El presidente saliente no puede –al menos, no debe– darle un vuelco radical a la política exterior de Estados Unidos sin contar con el equipo de transición de la administración entrante. Sobre todo en lo que atañe a las relaciones con Israel, su aliado más fiel y constante, y con Rusia, un socio inevitable que, aunque no sea propiamente un amigo, tampoco hay que buscárselo de enemigo, como pretende Barack Obama en sus últimos días en la Casa Blanca, exhibiendo envalentonamientos espasmódicos de último minuto.

Obama ha roto las reglas básicas de la transición de un gobierno a otro y ha cortado de un plumazo la continuidad sustancial de la política exterior de Estados Unidos en los grandes asuntos. Y todo porque su partido perdió las elecciones. No le busquemos más. Son perretas de niño malcriado al que le han quitado el caramelo. Los demócratas no saben encajar las derrotas porque no saben poner los intereses de la nación por encima de los intereses partidistas y personales. Mediocres que son.

Huelga añadir que es una irresponsabilidad clamorosa por parte de Obama. Su empeño en reavivar al rojo la guerra fría, escalando las tensiones con Rusia en los los últimos días de su mandato, va de lo ridículo a lo patético, pero no deja de ser peligroso. Le deja a la próxima administración un clima político empozoñado en la escena internacional. Un pato cojo no puede comportarse como un gallito de pelea. Más aún este presidente, que trata de cantar quiquiriquí y le sale un clo-clo-clo de gallina hawaina.

Tal será el legado de una presidencia gris que no obrar según los mejores intereses de EE.UU. Hay que haber perdido todo sentido crítico para elogiar la gestión de ocho años inanes y respaldar las últimas medidas de un presidente médiocre y presumido, arrogante y pusilánime al mismo tiempo, envalentonado a última hora por el resentimiento de la derrota del PD. Que se ponga a hacer las maletas y no joda más.

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