Una rápida mirada a la historia reciente y a la situación actual de las repúblicas hispanoamericanas podría fácilmente provocar una sonrisa de escepticismo ante esta pregunta: ¿podría Hispanoamérica ser, algún día, una verdadera superpotencia?

Cierto es que ningún país hispanoamericano ostenta una posición de liderazgo en la ciencia, ni en la economía, ni en la política, ni en lo militar. Ninguno de ellos puede competir, individualmente, con cualquiera de las grandes potencias que hoy día dominan las relaciones internacionales: en primer lugar Estados Unidos, pero también de forma creciente China, y según muchos analistas, en un futuro no muy lejano también India, Rusia o Brasil, entre otros posibles. Se podría argumentar que la “falta de talla” frente a los mencionados gigantes sería el principal obstáculo, pero lo cierto es que los Estados hispanoamericanos, considerados cada uno por separado, están aún muy por detrás de países bastante más pequeños, que fueron grandes potencias decisoras en el pasado y ya han dejado de serlo, o dejarán de serlo durante este siglo: Alemania, Francia, Gran Bretaña, España, Portugal… e incluso Japón.

Ahora bien, en la Historia humana, si bien hay ciclos y períodos regresivos, a pesar de todo existe evolución, y no hay más que comparar el mundo de hace, por ejemplo, 1.000 años con el de hoy en día. Como acertadamente nos recuerda Raúl Linares Ocampo, experto en el campo de sistemas complejos y dinámica no lineal, el futuro “no es una proyección en línea recta del presente, pues en tal caso no habría evolución”. Hay que recordar la importancia de esta afirmación, especialmente frente a los “escépticos recalcitrantes” de Hispanoamérica, que, siempre que se les plantea la hipotética posibilidad de una unión hispanoamericana, invariablemente responden que esto es ya “imposible”, pues una vez constituidos los Estados como los conocemos hoy en día, ya no hay vuelta atrás.

Como acertadamente nos recuerda Raúl Linares Ocampo, experto en el campo de sistemas complejos y dinámica no lineal, el futuro “no es una proyección en línea recta del presente, pues en tal caso no habría evolución”

Sin embargo, conviene recordar que la actual división del mundo en diversos Estados soberanos es un fenómeno histórico muy reciente. Salvo en el caso de las Estados-nación más antiguos y consolidados: Francia, Gran Bretaña, España, Portugal y pocos más, la inmensa mayoría de los otros “países” que hoy aparecen en el tablero del mundo son creaciones políticas que a lo sumo tienen algo más de un siglo y medio de vida, y en muchos casos tan sólo unas décadas. Una minucia si uno considera la Historia de la humanidad globalmente, incluso la Historia moderna, la que se inicia después de la Edad Media. Casi ningún Estado africano actual existía antes de 1950. Lo mismo puede decirse de la mayoría de Estados asiáticos actuales, incluidos algunos de los más importantes hoy día: la India sólo obtiene su independencia de Gran Bretaña en 1947, e Indonesia sólo es reconocida en 1949. Es decir, la mayoría de los países que hoy tenemos en el mundo sólo han existido durante algo más de medio siglo. En comparación con ellos, podría parecer que los Estados hispanoamericanos tienen una historia bastante más larga, pero lo cierto es que, aunque las guerras separatistas se inician a principios del siglo XIX, las fronteras actuales no se definirán hasta bien avanzado el siglo, y en varios casos se producen fragmentaciones subsiguientes –producto generalmente del imperialismo anglo-estadounidense- hasta finales del XIX e incluso el siglo XX. Los Estados Unidos consiguen que Panamá se separe de lo que quedaba de Colombia en fecha tan tardía como 1903. Por otro lado, varios Estados no ven reconocida su independencia hasta varios años después de haberla declarado. Por ejemplo, España no reconoció la independencia de México hasta 1836… ¡veintiséis años después de haberse declarado teóricamente independiente! En resumen, la “historia” de nuestras malogradas repúblicas, se remonta, en el mejor de los casos, a menos de dos siglos, y en varios otros casos, a poco más de un siglo. Poca “tradición” si se compara con los más de 300 años de unidad del Estado Indiano o Reino de Indias (América hispana) que dominó la economía y la geopolítica mundial durante tres largos siglos: XVI, XVII Y XVIII.

La superpotencia estadounidense era, hace poco más de doscientos años, a finales del siglo XVIII, un país  de muchísima menor extensión que hoy en día, sólo una estrecha lengua de tierra pegada a la orilla atlántica de América del Norte, y contaba con menos de 3 millones de habitantes. Era una simple colonia de Inglaterra, una tierra de granjeros relativamente pobre y que ni siquiera contaba con una unidad política, pues estaba constituida por trece colonias separadas entre sí por fronteras. En comparación, la España americana era un inmenso territorio veinte o veinticinco veces mayor, más cohesionado políticamente, más poblado, con más recursos, con una poderosa marina y ejército que controlaban los dos mayores océanos del mundo -Atlántico y Pacífico-, un buen número de universidades (algunas fundadas ya en el siglo XVI) y una potente moneda, el real de a ocho, también llamado “peso fuerte” o “dólar español”, que gracias al amplio uso que tuvo a finales del siglo XVIII en Europa, toda América y el Extremo Oriente, se convirtió en la primera divisa de uso mundial, y en la primera moneda de curso legal en los Estados Unidos hasta que una ley de 1857 desautorizó su uso. Muchas de las monedas actuales, tales como el dólar canadiense, el dólar estadounidense o el propio yuan chino, así como monedas de Hispanoamérica y de Filipinas están basadas en el real de a ocho. Esta es una prueba histórica, entre otras muchas, de que los hispanos, de hecho, fuimos una superpotencia y tuvimos una posición dominante en el comercio mundial durante más de tres siglos.

