Obras maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao

Bilbao, 23 de noviembre de 2015.

Querida Ofelia:

Si algún museo del mundo ha hecho brillar a su ciudad, es el Museo Guggenheim Bilbao, que luce como el clavel en la solapa de esa gran ciudad vasca. Su Departamento de Comunicación y Marketing, me ha proporcionado una valiosa documentación, sobre la gran exposición que será inaugurada el próximo viernes 27 de noviembre, parte de la cual te transcribo, para que la hagas conocer allá en nuestra querida San Cristóbal de La Habana.

“Recién alcanzada la mayoría de edad, el Museo Guggenheim Bilbao presenta una selección de sus fondos propios en la exposición Obras maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao, que incluye destacadas piezas de arte contemporáneo de la segunda mitad del siglo XX. Se inicia así un nuevo enfoque de la programación artística del Museo que da respuesta, entre otras cuestiones, a la necesidad de contar con un espacio fijo e idóneo para la contemplación de alguna de las piezas más representativas de la Colección.

Entre las obras más relevantes de esta exposición se encuentran el luminoso lienzo Sin título (2004) de Mark Rothko; La gran Antropometría azul (ANT 105) (1960) de Yves Klein, dominada por el inconfundible pigmento azul que el artista patentó con su nombre; las Ciento cincuenta Marilyns multicolores (1979) de Andy Warhol; la expresividad del gran lienzo serigrafiado de Robert Rauschenberg Barcaza (1962–63); o Nueve discursos sobre Cómodo (1963) de Cy Twombly.

Los maestros vascos Eduardo Chillida y Jorge Oteiza aportarán con su obra la referencia a la escultura de posguerra. También están presentes en esta muestra obras significativas de los artistas alemanes Anselm Kiefer y Gerhard Richter y de los estadounidenses Julian Schnabel y Jean-Michel Basquiat.

En la presentación se puede contemplar, además, una parte destacada del conjunto de lienzos que conforman La habitación de la madre (1995–97) de Francesco Clemente, una obra que evoca los grandes murales decorativos de los palacios medievales y renacentistas; algunas importantes piezas que reflejan la vuelta a la pintura que tuvo lugar en los años ochenta, con movimientos como el neoexpresionismo o la transvanguardia, y obras que recuperan la expresividad pictórica, como El diluvio (1990) de Miquel Barceló.

Recorrido por la exposición

Galería 304. Arte de posguerra

Tras la II Guerra Mundial, con una Europa devastada y dividida, Estados Unidos se convierte en el principal país de acogida de importantes artistas europeos exiliados. En este contexto, a ambos lados del Atlántico surgen una serie de pintores que protagonizan, con diversas propuestas estéticas, una etapa crucial de la modernidad plástica. Entre estas corrientes destaca la pintura gestual del expresionismo abstracto norteamericano, ya sea en su faceta de pintura de acción, representada en obras como Villa Borghese (1960) de Willem de Kooning, o en la vertiente que cultivan los pintores de “campos de color” o “pintores del silencio”, como Mark Rothko en Sin título (2004). Esta corriente expresiva fue secretamente utilizada ─ni siquiera los artistas lo sabían─ durante la Guerra Fría como contraposición al rígido realismo socialista.

En 1953 Antoni Tàpies realiza su primera exposición individual en Estados Unidos y tiene la oportunidad de conocer más de cerca el expresionismo abstracto, un movimiento con el que el artista comparte su interés por el surrealismo. En Ambrosia (1989) el artista catalán recupera la superficie del muro mediante la mezcla de polvo de mármol y pigmentos, como si del néctar que daba la inmortalidad a los griegos y que da el título a la obra, se tratara.

En este mismo período afloran las inquietudes artísticas del joven Yves Klein, quien se inicia en la pintura en 1954 en Madrid, creando el folleto Yves Peintures, en el que presenta obras inexistentes pero que constituirán el punto de partida de su carrera. En esta sala podemos contemplar La gran Antropometría azul (ANT 105) (1960) de este artista.

Galería 301. Chillida y Oteiza

En los años 50 dos escultores vascos destacan en la escena internacional: Eduardo Chillida recibe en 1954 el Diploma de Honor de la Trienal de Milán y en 1958 el Gran Premio de Escultura de la Bienal de Venecia, y por su parte Jorge Oteiza obtiene en 1951 el Diploma de Honor de la Trienal de Milán y en 1957 el Premio Internacional de Escultura de la Bienal de São Paulo. Los inicios de los dos escultores fueron dispares, si bien ambos coincidieron en proyectos artísticos como la Basílica de Aranzazu o la fundación del grupo Gaur, que formó parte del Movimiento de la Escuela Vasca.

