Rodrigo de Adrada, que, al igual que Onegesio a Atila, el citado religioso le fue en extremo fiel a fray Bartolomé de las Casas

Y es que no es oro todo aquello que reluce. Atila que la mejor espada que tuvo, por fuera de leyendas y de aceros forjados con sangre de vacas, la llevó en su entrepierna supuesto que pasado el tiempo la mayoría de sus tropas Hunas eran hijos suyos, hasta en eso falta históricamente por demostrar si su cerebro, el que pensaba por él, su más consultado asesor, Onegesio de nombre ( es que los hunos eran así de raros, para nosotros, con sus nombres) no fue el inventor de que los cascos con cuernos que lucían orgullosos las gentes géticas, se pusieran de moda en los formidables guerreros, asuntos domésticos aparte, que fueron los Hunos, pero le gustó vestir a la moda.

Los Hunos fueron gente diferente, práctica, amantes de la vida y por eso llevaron la muerte a lomo de sus caballos para todos aquellos que pretendían vivir del cuento y del esfuerzo de los demás

Los Hunos fueron gente diferente, práctica, amantes de la vida y por eso llevaron la muerte a lomo de sus caballos para todos aquellos que pretendían vivir del cuento y del esfuerzo de los demás. Y Onegesio es muy probable que tuviera su honor de marido multitudinario en hembras, mancillado por su jefe Atila, pero también es verdad que, con toda seguridad Onegesio le puso los tarros a su jefe y líder especialmente cuando los imperiales romanos, divididos en dos su imperio, el oriental y el romano por culpa de los hunos, no dejaban una legación cuando ya  estaban en otra solicitando buena amistad y paz por la vía intermediaria de Onegesio, llevándole guapas doncellas al objeto de romper la inquebrantable lealtad, algo desconocido en el mundo romano respecto a sus jefes, hacia aquel su jefe, un hombre que se llamó Atila, que fue más que un rey para las gentes que denominamos hunos, hartamente llorado por tropas y mozas el día que, sobre una guapa doncella, ya tuvo que ser guapa para que la raquítica en esos asuntos crónica, lo mencione, se quedó sin papeles para seguir viviendo, ante el estupor de los que aguardaban fuera de la sala.

Onegesio, poderosísimo lugarteniente del famoso Atila, le fue a su amo, rey y señor, siempre fiel, algo que no entraba en la mente de los romanos, gentes que como buenos latinos, somos leales inquebrantables hasta que se llega a lo marcado en la etiqueta, excepción del fraile Rodrigo de Adrada, que, al igual que Onegesio a Atila, el citado religioso le fue en extremo fiel a fray Bartolomé de las Casas, y no les importó que los medios de comunicación de aquellos tiempos dieran noticia alguna de su existencia como apoyos más que necesarios para los que acapararon toda la fama para ellos solos en su tiempo y circunstancia.

En el caso de Atila, uno de sus grandes problemas, que a su muerte estalló y mandó al paro a sus formidables, invencibles y sacrificadas tropas, fueron los numerosos hijos que tuvo el rey de reyes Huno, que ninguno gozó de la inteligencia y habilidad paterna. Y de ahí que Atila se fiara del fiel e inteligente Onegesio incluso cuando ya tenía algunos hijos mayores. Asunto que causó las consabidas envidias, y el hecho cuidadoso de que Atila, que le gustaban las vajillas de oro y plata, tan solo lucia los dichos metales como adornos en los alamares de sus caballos; pero a la hora de utilizar vajillas para comer, no comía ni bebía por fuera de hacerlo en vasos y platos de madera, porque por aquel entonces existía la creencia de que los recipientes fabricados en madera denunciaban la presencia de venenos en la comida; aún incluso aquellos de efecto retardado que llevaban a la muerte a los que los ingerían a los cuatro o cinco días de hacerlo. Y el esquivo Atila, no se fiaba ni de sus propios hijos.

Aquellas leyendas y cantares que tanto les gustaba escuchar a la gente goda en sus descansos guerreros, como a las únicas tropas que realmente les causaban respeto, por no escribir pavor, eran las tropas de los aguerridos hunos, decían que por el hecho de copular los espíritus del mal con unas brujas de las llanadas de Panonia, nacieron los indomables Hunos por tierras asiáticas. Y también comentaban que los hunos que estaban recién nacidos, sus padres les cortaban las mejillas con la espada para que antes que otra cosa experimentaran en sus carnes el dolor, y después, tuvieran un aspecto feroz al contemplarlos.

Lo cierto y verdad es que los Hunos fueron unas tropas que pudieron con todo excepto qué no se sabe qué es lo que le dijo, le dio, o le prometió el papa san León I el Magno, en el encuentro que tuvo con él, en la ciudad italiana de Mantua, corriendo el años del cuatrocientos cincuenta y dos, para que Atila no entrara al saco de Roma. Y no deja de ser un misterio porque la viagra por aquella fecha, que se sepa, no la conocían ni los papas, y el Huno, iba sobrado de fuerzas supuesto que había arrasado todo el norte de la actual Italia.

Atila fue un forjador de leyendas, dichos, citas y, como hombre inteligente, supo rodearse de gente fiel como el dicho Onegesio, del cual escuchó Atila atentamente sus consejos, por encima no ya de los que podían darle sus hijos herederos, sino sus propios hermanos Octar y Ruas, concebidos de la misma mujer con la que yacio su padre, un tal Mudinco, que ha pasado como el propio Onegesio a la crónica sin bombo alguno y eso que, en el fondo, Atila y Onegesio es probable que se trabucaron en darle propiedad a los que pensaron que eran hijos suyos.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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