Su Cesárea Majestad no tenía más trabajo que estampar su firma en el lugar y sitio que le indicaba el escribano, e inmediatamente la vida y condición de un hombre podía experimentar un cambio para él y su familia que lo hiciera irreconocible de su pasada existencia.

Ceferino Corral, vino al mundo pasando bruscamente del calor del vientre de su madre al duro y frío contacto de una losa de piedra en la que cayó por el descuido de su progenitora que no lo espera para aquella fecha ni para ninguna porque casi en olvido estaba de su preñez.

Cuando nació Ceferino, antes su madre había parido dos varones y tres hembras más, siendo, de las tres hermanas mayores de Ceferino, la de en medio, por un casual o por algo que solo sabía su madre, de una belleza y lozanía que contrastaba, y mucho, con las otras dos, que tenían la fealdad que con frecuencia la pobreza gusta de dar a quienes vienen a la vida a ocupar tan solo los escalones que nadie quiere, pero que, paradójicamente, están llenos de gente necesaria para servir a los escasos que son guapos, ricos y poderosos.

A todos cuantos pensaron disfrutar de la belleza de la joven, se les adelantó de un modo temprano un Letrado jovial, que entendió que aquella jovencita se merecía que su patrimonio se viera disminuido en unas monedas y un par de mulos manchegos, a cambio de tener a su vera aquella juventud y lozanía que le pudiera alegrar las largas horas en las noches, cuando todo casi se empareja e iguala.

Se sabe que aquella hermana de Ceferino, junto a una belleza singular, estaba dotada de una cabeza pensadora e inteligente. Y que ya, en aquel primer envite de su vida, le exigió a su comprador, amo y señor, que su hermano pequeño le hiciera compañía, porque desde su nacimiento ella siempre lo llevó en sus tiernos brazos y le enseñó cuanto sabía, como si de un hijo suyo se tratara.

Por aquel Madrid al que se fueron a vivir los dos hermanos, los sabores, calores y colores que de inmediato comenzaron a descubrir, no tenían ni la más leve idea de que existencia pudiera haber de ellos. Pero la vida, que es mutante y a lo mejor casual, una tarde de domingo veraniego, por culpa de una mala digestión y por otra causa que fue ocultada en la que mucho tenía que ver aquella inteligente y hermosa muchacha, el señor Letrado se quedó sin cargo en Las Indias, y sin resuello, precisamente cuando mejor lo estaba pasando con un galope sestero y del que no tuvo tiempo de bajarse de aquella su montura favorita.

La muerte de aquel hombre, tuvo una influencia decisiva en la vida de los dos hermanos. Y resultó de cierta manera curioso, que dentro un breve desamparo inicial, la atractiva muchacha gozara de muchas más oportunidades. Y en medio de una competencia feroz, la hermana de Ceferino, con su nata inteligencia, clasificó para tratar de quedarse con la que fuera de mayor conveniencia para los dos hermanos.

Como en vida del fallecido Letrado, mucho se había platicado con la posibilidad de que probablemente destino tendría por un ignoto territorio a explorar y consolidar donde los indios Guayanos pasaban sus existencias, los dos hermanos, en especial la hermana de Ceferino, trabajó en la línea de obtener de sus protegidos licencia y pasaje para poder marchar a tan lejanas tierras al sur del gran río del Orinoco, entre playas de aguas saladas por un lado, y las otras dulces y fecundas de las corrientes del padre Amazonas y el Negro, que de tanto escucha hacer de sus magnificencias, en grandes ganas entró de conocerlas y vida de fortuna hacer en ellas.

Pasaje y asiento de colonos obtuvieron los dos hermanos de la Corona, y por Cádiz, en navío bien artillado, embarcaron al mismo tiempo que lo hacía de principal pasajero don Francisco del Soto, de sangre venida a menos en dineros e influencia, que en su pecho guardaba con celo día y noche aquel nombramiento de Contador Real, con ejercicio en la villa de Santo Tomás. Lugar del que ni tenía la menor idea, ni capaz fue nadie en la Corte de fijárselo en carta geográfica cuando se lo otorgaron.

Fruto del puro desfortunio, a los cinco días de navegación, una piedra española y un cuerpo de aquella idéntica nación, nunca habían pensado que su viaje por la vida acabaría en aquellas aguas azules y luminosas, donde fueron arrojados entre el rito habitual de hacerlo, como buen cristiano que era, con la cara hacia el cielo, a diferencia de herejes y menesterosos que se arrojaban al mar con la cara hacia abajo para que encontraran raudos el camino del infierno, pero que,  por no disponer de camposanto los navíos, tanto los de una cara para arriba como aquellos otros de la cara para abajo, en agradecimiento hacían entrar a los peces.

El nombramiento de Contador Real, que con tanto esmero guardaba don Francisco, ni mucho menos llegó a mojarse en aquellas aguas. Y llegó seco y dispuesto a su lugar de destino, aunque en otras manos, cuando el navío “El Nazareno” arrojó su hierro fondeando y cumpliendo con su cometido de llevar en su bordo al señor Contador Real de aquellos territorios.

El cual Contador Real desembarcó en compañía de aquella su querida esposa, mujer mayor en años que él, pero muy disculpable en el gusto del real funcionario, porque hembra turbadora llevaba para cuantos ofrecieron los menguados parabienes de bienvenida en aquel puerto de Santo Tomás, perdido en la inmensa inmensidad de Las Indias.

Don Ceferino Corral, perdón, Don Francisco de Soto y su atractiva esposa, pronto se desenvolvieron con facilidad por todos y cada uno de los habituales signos de su egregio cargo. Resultando muy atractivo para la sal y el chismorreo de aquella incipiente comunidad, que el señor contador llevara unos abundantes cuernos durante todo el tiempo que fondeado en el puerto estuvo el navío “El Nazareno”, intentando su experimentado capitán cobrarse una deuda que, con aquel pago, entendía que quedaba saldada.

Pero lo que nunca pudo predecir el mentado experto capitán gaditano es que, cuando cuatro años más tarde vuelta se dio por aquel puerto para que con los cañones de su navío disparos hacer contra los holandeses para advertirles que aquellos territorios eran de la soberanía castellana, y que Santo Tomas no podía llamarse Stabrock, el ya don Francisco, en olvido casi de lo de Ceferino, ni su bella esposa, regreso hicieron en el bordo del navío, tal como así lo hicieron algunos otros funcionarios y colonos.

Los dos hermanos, matrimonio para todos, se quedaron a vivir para siempre en aquella alegre y elegante casona que más tarde canalizaría la vida social de aquel Santo Tomás, cuando ya nombrado era como Georgetown. Y donde crecimiento tuvo un gallardo mozalbete, fruto de aquella deuda que con sumo gusto cobrara el capitán gaditano, ajeno a que toda su ciencia náutica, por su semilla pasara al que con el tiempo fue un experto marino, que bajo el pabellón holandés, mucho trajín le dio a los navíos de su Majestad Imperial Española, más allá incluso de su muerte. Y cuya nave, en cierta batalla derrotada, navegando a la deriva causa fue, según algunas tradiciones que se contaban por los rumbos del llamado Mar de Las Damas, de la conocida leyenda del holandés errante.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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