La obra de Oteiza, de difícil clasificación, trasciende el objeto escultórico como tal y es el resultado final de un largo proceso experimental desarrollado en torno a la masa y el espacio, que se despliega a través de conjuntos o series de piezas en torno a un concepto común. Entre ellas se encuentran sus Obras conclusivas , a las que pertenecen las Cajas vacías y las Cajas metafísicas de las que en esta exposición presentamos Caja vacía con gran apertura (1958) y Caja Metafísica por conjunción de dos triedros. Homenaje a Leonardo (1958), que anuncian la evolución hacia un espacio puramente receptivo, el vacío o la nada, que Oteiza relacionó con los cromlech microlíticos del País Vasco.

A Eduardo Chillida también le fascinan las construcciones de culturas antiguas y establece conexiones entre las del País Vasco y otros países. Así, Espacio para el espíritu (1995) es una pieza de granito rosa extraído con métodos tradicionales de canteras de la India, cuya abertura cúbica en la parte superior permite que la luz penetre, revelando la geometría intrínseca a la materia misma. Para Chillida, la fuerza de la piedra reside en su capacidad de modular y contener el espacio. Trabajando con granito, el escultor pretende que la roca misma, al igual que una montaña, ofrezca una experiencia arquitectónica.

Galería 302. Kiefer y Richter

Perteneciente a una generación que creció en la Alemania desmembrada tras la II Guerra Mundial, Anselm Kiefer aborda abiertamente el horror de su historia reciente a través de representaciones ligadas a mitos del nacionalsocialismo y también de obras en las que rinde homenaje al poeta Paul Celan, superviviente del Holocausto, con la convicción de que la memoria es el único modo de asimilar los traumas de la historia. En su trabajo, Kiefer cuestiona el lugar que ocupa el ser humano en el cosmos y analiza las relaciones existentes entre la historia, la mitología, la literatura, la identidad y la arquitectura alemanas. El artista, influenciado por la obra del filósofo y ocultista inglés del siglo XVII Robert Fludd, que defiende la conexión entre la realidad microcósmica de la tierra y la macrocósmica del cielo, crea piezas monumentales que fusionan la pintura, el collage y la escultura combinando una paleta casi monocroma con elementos poco ortodoxos, como plomo, alambre, paja, yeso, barro, semillas, girasoles, ceniza y polvo, tal y como se aprecia en Las célebres órdenes de la noche (1997).

Gerhard Richter nace poco antes de la II Guerra Mundial en Dresde, ciudad que pasará a formar parte de Alemania Oriental. Pronto, el interés del artista por el informalismo y el expresionismo que se cultivan al otro lado del muro de Berlín le lleva a abandonar su localidad natal y en 1961 se afinca en Düsseldorf, donde entra en contacto con creadores como Sigmar Polke, Blinky Palermo y Konrad Fischer. Richter ha afirmado que las pinturas basadas en fotografías que realiza en estos años marcan un nuevo comienzo y un punto de inflexión en su carrera. Dentro de esta tipología de obras desarrolla la serie de las marinas, a la que pertenece Marina (Seestück ) (1995), que reflexiona sobre la naturaleza de la percepción visual.

Galería 303. Los años 60

La década de los 60 es una de las más agitadas del siglo XX en el ámbito cultural y político. Estados Unidos se ha convertido en una sociedad industrializada, preparada para la llegada de la era de la información, y el crecimiento económico propicia una cultura de consumo a ambos lados del Atlántico. El arte pop, movimiento de origen británico que alcanza su cima con figuras norteamericanas como Andy Warhol, tiene su contrapartida en el realismo capitalista alemán, del que Sigmar Polke es una de sus figuras destacadas. Ambas corrientes se centran en lo cotidiano, pero con diferente intención: el arte pop puede interpretarse como una crítica o como una celebración de la cultura popular; en cambio, el realismo capitalista es más dogmático y se centra en la reprobación de la sociedad de consumo y el “milagro económico” alemán.

