Como era de esperar, ya circulan los análisis y comentarios sobre la incidencia del triunfo de Trump en las relaciones USA-Cuba; en un intento de persistir en el vano error de pretender considerar a la isla una prioridad de la agenda exterior de Washington.

Las prioridades de Trump son el terrorismo islamista radical y el pospuesto reordenamiento de las esferas de influencia en un mundo globalizado y salpicado de retos.

Cuba es y ha sido asunto menor; salvo cuando se han producido oleadas migratorias incontroladas (Mariel, 1980; Maleconazo, 1994). El establishment norteamericano bendijo el new deal de Obama y frente a eso, Trump -que intentó negociar con los Castro, burlando las leyes- tiene escaso margen de maniobra; excepto mandar a su administrador a ver que parcelas puedan ser susceptibles de urbanizar y promover.

En el orden interno, los retos son enormes, pues el desencantado votante -abstenido hasta este martes y previos- ha elegido a Trump para que América recupere la grandeza y no para entretenerse en la islita de barbudos y balseros.

La singularidad cubana es un bluf milenario, reforzado por el castrismo y la ignorancia generalizada entre muchos cubanos de cómo funciona el mundo real.

sería deseable que Cuba y los cubanos asumamos la dimensión real y el escaso peso específico de la isla en el ajedrez mundial

La Habana ha reaccionado con total normalidad al cambio en Washington y a estas horas debe estar olfateando si habrá cambio de embajador. Las maniobras militares “Bastión 2016” son un mensaje interno a los opositores para que sigan jugando con la cadena y eviten hacerlo con el mono; pero no tiene mayor trascendencia de cara al Pentágono.

Quizá nunca se consiga, pero sería deseable que Cuba y los cubanos asumamos la dimensión real y el escaso peso específico de la isla en el ajedrez mundial; como se evidenció en la Crisis de los Misiles (octubre de 1962).

Ya avisó Lezama Lima, un país frustrado en lo esencial político…

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