El origen de la peculiaridad española

“No siempre tuvimos estos horarios”, explica la doctora en Psicología Social Sara Berbel, “las referencias recogidas, por ejemplo, en las novelas de Pardo Bazán evidencian que antiguamente en España –  especialmente en el campo donde no había llegado la industrialización – se comía a las 12.30 o 13.00”. Tampoco es una cuestión del clima, pues países como Grecia, Italia o Portugal no tienen esta distribución.

Para entender los motivos hay que remontarse al final de la Segunda Guerra Mundial y la situación histórica específica de España: la dictadura de Franco. “Durante la época de industrialización los países europeos había adoptado unas jornadas laborales larguísimas y muy rígidas, pero tras la guerra todos vieron que esto no era factible y que debían cambiarlo”, señala Berbel, “nuestro país entró entonces en una dictadura y todo ese proceso modernizador se paralizó. Es por ello por lo que seguimos teniendo los horarios menos flexibles de Europa”.

Berbel recuerda además que la jornada partida, una de las señas de identidad del sistema laboral español, tiene también su origen en ese período: “Los hombres – que eran entonces quienes mayoritariamente trabajaban – se vieron obligados, por la escasez económica, al pluriempleo. De esta forma un trabajador de banca iba de 9.00 a 15.00 a la sucursal y por la tarde, de 16.00 a 20.00, trabajaba en una gestoría”. Una pauta que retrasó el horario de las comidas – “la familia no cenaba hasta que él llegaba a casa” – y que se ha perpetuado hasta llegar a nuestros días.

Un huso horario que no nos corresponde

“La España peninsular tiene actualmente una hora oficial (GMT+1), 1 hora por encima de la que realmente le correspondería por su situación geográfica (GMT+0)”, explica Fernández-Crehuet, y “al no coincidir la hora oficial con la solar, en la mayor parte de España amanece y anochece más tarde que en los países de nuestro entorno europeo”.

Antes no era así porque se trata de una medida temporal adoptada por Franco en 1940 – para equipararse a Alemania – que al no haberse rectificado posteriormente nos hace estar en un huso horario descompensado. Como señala Fernández-Crehuet “en España, el sol suele brillar alrededor de nueve horas en invierno y dieciséis en verano. Si adelantamos el reloj nos encontramos en la mayor parte de la península con dos horas, en Galicia tres horas, de diferencia con respecto a nuestra hora solar”. Lo normal sería que nuestros relojes estuviesen sincronizados con los de Portugal, Inglaterra o las islas Canarias.

“Si no realizásemos el cambio de verano, acercaríamos nuestra hora oficial a la solar y eso facilitaría modificar algunos hábitos para mejorar nuestra calidad de vida”, apunta el profesor. En la misma línea se pronuncia Sara Berbel que cree que esta decisión sería positiva y saludable para nuestros biorritmos “ganaríamos tiempo y estaríamos aliados con el meridiano que nos corresponde”, señala, “pero no sería suficiente. Habría que completarla con otras actuaciones”.

La primordial, la puesta en marcha de un gran pacto global, firmado por todos los sectores sociales implicados, que se concretase después en un marco normativo. “Se trata de ampliar la libertad de los individuos, no de restringirla, así que un consenso previo resulta fundamental. Pero la realidad es que los marcos normativos, las leyes, son las que logran regular e incentivar un cambio de hábitos”.

Fernández-Crehuet explica que el proceso podría ser gradual y que un primer ejercicio pasaría por equipararnos a los horarios de Italia o Francia. Superada esa fase el ejemplo a seguir serían Reino Unido o Alemania y “una última aproximación, en nuestra opinión quizá demasiada lejana a día de hoy para nuestras costumbres, sería el horario de los países nórdicos”.

Las modificaciones también tendrían que tener en cuenta las necesidades de cada sector y el global de la sociedad: “Estaríamos ante lo que en Economía denominamos la Teoría de juegos: si yo soy el único que cambia un horario, salgo perdiendo. Pero si cambiamos todos a la vez, ganamos todos”.

Horas de luz que no disfrutamos porque estamos en la oficina

Lo más apreciado del horario de verano suelen ser esas horas de luz extra al final del día, pero, según los datos de los expertos, tampoco ahí estaríamos obteniendo la rentabilidad esperada. “Nos gusta mucho disfrutar”, señala Berbel, “pero la realidad es que podríamos disfrutar mucho más”. Básicamente porque cuando deberíamos estar sacando provecho de ese tiempo al aire libre, aún estamos ocupados.

“A los detractores de este cambio horario”, señala Berbel, “habría que explicarles que un 46% de los españoles a las seis de la tarde está todavía en su puesto de trabajo y que el 10% continúa haciéndolo a las nueve de la noche. Así que no están disfrutando, están trabajando”.

Fernández-Crehuet recuerda que la rentabilidad energética no es tanta como se cree y que los beneficios del horario de verano son más bien sociológicos: “dos terceras partes de los encuestados consideran positivo tener más horas de luz por las tardes para realizar actividades al aire libre, pero la nueva hora no conduce automáticamente a una jornada laboral más corta”.

Con la adaptación a nuestro huso horario natural no solo ganaríamos en calidad de vida. El profesor Fernández-Crehuet apunta a una mejora de las exportaciones españolas “puesto que al coordinar los horarios de nuestras jornadas laborales con el resto de Europa, se mejorarían nuestras relaciones comerciales”. Y, en su opinión, sería útil también para el sector del turismo, que supone el 10,9 % de nuestro PIB. Por qué: porque los turistas se sentirían al llegar a España “menos sorprendidos por nuestro desordenado estilo de vida”.

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