Robert Rauschenberg y Cy Twombly son otras dos grandes figuras que para mediados de los 50 ya habían desarrollado su propio lenguaje visual. En 1963, el Jewish Museum de Nueva York acoge la primera gran retrospectiva de Rauschenberg, donde se presenta la obra Barcaza (1962–63), uno los mejores ejemplos de la serie de dinámicas pinturas serigrafiadas que el artista comenzó a realizar en los años sesenta. Ese mismo año, Twombly regresa a Nueva York para presentar en la Galería Leo Castelli sus Nueve discursos sobre Cómodo (1963), una obra compuesta de una sucesión de lienzos individuales que generan una frenética narrativa en torno a la delirante vida del emperador romano Aurelio Cómodo. Aunque tanto Barcaza como Nueve discursos sobre Cómodo recibieron duras críticas en su primera presentación pública, con el paso del tiempo se han convertido en obras icónicas para la historia del arte del siglo XX.

Galería 305. Los años 80: el regreso a la pintura

En la década de los 80 diversas tendencias recuperan la figuración y la expresividad en la obra de arte, apoyándose en el lenguaje formal del expresionismo alemán de principios del siglo XX y alejándose del arte conceptual y el minimalismo de las dos décadas anteriores. El artista mallorquín Miquel Barceló es uno de los representantes más destacados de este regreso a la pintura y en sus obras la materia conforma la imagen. En el apocalíptico El diluvio (1990), por ejemplo, se representa mediante un paisaje gris y melancólico, configurado con la ejecución de cortes y la aplicación de abundante materia.

El escenario inundado de Barceló se contrapone armoniosamente con el paisaje de tierra quemada que sirve de marco a Embarcación solar (1984–95) de Anselm Kiefer, que hace referencia a la barca que en el antiguo Egipto servía para peregrinar entre el día y la noche, o la vida y la muerte.

Acompañan a estas obras dos de los libros de artista de Kiefer, Lucha de imágenes (1980) y Gilgamesh y Enkidu en el bosque de cedros II (1981), cuya realización artesanal las acerca a la pintura o la escultura, y en las que las capas de la historia se corresponden con las capas de materia aplicadas página a página.

Otra de las grandes figuras del neoexpresionismo alemán es Georg Baselitz, cuya obra La señora Lenin y el Ruiseñor (2008) se inspira en el cuadro de Otto Dix Los padres del artista II (1924) aunque Baselitz reemplaza las dos figuras centrales de este por el retrato invertido de Lenin y Stalin, aludiendo a la historia de su Alemania Oriental natal y a la historia del arte alemán.

Galería 306. La habitación de la madre

El ciclo de Francesco Clemente La habitación de la madre (1995–97), que evoca los grandes murales decorativos de las estancias o studiolos de los palacios renacentistas, fue concebido por el artista para la sala 203 del Museo. Sin embargo, en esta ocasión se exhiben ocho de los paneles que la constituyen en una galería distinta, lo que posibilita una nueva lectura de la obra.

El trabajo de este artista se inscribe dentro de la transvanguardia, término acuñado por el crítico Achille Bonito Oliva para definir el movimiento italiano que surge hacia 1980 y utiliza la figura humana y los materiales tradicionales en contraposición a la estética conceptual predominante en el arte de finales de los años sesenta y setenta. Clemente utiliza un amplio repertorio iconográfico basado en la tradición clásica, judeocristiana y oriental, mostrando figuras que han sufrido transformaciones, con frecuencia sobre fondos de gran profusión floral y, en ocasiones, sobre sencillas abstracciones monocromáticas. En La habitación de la madre (1995–97), las referencias a los elementos primordiales -tierra, agua, fuego y aire- se yuxtaponen a un intenso simbolismo procedente de la cultura india, la historia de las religiones, la astrología y ciertos temas contemporáneos, sobre un telón de fondo que contribuye al lirismo de esta obra.

Galería 307. Los años 80 a ambos lados del atlántico

Enzo Cucchi, otro de los mayores exponentes de la transvanguardia italiana, considera que el arte necesita una catástrofe que elimine las estructuras preexistentes para después manipular los elementos de una obra de forma que se mueva con libertad entre la pintura y la escultura. La pieza Depósito occidental (1986), un claro ejemplo de su trabajo, versa sobre el viaje en el tiempo como metáfora del Nuevo Mundo, con un barco proveniente de Italia atracado en un puerto americano, evocado por el círculo metálico de la parte inferior de la obra.

