Por: Carlos Cabrera Pérez

La prensa adicta al rosa-rosae anda dibujando una cumbre Putin-Trump como la historia de un desencuentro, cuando ambas partes acuden en busca de salvar sus muebles geopoliticos.

Rusia necesita que Occidente levante las sanciones que impuso tras su asalto y ocupación de Crimea; USA necesita que Putin cambie su postura respecto a Irán.

Y Trump llegó a Helsinki con el mejor aval posible frente a Putin, dándole palos a la Unión Europea, enemigo histórico del comunismo y el putinismo, que sigue enfrascado en el gas nervioso y otros métodos letales made in URSS.

La caída del Muro de Berlín desdibujó las esferas de influencias de posguerra; ahora el mundo es diferente, aunque persisten los tics hegemónicos de unos y otros.

Trump y Putin se entenderán a las mil maravillas porque se necesitan mutuamente y porque han constatado que Europa está zombie y bajo las amenazas de crisis económica, demográfica y avalanchas migratorias.

Resuelto el affaire Norcorea, del que también hablarán porque hay que unirse para mandar jama a los pánfilos narras, ambos estarán encantados de haberse conocido y que el juicio por el hackeo de la campaña de Hillary siga adelante.

Putin agradece a Trump haber asumido el tema norcoreano porque ha resituado a China en la región, que es un enemigo histórico de la gran Rusia, el sueño imperial que anima al judoka del KGB y que -a cambio- ayudará al golfista a reelegirse.

De Cuba, naranja de la china. Hace mucho dejó de interesar y es una mínima pieza, no una pieza colosal, que desperdició su ocasión de oro con el embullo Obama.

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