de debilitar al régimen autocrático de los Castro, sino que ha servido de pretexto a éste para coartar los derechos ciudadanos, presentarse al mundo como víctima y mantener al país bajo un virtual estado de guerra frente a la amenaza de una potencia enemiga.

De hecho, en el encuentro sostenido por Barack Obama el 22 de marzo de 2016 durante su visita a La Habana, con 13 representantes de la sociedad civil independiente cubana, donde participaron algunos de los más conocidos líderes de la oposición, directores de diversos proyectos y asociaciones cívicas, y periodistas independientes, solo tres de ellos se manifestaron contrarios al restablecimiento de relaciones entre ambos países y a las medidas de flexibilización dictadas por Obama. Con lo cual –dicho sea de paso– se oponen a la voluntad y deseos de la gran mayoría de los cubanos comunes, que están a favor del proceso.

Precisamente, varios medios que han reproducido o reseñado el artículo de O’Grady en The Wall Street Journal lo han ilustrado con una imagen tomada durante ese encuentro y no puedo imaginar una selección de imagen más desafortunada, puesto que entra en absoluta contradicción tanto con el título del trabajo como con el contenido que expone en su texto.

Sucede que la persona que aparece sentada junto al presidente de EE UU soy yo misma, la disidente y periodista independiente Miriam Celaya, que desde el inicio de los diálogos EE UU-Cuba he apoyado abiertamente esta política de Barack Obama –lo cual expresé durante el encuentro– y que en ningún momento me he sentido “traicionada” por él, en especial porque asumo que este mandatario extranjero responde prioritariamente a intereses específicos de los ciudadanos de su propio país (para lo cual fue democráticamente electo por los estadounidenses), y no le corresponde en absoluto resolver los problemas internos de Cuba, que son de la completa responsabilidad de los cubanos.

Hacer una asociación directa entre el restablecimiento de relaciones entre Cuba y EE UU y el incremento de la represión resulta tan simplista como sufrir una indigestión y llegar a la conclusión de que comer hace daño

Nunca trascendió que Obama prometiera a disidente alguno que el quid pro quo de la flexibilización hacia Cuba se centraba en el respeto a los derechos humanos por parte de la cúpula verde olivo. Pero tampoco puede afirmarse que dicha flexibilización “ha fracasado”. En especial cuando la política de confrontación seguida por las administraciones estadounidenses anteriores no había logrado resultado alguno en materia de derechos humanos para los cubanos.

Por otra parte, hacer una asociación directa entre el restablecimiento de relaciones entre Cuba y EE UU y el incremento de la represión contra la disidencia en el interior de la Isla resulta tan simplista como sufrir una indigestión y llegar a la conclusión de que comer hace daño. El punto es que la buena digestión no solo radica en la cantidad y calidad de los alimentos sino también en la salud de quien los ingiere.

Obviamente, las nuevas relaciones diplomáticas entre antiguos adversarios no cambiarán la índole represiva del régimen cubano, pero tampoco son su causa. La escalada represiva actual –que no es exactamente una novedad, baste recordar los mítines de repudio durante los sucesos del Mariel, la represión del Maleconazo, la Primavera Negra, etc.– es la única respuesta que puede dar en un clima de distensión una dictadura que siempre se ha nutrido de la beligerancia. El fin del mito del enemigo externo, de David versus Goliat, de la filosofía de plaza asediada, socava profundamente los cimientos sobre los que se erige el poder del castrismo. La represión actual no es más que una demostración de debilidad, no de fuerza. Incluso si el resultado fuera una progresión represiva en espiral con consecuencias impredecibles.

El rampante desconocimiento de la realidad cubana del que hace gala O’Grady se conjuga, además, con algunas lamentables pifias de argumentación. Esto se refleja, por ejemplo, en la ambigua afirmación de que “muchos grupos disidentes se opusieron a cualquier deshielo de EE UU sin que se incluyeran condiciones sobre derechos humanos”, razón por la cual ahora se sienten “traicionados” por Obama. Sin embargo, es sabido que los diálogos entre ambos gobiernos se han realizado en el más profundo secreto, de manera que resulta sumamente especulativo aseverar que no se hayan incluido condiciones, o al menos cuestionamientos críticos, en materia de derechos humanos por parte de la representación estadounidense.

Parece que los nativos resultan intelectualmente incapaces para narrarse a sí mismos o para proponer sus propias soluciones

No existe razón alguna para suponer que los disidentes “traicionados” o la columnista de referencia manejan alguna información sobre estas reuniones secretas, a las que no hemos tenido acceso el resto de los mortales.

Otra limitación de la propuesta de O’Grady, y que se relaciona con esa mirada oblicua del extranjero a la sociedad cubana, muy similar a la perspectiva del colonizador describiendo al indígena “salvaje” –al cual no comprende ni conoce, pero a priori asume como “distinto” e inferior– es su inclinación a asumir la “disidencia” de la Isla como un conglomerado humano uniforme, monocromo y unánime, donde no solo los partidos y movimientos de oposición así como toda la pléyade de organizaciones e individuos anticastristas pueden ser incluidos en un mismo saco bajo un rótulo común, sino que los nativos resultan intelectualmente incapaces para narrarse a sí mismos o para proponer sus propias soluciones. Por eso los pobrecitos cubanos dependen lastimosamente de la buena voluntad de periodistas y gobiernos extranjeros.

Como resultado, al quedar en manos de un desconocedor la interpretación de una realidad que le resulta ajena y exótica (en el mejor de los casos), se divulga al mundo este lamentable pastiche periodístico que debió ser columna de opinión pero terminó siendo una trivial fabulación.

Hispanista revivido.