¿Para cuándo la restauración del Capitolio Nacional?

Dicen que dijo el dizque historiador de La Habana, Eusebio Leal Spengler, que tardarían cinco años en restaurar el Capitolio Nacional

 

De eso hace como tres años, y no creo que vayan a terminar la obra de restauración capitolina en el plazo anunciado. En el socialismo real los quinquenios son irreales y duran mucho más de cinco años. A veces quince, cuando no veinticinco o incluso 57 años, para al cabo de los cuales retroceder bien atrás y empezar por el principio.

Pues mire qué gran diferencia. Al Gobierno de Gerardo Machado le bastaron solo cuatro años para construir el Capitolio, que quedó completamente terminado en 1929. Eso teniendo en cuenta que en esa época no se contaba con los adelantos de la tecnología actual, y a pesar de que al mismo tiempo se desarrollaban otros ambiciosos proyectos urbanísticos.

Figúrese entonces cuánto tardarían —no creo que menos de cinco siglos— si fueran a hacer todo lo que se hizo durante el machadato en apenas unos años. Aparte del Capitolio y la Carretera Central, en ese periodo y solo en La Habana, se culminó la construcción del Parque de la Fraternidad y la reconstrucción del Paseo del Prado, más la Avenida del Puerto y la de las Misiones; la ampliación del Malecón hasta el Vedado; la conversión de la calle G y Paseo en jardines longitudinales; el trazado de la Quinta Avenida en Miramar y por ahí hasta el Country Club…

En la Universidad de La Habana construyeron la Escalinata y el Rectorado, la Escuela de Ingeniería y Arquitectura, el estadio universitario y algo más que seguro se me queda en el tintero. Eso por no hablar de edificios emblemáticos de gestión privada, como son el Centro Asturiano, el Bacardí, la Compañía Telefónica de Águila y Dragones, el López Serrano y tantos más. Ah, que ya casi se me olvidaban esas dos joyas que son el Hotel Nacional y el Hotel Presidente.

Machado y su secretario de Obras Públicas, Carlos Miguel de Céspedes, nos legaron esa Habana moderna cuyo perfil definitivo después completaría, en los años cincuenta, otro demonizado dictador, el general Batista. Una ciudad esplendorosa que en casi seis décadas no han logrado destruir completamente los jefes de Eusebio Leal, aunque mucho se hayan esmerado en acercarse a esa meta destructiva. Qué habanicidio, San Cristóbal de La Habana.

Y una última cuestión. Que no se les olvide reponer en el Capitolio el famoso diamante que perteneció a mi tocayo y último zar de Rusia, Nicolás II, hoy elevado a los altares como santo postsoviético de la Iglesia ortodoxa. El régimen, con su habitual falta de transparencia, no se ha dignado informar en qué lugar lo mantienen guardado, pero no es difícil imaginarse dónde está y quién lo tiene.

Que a Eusebio Leal no se le ocurra colocar un falso diamante, una imitación o un holograma en vez de la piedra preciosa, allí donde antes estuvo, al pie de la estatua alegórica de la República y exactamente bajo el centro de la cúpula que marca el kilómetro cero de la Carretera Central. Que si no lo repone, le vamos a decir hasta botijas verdes.