Avenue des Champs Elysées de Paris.

París, 1 de enero de 2015.

Mi querida Ofelia:

Aunque no he recibido respuesta a mi carta anterior, te escribo de nuevo, espero no aburrirte.

Simplemente, tenía deseos de hacerlo. Aquí estuvimos en la vorágine navideña, en las conversaciones el verbo que más se conjugaba era regalar y las palabras que venían continuamente eran: festejos, vacaciones, paseos, tiendas y compras. El mundo occidental se preparaba para celebrar el nacimiento, del que escogió a una familia pobrísima y un establo para nacer, en medio de un derroche de consumo, de una verdadera orgía de despilfarros, todo tan lejano del verdadero espíritu cristiano de: perdón, tolerancia, caridad y reconciliación.

Cada día cuando salgo de casa, de mi inmueble a la estación del metro me separan cuatro manzanas, a todo lo largo de las cuales, todos los árboles han sido decorados como árboles de Navidad y cada poste del alumbrado público está decorado con una luna en cuarto creciente con bombillas rojas, verdes y doradas, los tres colores clásicos de las Navidades galas.

Ya en la estación y a lo largo de todas las paradas, incluso en el largo pasillo de unos 90 metros de mi estación de destino, todas las paredes están llenas de grandes posters con fotos de niños, ángeles o encantadoras muchachas, todos rubios de ojos claros, todos sonrientes y bellos, que te aconsejan comprar: perfumes, coches, electrodomésticos, champagne, vinos y cuanta cosa superflua hay. Al salir del metro, los 10 minutos a pie que debo recorrer son idénticos, todo está decorado. Hasta las secretarias tienen mini arbolitos sobre sus mesas de trabajo. Es prácticamente obligatorio ser feliz, y es de muy mal gusto enfermarse en esta época.

Frente al anfiteatro en donde impartí clases hasta el año pasado, por la ventana se puede ver un gigantesco anuncio de Varadero (parece como si lo hubieran puesto allí para mí). En la arena se puede apreciar a una joven mulata muy sensual con una sonrisa socarrona y un bañador de apenas unos centímetros cuadrados, que te invita a conocer el “calor del pueblo cubano” (te lo cito textualmente).

Cuando sabes que para salir a la calle hay que ponerse: chaqueta, sobretodo, bufanda, guantes y sombrero, las aguas turquesas del cartel de Varadero son aún más espectaculares.

La tele, la radio y las revistas son lo mismo, todo está lleno de anuncios que hacen referencia a los regalos, si siguieras sus consejos, tendrías que hacer un regalo a cada persona conocida.

Fuimos de tiendas por el Boulevard Haussman, yo le llamo Boulevard Galiano, pues allí están los grandes almacenes.

Los Papás Noël (el Santa Claus francés), con sus campanas en las manos, proponían hacerse fotos con los niños. Los escaparates desbordaban de juguetes, mientras que en las entradas, elegantes y sonrientes señoritas repartían bombones a los clientes. Había una verdadera multitud, cargada como los camellos de Melchor, Gaspar y Baltasar, con paquetes envueltos en bellos colores con cintas y moñas brillantes. El esplendor de la ciudad es fascinante, viste sus mejores galas, con luces por doquier, adornos, guirnaldas, fiestas, regalos, cenas, en fin todo lo imaginable para celebrar el nacimiento de Jesús.

Las únicas notas discordantes se producen en el telediario, donde cada noche entre anuncios de perfume Chanel Number Five, joyas, trapos de lujo y foie gras, aparecen las bochornosas escenas de las víctimas de los atentados en Iraq y Afganistán, los bombardeos y muertos en Siria, el hambre en África, las escenas escalofriantes de los niños muertos en las playas griegas al tratar de conquistar a la Libertad, los israelíes asesinados a puñaladas en las calles, los atentados terroristas, el avance del sida en el Tercer Mundo, etc.

Hoy se cumplen 57 años desde que el clan de los Castro y su Oligarquía Roja tomaron el poder en nuestra amada Patria. La han destruido no solo económicamente, sino también moralmente, creando a ese “ser” distinto, deshonesto, mentiroso, inmoral, ateo, tarado, “programado” para hacer mal y odiar, al que llaman “el hombre nuevo”.

