Misterios de Colón

Pocas historias, que pocas narraciones, han estado tan bien hilvanadas como la novela de aventuras colombina

Cuando uno se pone a leer renglones en el entorno de vida, hechos y circunstancia de don Cristóbal Colón, a la primera conclusión que se llega es,  que pese al siglo que se tuvo que dar el asunto, como si tratase de algo actual, novedoso, aparecen por doquier documentos encaminados a demostrar aquello que se pretende afirmar, porque, al parecer, todo quedó perfectamente anotado para la posteridad; pero solo aquello que interesaba que quedara, porque otros muchos flecos, muy diferentes de los sobados y consabidamente expuestos de su patria y lugar de nacimiento, que todo puede ser circunstancial, aquellos datos mucho más interesantes que van surgiendo como consecuencia del cruce de los datos suministrados por el hecho de haberse cruzado la mar oceana de un modo oficial para la crónica por la primera vez, no existe la necesaria corroboración de ellos.

En las aportaciones documentadas suministradas para ser anotadas en la crónica colombina, aparecen por un lado los buenos, perfectamente delimitados, entre los que se encuentra el propio Colón y su entorno cortesano. Y por otro lado todos los malos, que lo son absolutamente todos los demás, incluidos pueblos y gentes, excepto, circunstancias de la época y el momento, los comerciantes de la república de Génova o de cualquier otra república próxima a la central de la sociedad anónima papal vaticana, que entonces se encuadran en los buenos de solemnidad.

En verdad, que pocas historias, que pocas narraciones, han estado tan bien hilvanadas como la novela de aventuras colombina, escrita y dirigida mayestáticamente por gente generalmente clericales o de su cuerda, todas encaminadas en sus relatos a certificar no solo el elemental hecho de que Cristóbal Colón fue el padre y la madre de los viajes transoceánicos, sino que cualquier pequeña sombra de duda sobre lo escrito y generosamente aportado a la crónica, deberá ser considerado como un tremendo pecado terrorista y de pura herejía, merecedor, como muy poco, de un relajamiento en la hoguera.

Por lo tanto, en la trama, nudo y desenlace de la novela colombina, todo funciona de maravilla; y todo el mundo se debe de meter en el buche la gran verdad de una Castilla imperial, nacida para campear sobre reinos y gentes por mano y disposición celestial, vía su representante a comisión en la tierra, el papado de Roma, y que ambos, corona y clero, por vía directa de una cuasi santa, reina Isabel, y como tal visionaria de primera magnitud, y la segunda entidad, el clero, por la vía monasterial de La Rábida, se van a adelantar a todo ser viviente y creerán en Colón y en su idea revolucionaria, desconocida por todos, de la manera que tan magníficamente se le da anotación en la citada novela escrita y difundida por el orbe.

Puede que Jesucristo y Cristóbal Colón sean dos figura conocidas casi a nivel mundial, y la primera, Jesucristo, que tuvo que saber escribir, no dejó escrito ni un solo renglón, ni un solo mandamiento social de conducta de su puño y letra, y todos su hechos y andaduras se los debemos a las plumas de sus seguidores. En la segunda figura, en don Cristóbal Colón, por el contrario, aunque no aparezcan documentos contractuales que tuvieron que existir, si seguimos el hilo suministrado por la propia crónica novelada, otros tipos de documentos como testamentos y demás, sí nos lo aportarán para que se nos salten las lágrimas de gratitud hacia la preocupación de nuestros antepasados porque todo quede limpio, esplendoroso y claro en beneficio de la verdad más desinteresa.

Pero es a la altura de mil setecientos noventa y dos, con motivo de que se va a celebrar con solemnidad y cierto lujo la conmemoración del  IV Centenario del Descubrimiento de América, cuando la España de la pandereta, que conoció un primero, un segundo y un tercero centenario dando puntapiés a lo nativo y a lo criollo, para la dicha celebración del IV Centenario de la mala suerte para los indianos, a toro pasado, cuando los españoles se están mirando entre sí buscando culpables por su mal hacer colectivo en Las Indias, y todavía no están repuestos de la sorpresa que significó su salida de las tierras del poniente por la puerta pequeña del odio y el resentimiento, intentaron, al uso y costumbre nacional, solucionarlo todo por la vía de la pandereta, no ya capricho del joven rey Alfonso XIII y su mamá la reina, sino de unos políticos que seguían en el mismo grado de levita inútil institucionalizada.

Cuando en la actualidad se estudia con seriedad todo o la mayoría de lo suministrado por la crónica, ni hay manera alguna de determinar de un modo histórico fidedigno la fundamental y emotiva presencia de Colón en Barcelona, ni existe una sola referencia de su paso por los caminos a su vuelta del viaje desde Sevilla a Barcelona. Ni analizando con seriedad los parámetros del viaje que nos han suministrado Colón pudo llegar al lugar indicado en la crónica.

De la mano seria y fiable del marino español riojano, Martín Fernández de Navarrete, que va a recibir orden de la Marina de Guerra para que busque y aporte documentación que agrande, más allá de las pláticas de boquilla, el prestigio naval español, todo aquello que el intelectual marino archivero fue encontrando que estaba perdido en estanterías en documentos y hechos respecto a las navegaciones de los españoles, fue apareciendo por doquier, no para documentar figuras como la de Colón, totalmente olvidadas a todos los niveles españoles, sino para servir de aderezo a todo un proceso de recomponer una novela histórica que, al no tener competencia de ningún otro punto de vista histórico razonado, triunfó en los límites a como triunfan en España los asuntos: los que pasan de boca a boca, pero no de libro en libro.

Cien años después de estar muerto Cristóbal Colón, se imprime en un libro por primera vez su nombre para salir a la luz pública. A la altura de la conmemoración del IV Centenario del Encuentro, se empieza a relatar todo el proceso de ir y establecerse al otro lado de la mar los españoles. Y cuando en la actualidad se estudia con seriedad todo o la mayoría de lo suministrado por la crónica, ni hay manera alguna de determinar de un modo histórico fidedigno la fundamental y emotiva presencia de Colón en Barcelona, ni existe una sola referencia de su paso por los caminos a su vuelta del viaje desde Sevilla a Barcelona. Ni analizando con seriedad los parámetros del viaje que nos han suministrado Colón pudo llegar al lugar indicado en la crónica.

Por otro lado, todos, absolutamente todos los que escribieron posteriormente sobre Colón, excepción de un par de ellos como Bartolomé de Las Casas y Fernández de Oviedo, entretuvieron su renglón en la figura de Colón, y prefirieron dar un rodeo informativo tras una breve mención, sin entrar en mayores, excepción, claro está, del longevo papa León XIII, que en su “Quarto Abunte Saeculo”, ensalza la figura de Colón, al verlo históricamente  para su sardina muy aprovechable.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.