Hablar de los jefes durante una guerra es fácil, per hablar de los asistentes de los generales y otros mandos, un escalón social por debajo del soldado raso, si realmente ese escalón existe, es algo poco habitual

 

Opinaba el general Santocildes, don Fidel Alonso de Santocildes, un burgalés natural de Cubo de Bureba, hijo de campesinos propietarios, que falleció en Peralejo, en Cuba, en 1895 al comienzo de la Guerra Grande; más grande y más definitiva que las dos anteriores, la de los Diez Años (1.868-1878) y la tumultuosa, intempestiva y enigmática de la llamada Guerra Chiquita (1879-1889) que, pese a que los llamados insurrectos para la ocasión oficial de la Guerra Grande eran pocos y no sobrepasaban en Oriente los diez mil hombres en la opinión del general y del estado mayor, nadie de los uniformados con zapatos o botas tenían duda con la boca grande  del bando que iba a ser el vencedor de la contienda amiga. Aunque, eso sí, siempre recalcaban, pensando en el ascenso, que el asunto no iba a ser, ni mucho menos, un paseo militar para una España sin buenas ni malas pesetas: totalmente arruinada por la mala cabeza, como siempre, de sus dirigentes.

Dirigentes españoles de los que ya hay voces que se alzaban y se alzan diciendo que la prueba más palpable de la existencia de extra terrestres, ya por el correr de aquellos días, es el análisis de los extra-españoles que nos suelen gobernar desde Madrid y otros burgos, porque parece que disponen leyes para gentes que viven en otra galaxia muy diferente de la nuestra, amén de los listillos que ponen muy en duda que el color de su sangre sea roja como la nuestra, y no lo sea de un color verde turquesa Caribe, por aquello de lo amantes que son a las islas y países paraísos fiscales bañados por aquellas aguas.

Hablar de los generales presentes en una guerra, es un asunto claro y fácil, que da mucho juego para la crónica, porque nos los presenta a ellos con todos sus datos biográficos, y hasta pinceladas de su gallardía o no. Ahora bien, hablar de los asistentes de los generales y otros mandos, un escalón social por debajo del soldado raso, si realmente ese escalón existe, es algo poco habitual en los teclados. Y, sin embargo, hoy el protagonista de esta crónica, se llamó Perico, y fue asistente del citado general burgalés de nacimiento en la localidad dicha de Cubo de Bureba.

Perico, para la tropa y para su amo – los asistentes no tenían superiores, tenían, al mejor estilo de la tradición, amos – es de suponer que sería menor de edad cuando se encontró con un balazo, cuando, por culpa de un fusil que dejó de funcionar, se solían comprar de segunda mano, a intermediarios, por lo general gringos, el muchacho se descuidó, y fue aquel descuido el que se lo llevó para adelante por disparos efectuados desde la partida (el enemigo o es insurrecto o es partida, nunca fuerza ni patrulla) de Bartolomé Massó, en el Guanabano, a vistas de la ciudad de Bayamo, contra tropas metropolitanas de nada más ni nada menos, Regimiento Imperial de Isabel La Católica.

Los partes de guerra nada publicitan respecto a la valentía o no de los asistentes de los altos mandos militares. Y dentro de la contabilidad de las guerras, de las malas guerras, porque todas son grandes, largas y malas, aunque les guste a muchos por fuera de los fabricantes de armamento, no resulta nada ejemplarizante  la lectura en extremo clasista de gentes que, una vez muerta, por más galones intentando distinguir condiciones, se quedan haciendo lo mismo en el mismo montón o por separado.

Leyendo la relación de muertos que abarca un parte de guerra de la zona oriental del Bayamo que comprende unos ochenta y tres días de operaciones, de los veinte nombres que se reflejan en el citado parte como titulares del mismo, doce españoles, doce peninsulares para el parte, sin contar al joven asistente Perico, no se le asignan sus nombres, no por aquello de ahorrar tinta, sino porque en el desastre de aquella chapuza imperial, los nombres no importaban en una España como la de ahora, muy preocupada oficialmente por el más allá, pero desinteresada del más acá, cuando el más acá llevaba alpargatas o iba descalzo.

Y todo lo dicho ya con la presencia y exigencia del general Martínez Campos en Cuba, que por su extremo peso político, obligó a que la metrópolis se dejara de tantas pamplinas patrias y pensara que lo que tenía desplazado en Cuba, podía muy bien a niveles de papeles de guerra llamarse Perico o no tener ni nombre, pero eran seres humanos, a los que humildemente un día dejé unas flores en su memoria sobre la escasa agua del río Cauto.

Hoy, a ellos y a los que prácticamente tuvieron que volver a la madre patria nadando, les quiero rendir un tributo de admiración por una cualidad que siempre detecté en aquellos supervivientes de la guerra con los que hace años charlaba en cuanto tenía ocasión, ya que nunca he visto gente, que habiendo tomado parte en una contienda bélica, habiéndolo pasado tan mal como lo pasaron por el puro abandono de su metrópolis, les denunciaran el brillo de sus ojos un tremendo amor real y remanente por todo lo que concernía a Cuba y lo cubano.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

Palmis con el Cauto al fondo
Palmis con el Cauto al fondo

 

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