En Estados Unidos una de las figuras más significativas de la vuelta a lafiguración y a la expresividad en el arte es Julian Schnabel, quien emplea elementos diversos, incluida la palabra escrita, para configurar las narrativas de obras como Faquires (1993) y España (1986). En esta última, los platos rotos dibujan una plaza de toros y un cráneo gigante de bóvido. El tema del ritual del sacrificio animal coincide con el de la obra de Miquel Barceló Macho cabrío y cabra (1992), en la que estos animales, representados cabeza abajo con trazos matéricos, parecen estar a punto de ser desollados o inmolados.

El norteamericano Jean-Michel Basquiat, uno de los pintores más célebres de su generación, cierra este recorrido con El hombre de Nápoles (1982) y Moisés y los egipcios (1982), que constituyen obras clave para la comprensión del desarrollo de su pintura durante la década de los 80. El hombre de Nápoles denota el resentimiento del artista hacia su acaudalado mecenas italiano, a quien se refiere con desprecio como pork merchant (charcutero) y su superficie está ocupada por una profusión de garabatos, palabras, símbolos y colores que sugieren un conjunto de voces gritando y respondiendo. Las repeticiones, variaciones, tachaduras y errores ortográficos recuerdan a un grafiti. Más contenida y equilibrada, Moisés y los egipcios alude a un episodio bíblico, que, a su vez, se puede vincular de una manera más general con la historia de África.

El nuevo enfoque de la programación artística

Con el objetivo de ofrecer al público la posibilidad de contemplar las obras más emblemáticas de la Colección propia del Museo de una manera idónea, potenciando al mismo tiempo las ambiciosas exposiciones temporales, el Museo Guggenheim Bilbao ha llevado a cabo una reflexión en torno a sus espacios y la adecuación de estos a los diferentes tipos de muestras de la programación artística anual.

Así, partiendo de las premisas de no reducir el número de nuevos proyectos y de mantener la calidad de los mismos, la segmentación meditada de las plantas del Museo ha dado como resultado un nuevo enfoque de la programación artística. En este nuevo modelo se han identificado las galerías “no clásicas” de la tercera planta (salas 304, 301, 302 y 303) como las idóneas para albergar de forma casi permanente las Obras Maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao, al tratarse de espacios heterogéneos en cuanto a medidas, formas y capacidades que se adaptan perfectamente a los fondos propios más significativos. Las galerías clásicas de la tercera planta, ideales por su configuración para la muestra de obras de menor formato y de exposiciones de arte de preguerra y de corte más “clásico”, actuarán así como prólogo a la Colección del Museo, configurando la tercera planta como el espacio dedicado a los fundamentos del arte actual.

Por su parte, los espacios de la segunda planta del Museo se destinarán a albergar las grandes exposiciones temporales, de gran significación curatorial y proyección internacional. Actualmente y hasta el 21 de febrero de 2016, esta planta acoge la muestra Making Africa – Un continente de diseño contemporáneo.

Las salas de la primera planta, a excepción de las dedicadas permanentemente a las obras de Richard Serra y Jenny Holzer, se centrarán en las tendencias más actuales, mostrando fragmentos de contemporaneidad. En torno al atrio, la sala 105, con más de 1.000 metros cuadrados, se dedicará a exposiciones con un carácter más experimental, o bien que sirvan para contextualizar las obras de la Colección dentro de la carrera de su autor, o destacar algún aspecto singular de la obra del mismo. En la actualidad, esta sala alberga una selección de paisajes de Alex Katz, autor también presente en la Colección del Museo, denominada Alex Katz, aquí y ahora. Finalmente, la sala Film & Video también en la primera planta, se destinará a obras destacadas del videoarte y la videoinstalación. Actualmente y hasta el 22 de noviembre se muestra Paralaje (2013), de la artista Shahzia Sikander, que será seguida por La nube del no saber (2011), de Ho Tzu Nyen.

Obras maestras de la Colección del Museo Guggenheim Bilbao. Comisariada por Lucía Agirre. Del 27 de noviembre de 2015 al 3 de abril de 2016. Guggenheim Bilbao Museoa Departamento de Comunicación y Marketing”.

Un gran abrazo desde la bella y culta tierra de Euskadi,

Félix José Hernández.

Foto: El Museo Guggenheim Bilbao, Euskadi.

Hispanista revivido.