Esperemos que el futuro traiga: paz, amor y libertad a la familia cubana, que Dios evite un desastre, que ponga su mano divina para que impida más desgracias y lutos.

¿Qué habremos hecho los cubanos para que Dios nos castigue de esta manera? Nuestra representación de María en la Virgen de la Caridad del Cobre es todo un símbolo, a sus pies hay tres balseros. ¿Fue éste un presagio de la gran tragedia?

Para desearte unas muy Felices Navidades con: amor, paz, salud, bienestar y Libertad, hace tres días te envié turrones Alicante y Jijona con una amiga gala. Decoramos nuestro hogar con el Pesebre y un gran árbol de Navidad que armamos como cada año el 4 de diciembre, en honor a mi inolvidable abuela Aurelia, pues ése era el día de su cumpleaños y solía ayudarle a armarlo cada año, allá en el lejanísimo y querido terruño camajuanense.

Asistimos a una fiesta grandiosa, en el Planet Hollywood des Champs Elysées. Fue organizada por cuatro familias galas para todos los amigos de sus hijos, y los miembros de uno de los ya tradicionales y exclusivos “rallyes”. Este está compuesto por unos 600 chicos y chicas entre 16 y 19 años aproximadamente. Desde las 10:30 p.m. al amanecer, bailaron al ritmo de la música contemporánea, fundamentalmente anglosajona. Forman parte de la llamada juventud dorada gala de la Ciudad Luz, elegantes, ellos vestían smokings y ellas de traje largo. El sistema de “rallyes” consiste en unir a la juventud de la élite gala, por medio de una cadena de fiestas organizadas a turno por los padres de los jóvenes. Para asistir a las cuales tienen que ser miembros fijos. Cuando le toca a un grupo de familias organizarlas, tienen derecho a invitar a otras personas, pero la obligación de invitar a todos los jóvenes que forman parte del “rallye”. Asistimos invitados por los padres de tres brillantes y encantadoras hijas fueron alumnas mías.

Frente a los abundantes buffets situados en largas mesas de los diferentes salones del Planet Hollywood parisino, encontré a muchas chicas y chicos conocidos, pues fueron alumnos míos. Todos han tenido mucha suerte en la vida, nacieron y viven en Francia, país cargado de historia y de cultura, pertenecen a la élite económica y cultural de la capital gala y festejaban alegremente en un local de la avenida más bella del mundo, decorada con cientos de árboles de Navidad.

Al regresar de nuestro crucero de Navidad por el Mediterráneo con nuestro hijo, su esposa y nuestros dos nietos, que nos llevó por: Savona, Barcelona, Palma de Mallorca, Palermo y Nápoles, estuve paseando por el centro de la París con mi esposa. Hicimos las últimas compras para la fiesta de Nochevieja.

La ciudad nunca ha llevado tan bien el nombre de La Ciudad Luz como en estos momentos. Sus avenidas, parques, boulevares, grandes almacenes o pequeñas boutiques, todo, absolutamente todo está decorado con bellos árboles de Navidad.

En el Boulevard Haussman, caía nieve artificial desde el techo de los almacenes Galeries Lafayette, mientras que los villancicos se podían escuchar al mismo tiempo que enormes estrellas doradas y rojas brillaban sobre las fachadas de los almacenes Printemps.

Una verdadera lluvia de estrellas cubría la elegante calle Faubourg Saint Honoré, en cuyas aceras numerosas damas envisonadas eran conducidas hacia sus coches de lujo aparcados, por amables empleados cargados de paquetes de regalos. La exclusiva tienda de ultramarino Fouchon proponía todo tipo de cestas de: frutas, mariscos, embutidos, caviar, licores, etc.

La Rue Royale mostraba sus numerosas joyerías y tiendas de cristales y porcelanas (Lalique, Saint Louis, Bernardau, Odiot, Christofle, etc.) con sus escaparates enmarcados por ramilletes de luces, mientras que una fila de coches de lujo frente al celebérrimo Restaurante Maxim’s descargaba su distinguida clientela.

