Políticos españoles, campos blindados

Entraron en mi domicilio la noche del domingo pasado que abocaría al día siguiente en lunes, día 10 del corriente mes de julio. Entraron como cuatro encapuchados mientras dormíamos tranquilamente. Amordazaron a un hijo mío y lo tiraron contra el suelo. Amordazaron a mi mujer. Y como fruto del terror trató de defenderse, la hincharon a ostias tal y como se ve en las películas, con un sadismo y una rabia y una chulería, más propia de fiera de que personas, que hubo que llevarla al hospital.

Personalmente no me desperté en la habitación donde duermo, o bien porque me dejaron para más tarde; y como eran las cuatro y media de la madrugada y algunos vecinos volvían a sus casas luchando contra el calor, es probable que los asaltantes (orientales por la forma de hablar, eslavos) entendieron que daban por terminado el asalto supuesto que se llevaban como cuatro relojes, joyas y dinero que estaba preparado en efectivo para que se lo llevara mi hijo a su nuevo destino (para viaje y pagar la nueva casa alquilada). Dinero casualmente próximo a los cinco mil euros, algo inusual en una casa que, por lo general, solo suele haber, cuando lo hay, unos quinientos euros para los gastos a primero de mes.

Conjeturas, con la cantidad de películas que nos brinda el sistema donde generalmente ganan los buenos, la ley, se pueden hacer muchas y variadas; pero lo que sí es una realidad que la policía caminando por el barrio tranquilamente patrullando es algo que se perdió, sencillamente porque un porcentaje elevadísimo de ellos tienen por misión en exclusiva proteger a nuestros irrepetibles políticos.

Cualquier politicucho español lo primerico que hace nada más jurar su cargo (los que juran tienen más porvenir político que los que prometen) es exigir y obtener de inmediato, por legislación ampliada en la costumbre de años para acá, protección policial personificada en escoltas cuyo trabajo en exclusiva todos los días y noches del años, es blindar y acompañar al politicucho o al politicastro en cuestión, para que el político saque la “barriga” de su importancia social, medida en el número de escoltas (¿Tenemos o no tenemos una sociedad de verdaderos gilipollas?.

Cuando se habla de relación de miembros pertenecientes a las fuerzas de seguridad, y se entra en comparación con otros países del entorno europeo, el número de agentes por habitantes, a lo mejor sale favorable para España; pero en índice alguno te dicen el número de fuerzas, de agentes, que se desvían para proteger a esta gentucilla que se nos ha subido a la chepa de todos los españoles, en mayoría imputados por robo y malversación de fondos, en partidos políticos que son bandas organizadas, y a miembros de esas bandas organizadas las fuerzas de seguridad españolas se ven obligadas a darles, encima, protección.

A los pueblos a las gentes, de paso le viene muy bien al sistema, nos dejan indefensos prácticamente ante la necesidad profunda y tremenda de mucha gente que no tiene donde caerse muertos de necesidad, pero como los políticuchos saben que ellos viven dentro de sus campos blindados, si los necesitados tienen necesidad o porque simplemente les da la gana de delinquir, los políticuchos saben que ellos están blindados día y noche y, por tanto, nada les pueden hacer, aunque esgriman los asesinatos patrios, siempre en número infinitamente menor que los marinos, mineros, albañiles, bomberos, médicos… y un largo etcétera que van a sus faenas y en sus puestos de trabajo asumen los riesgos sin escolta alguna.

Los niveles de protección que ostentan nuestros politichuchos con el aplauso popular (y del partido del mismo nombre, más) es semejante al de los países con los cuales estamos hermanados en legislación penal: Baréin, Omán, Irán, Kuwait, Catar, Vaticano, Arabia Saudí, y demás democracias avanzadas de otros continentes que, en una mayoría de asombro, utilizan cualquier ayuda, o parte del presupuesto nacional para invertirlo en el negocio del narcotráfico, y ellos, los miembros de sus gobiernos, con el beneplácito de la “policía del mundo”, se enriquecen a nivel particular.

La impunidad operativa, la osadía que permite que una banda se introduzca en un domicilio particular, está indicando claramente que en España, ya está en vigor el dicho egoísta de que vaya yo caliente, ríase la gente. Y como los políticos, el que menos utiliza como ocho agentes de escoltaa para vigilar su preciada aportación a la patria, la cuenta sale multiplicando la locura del gobierno central, autonomías y cientos y cientos de organismos oficiales cuyos gerifaltes y edificio en sí, tiene que ser vigilado por gente que estudió y se preparó para servir a la gente, y no para servir a una gente que está en política voluntariamente. Y del mismo modo que ser albañil conlleva el riesgo del andamio, ser minero el de la galería de la mina, todavía no se sabe de político alguno que sea obligado a ser político a cojones.

Y si es político, rey, embajador, gobernador, o presidente u ostenta cualquier cargo de esos que los hace “orinar para arriba”, que asuman el riesgo que conlleva, y el que tenga mucho miedo que de su sueldo se pague su protección.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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