En aquellos años de represión a tope se llevaban preso al más pinto, a veces sin que este supiera bien por qué.

A cualquiera lo acusaban de tenencia ilegal de armas de fuego. En aquellos años de represión a tope se llevaban preso al más pinto, a veces sin que este supiera bien por qué. Bastaba una sospecha remota de colaborar con los alzados de El Escambray, cuando no simplemente su poco de inquina personal, de envidia o deseo de venganza. Su poco o su mucho, porque los odios se disparaban en ráfagas bajo el manto de la lucha de clases. El pueblo de Cumanayagua estaba en candela.

“Prendieron a Luca Gómez”, corría la voz de boca en boca. ¿Y eso? Un hombre tan tranquilo y pacífico. A nadie le cabía en la cabeza que lo hubieran pescado con un peligroso arsenal en su casa, un alijo de ametralladoras, ni siquiera un rifle automático, un fusil de asalto tipo Kaláshnikov, un Springfield o un Garand, ni algo por el estilo. Nada de eso. Lo que le ocuparon a Luca Gómez no fue un AK-47, sino una reliquia de la época de la chambelona insurgente, cuya única relevancia actual sería, si acaso, el valor de un antique museable.

Lo soltaron al día siguiente sin darle ninguna disculpa o explicación. No le dijeron siquiera: “Luca Gómez, la cagamos”. El mismo Luca lo contaba después de pasar el susto. La prueba del delito no era más que una escopeta calibre .410 del año 1911. Pero, compañero seguroso o insomne centinela del aparato, ¿quién coño va a tomar por asalto la sede del Consejo de Estado con una antigualla que apenas servía para cazar codornices?

Hasta ese día duró la pasión de Luca Gómez por la cacería y el tiro deportivo. Su detención, además, tuvo como un efecto dominó. Ya se sabe que el miedo es contagioso. “Pa’ su escopeta”, exclamó mi papá cuando su amigo Picundio entregó gratis la escopeta de cartuchos en el cuartel de las milicias para que no lo molestaran más con las inspecciones y visitas a su casa para comprobar la existencia del arma. “Total, si no hay dónde comprar cartuchos ni municiones, ni pellets ni perdigones, ni un carajo”, se justificaba el aterrado Picundio, ya por lo menos libre del acoso de los inspectores.

Lo de Luca Gómez y Picundio le ganaba en ridículo a la historia de Ambrosio, aquel sevillano simplón que se metió a salteador de caminos y, según la leyenda, llevaba una carabina inservible que cargaba con semillas de cáñamo. Lo que estaba pasando en Cuba superaba con creces la carabina de Ambrosio. ¡Pa’ su escopeta!

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