Al fin llegamos a la Place de la Concorde, la que según los galos es la más bella del mundo. A su centro se alza el Obelisco de Luxor, cuya punta de oro lucía brillantemente entre las dos fuentes con estatuas bañadas en oro. Desde los balcones del lujoso Hotel Crillon, caían cascadas de guirnaldas como lluvia dorada que fuera a inundar la plaza.

La vista de la Iglesia de la Madeleine (copia del Panteón de Atenas) al norte, y del Palacio Borbón (sede de la Asamblea Nacional) al sur, con Les Jardins des Tuileries al norte, en cuya entrada se alza una enorme estrella, de la que se desprendían rayos láseres azules y blancos, daban un aspecto increíble a la ciudad.

De esa plaza parten Les Champs Elysées con sus kilómetros de árboles de Navidad en dos filas, Le Grand Palais iluminado de rojo y el Espace Cardin de azul turquesa. Al Rond Point (La Rotonda) llega la Avenue Montaigne, decorada con árboles de navidad rojos a lo largo de ambas aceras hasta el Sena. Y para rematar el grandioso espectáculo, La Torre Eiffel brillaba con todo su esplendor. Desde lo alto de ella, los luminosos rayos de láseres cursaban el cielo parisino.
Decenas de miles de turistas admiraban asombrados el espectáculo a lo largo de esas grandes avenidas. Muchos quizás estarían hospedados en los lujosísimos hoteles que se encuentran en los alrededores de la Place de la Concorde: Ritz, Intercontinental, Le Meurice, Bristol, Marriot, Plaza Athénée, George V, Prince de Gales, etc.

Por todas partes había soldados armados hasta los dientes, ante el peligro de posibles atentados. Entre policías y soldados, están movilizados más de sesenta mil.

Una nota discordante, era la de los clochards (vagabundos) que dormían o intentaban hacerlo, sobre algunos bancos de la Place de la Concorde o de Les Champs Elysées, envueltos en viejas mantas y con sus pocas pertenencias en algún carrito. Según las autoridades sanitarias, alrededor de dos mil personas duermen en calles aceras y parques parisinos, son los S.D.F. (sin domicilio fijo). El Socorro Católico y otras organizaciones caritativas les ofrecen gratis comida caliente cada noche. Otros pueden ir a dormir en algunos albergues. Una organización de jóvenes llamada “Los hijos de Don Quijote”, intentó armar un campamento de tiendas de campaña individuales en el muelle de Montebello, frente a Notre Dame, (antes lo habían logrado a lo largo del Canal de Saint Martin), pero fueron dispersados por la policía mediante la fuerza con gases lacrimógenos. Resultado: el espectáculo de la riqueza despampanante de la ciudad choca con la pobreza extrema de sus clochards.

Recuerdo cuando al amanecer de un primero de enero, un clochard no se levantó del banco de la Place de la Concorde en donde había pasado la noche. Murió de frío en pleno París, en la plaza más bella del mundo, rodeado de todo el lujo que la sociedad de consumo del siglo XXI puede ofrecer. Su última mirada… ¿Habrá sido para las cascadas de guirnaldas de los balcones del Hotel Crillon? Quizás lo último que vio fueron los láseres de la Tour Eiffel o la brillante aguja de oro del Obelisco de Luxor.
¿Algún turista lo habrá fotografiado, como algo “típicamente parisino”, sin saber que estaba por morir? Ese señor se fue en medio de un torbellino de luces y de lujos motivados por la desmedida celebración opulenta del nacimiento hace 2015 años del que nació, vivió y murió tan pobre como él.

Quizás desde el cielo esté contemplando la orgía de consumo actual de esta Vieja Europa y del Mundo Occidental en general, donde para muchos Navidad significa sólo consumir, gastar dinero, comer, beber y divertirse sin ver los dramas humanos cercanos tan cercanos a nuestros hogares.

Un gran abrazo, deseándote un muy Feliz Año Nuevo en unión de tus seres queridos, y que Dios te dé lo esencial para ser feliz: salud, amor y Libertad*

Félix José Hernández.

Nota bene: Como bien sabes, me es imposible escribir la palabra Libertad con minúscula.

Deja un comentario