No hay espacio en este artículo para entrar en las numerosas vicisitudes históricas que llevaron a Estados Unidos a convertirse en una formidable superpotencia partiendo de tan modestos orígenes.

No hay espacio en este artículo para entrar en las numerosas vicisitudes históricas que llevaron a Estados Unidos a convertirse en una formidable superpotencia partiendo de tan modestos orígenes, mientras que la América hispana, que lo tenía todo para dominar el continente y haber impuesto su política y sus intereses en el resto del mundo, terminó fragmentándose y reduciéndose en territorio, hasta acabar dividida en las 18 pequeñas repúblicas de hoy día, fácilmente dominadas por Estados Unidos. Lo importante es comprender que la evolución histórica de ambas entidades –la América anglosajona y la América hispana- es totalmente opuesta en uno y otro caso, e igualmente opuestos son los resultados obtenidos desde el punto de vista del desarrollo económico y político. Mientras que la América inglesa optó por unirse y expandirse, sin renunciar a su cultura anglosajona de origen, la América hispana renegó de su componente cultural español y se automutiló a sí misma, fragmentándose y debilitándose cada vez más, siguiendo un camino de creciente empobrecimiento e inestabilidad que llega hasta nuestros días. Si consideramos estos factores, parece que la alternativa de la reunificación en un solo Estado no parece tan mala solución después de todo. Como escribió el argentino Jorge Abelardo Ramos, nuestra América “no se encuentra dividida porque es ‘subdesarrollada’ sino que es ‘subdesarrollada’ porque está dividida”.

Si Hispanoamérica volviera  a estar unida como ya lo estuvo durante tres largos siglos, cumpliría todos los requisitos para convertirse en una superpotencia y, de hecho, sería difícil encontrar un rival capaz de superarla en potencial. Territorialmente, sería, con sus 11,44 millones de Km2, el Estado más extenso de Occidente y el segundo del mundo tras Rusia, pero con la ventaja de que su población sería casi tres veces mayor que la de Rusia. En cuanto a población, sólo sería superada por China e India, pero, frente a estas tendría la ventaja de poseer un territorio más amplio y mayor “espacio” para habitar, además de mayores recursos naturales, sobre todo marinos y forestales. Entre las desventajas de una despoblada Rusia y una superpoblada India, Hispanoamérica se encontraría en un punto óptimo. Sus kilómetros de costa la situarían en el segundo lugar del mundo, sólo después de Canadá, pero con la ventaja de que Canadá es mucho menos poblado y la mayor parte de su territorio es gélido y no apto para la habitación humana. Su territorio se extendería de norte a sur a lo largo de 10.000 Km., uniendo dos hemisferios y dos océanos: ningún Estado del mundo tendría esa ventaja geoestratégica, ni siquiera futuras uniones de Estados como Europa unificada o una hipotética Liga Árabe unida. Hispanoamérica está culturalmente unida por un mismo idioma, uno de los más poderosos factores de cohesión nacional, pues más del 90% de su población tiene como lengua materna el español. La religión aplastantemente mayoritaria es el catolicismo. Ninguna gran potencia actual exhibe una cohesión comparable: Europa, Estados Unidos, China, India o la propia Liga Árabe. Hispanoamérica contaría con el canal de Panamá y la posibilidad de construir un canal en Nicaragua, un elemento estratégico de enorme importancia para el control del tráfico marítimo mundial. Su población, al ser producto del mestizaje secular entre europeos (sobre todo españoles) e indígenas, también poseería una homogeneidad comparativamente ventajosa respecto a posibles conflictos étnico-religiosos de otras potencias: India, Estados Unidos, China…  Aunque comparada con los países más desarrollados aparece como más atrasada, lo cierto es que es bastante más rica que la mayoría de los países de Asia y sobre todo de África. Ya hoy día la suma de los PIB  hispanoamericanos a paridad de poder adquisitivo supone la tercera o cuarta mayor economía, pero si estuviera unida en un solo país el nivel de desarrollo y la renta per cápita aumentarían exponencialmente, debido al enorme mercado unificado, los niveles de inversión y las economías de escala. La lengua y cultura de Hispanoamérica, gracias al elemento “europeo”, son “exportables” al resto del mundo, que podría adoptarlos con mucha más facilidad que, por ejemplo, la complicada escritura china, hindú o árabe, o las costumbres musulmanas. Por ejemplo, el español sería rápidamente accesible a millones de personas que hablan lenguas de origen indoeuropeo, lo que incluye no sólo a las lenguas latinas, sino también a las germánicas, eslavas o indoiranias. No puede decirse lo mismo del árabe, el chino o las lenguas africanas.

Hispanoamérica tiene todo esto y mucho más, pero, por desgracia, no existe políticamente en el mundo, es una gigantesca Nación “invisible” que no cuenta para nada por la sencilla razón de que no está constituida en un solo Estado, sino en mini-repúblicas insignificantes y vulnerables.

Y todo ello necesariamente nos obliga a hacernos, una vez más, la eterna pregunta: si todo lo tenemos para ser libres y fuertes, si en realidad somos una misma Nación desde el Río Bravo hasta la Tierra de Fuego, desde México hasta Argentina, entonces ¿por qué nos empeñamos en seguir divididos, débiles y empobrecidos?

 

José Ramón Bravo

 

Jurista y escritor español

 

www.hispanoamericaunida.com

 

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