¡Qué república aquella!

Aquella que tuvimos los cubanos y que no supimos mejorar. Aquella que fue ejecutada “revolucionariamente” en 1959

Jóvenes jugando al cubilete en el bar del barrio (foto tomada de Internet)

LA HABANA, Cuba. -Cuentan que el caudillo liberal José Miguel Gómez dio por terminado su alzamiento contra el gobierno conservador de Mario García Menocal luego de recibir un maletín lleno de dólares de manos de un general norteamericano que desembarcó del acorazado Missouri. Dicen que hay una filmación en que Gómez, luego de guardar el maletín, dice a su tropa: “¡Caballeros, esto se acabó!”. Sólo hay un problema: cuando debió ocurrir el hecho, en la segunda década del siglo XX, el cine era mudo. O como diría la poetisa Fina García Marruz, “tenía el silencio”.

Es una de las tantas anécdotas mal contadas y peor intencionadas que hay sobre la llamada “república mediatizada” y que han venido como anillo al dedo al castrismo para su reescritura teleológica de la historia.

Un vecino que se dice fidelista y comunista, aunque ya no lo es tanto, y  que me saluda y conversa conmigo sólo cuando nadie lo ve, me confesó una vez que se asombró  al leer una carta de José  Martí en que llamaba a Tomás Estrada Palma “querido hermano”. No sabía que Estrada Palma, de cuya estatua en la Avenida de los Presidentes sólo quedan los zapatos de bronce prendidos al pedestal, era el hombre de toda la confianza de Martí y el que lo sustituyó a su muerte al frente del Partido Revolucionario Cubano.  A mi vecino, como a muchísimos cubanos más, la historia oficial lo había convencido de que “el primer presidente de la república mediatizada fue un anexionista impuesto por las bayonetas  yanquis”.

Mi vecino, tan acostumbrado a los líderes insustituibles, entendió con facilidad cuando le expliqué que Estrada Palma, aconsejado por los guatacas que siempre hubo, se creyó imprescindible  y quiso reelegirse, lo que provocó un alzamiento de los opositores, y  antes que negociar con los alzados, Don Tomás prefirió agarrarse a la Enmienda Platt y solicitar la intervención americana.

Estrada Palma no era anexionista, sino plattista. Tan plattista como José Miguel Gómez, cuando justificó la masacre de los Independientes de Color con el pretexto de que fue para evitar una intervención militar norteamericana. Tan plattista como los que   esperaban una  invasión de los marines que acabara con el régimen castrista. Como los que hoy apuestan por la varita mágica de Obama para la solución de los problemas de Cuba o lo acusan de traición por ser demasiado complaciente con el régimen. Como Raúl Castro, dispuesto a conversar “de todo” con el gobierno norteamericano, pero renuentes a hablar de libertades políticas y derechos humanos con quien tiene que hablar: con sus compatriotas de la oposición civilista.

Bajando la bandera de Estados Unidos el 20 de mayo de 1902 (foto de Internet)

Conocer la historia es el único modo de no trocar el camino e incurrir en los mismos errores. Sería muy saludable que algún día podamos abandonar la manía de depositar todas las esperanzas en los gobiernos norteamericanos o en caudillos mesiánicos como Fidel Castro.

Mucha falta nos hace a los cubanos – a todos, no solo a los nublados por el pensamiento oficial-  profundizar en la historia nacional. En la verdadera, no en la que nos fabricaron. Solo así podremos aquilatar en su justo valor, con sus luces y sombras, la República que tuvimos y no supimos mejorar.

¿Qué república era aquella? Están aquellos que limitan los 56 años de la era republicana a las bravas electorales y las guerritas entre liberales y conservadores, el tiempo muerto, el plan de machete de los guardias rurales, las dictaduras de Machado y Batista y los dos marines borrachos que mearon la estatua de Martí. También los que idealizan un tiempo en que se comía opíparamente y la comida valía centavos, las mujeres parecían damas de abolengo, todos los hombres vestían dril 100, usaban zapatos de dos tonos y las victrolas tocaban boleros y guarachas en cada esquina. Y uno se pregunta cómo en tal edén pudo triunfar algo tan espantoso como la revolución de Fidel Castro.

Evidentemente, no todo pudo ser tan malo ni tan bueno. Por el medio, dando bandazos, discurrió la República.

El castrismo se propuso hacer del 20 de mayo, día en que se proclamó la República en 1902, una fecha para avergonzarnos. Así, la Cuba oficial no tiene día de la república para celebrar.

Si sabemos que Cuba es una república -a la que milagrosamente no le pusieron el apellido socialista- es sólo porque lo dicen los dos primeros artículos de la Constitución de 1976. Por todo lo demás, dista bastante de lo que la mayoría de los estados democráticos entienden actualmente por república. Más bien parece una monarquía.

Fidel Castro junto a Camilo Cienfuegos y Hubert Matos, entrando a La Habana en 1959 (foto tomada de Internet)

¿Qué puede decir de la República un tipo de mi edad, nacido con el régimen revolucionario? Sé lo que me enseñaron en la escuela -se lo imaginan, ¿no?-, lo que leí o me contaron. Lo demás son los olores a fritanga y jabón Palmolive que quedaban en mi barrio de la niñez, La Víbora, en los primeros años de la revolución. Los sonidos, los boleros que salían de la victrola del bar de Paco, que tenía una imagen de Santa Bárbara, siempre con balas y rojas manzanas, en la esquina de mi casa. Las imágenes, en blanco y negro (tan vistas que es como si las hubiera vivido) son las de un filme de 1973 del director Pastor Vega: ¡Viva la República!

La República fue ejecutada revolucionariamente, fusilada, rematada con un tiro de gracia detrás de la oreja derecha, y rodó por las escaleras del Capitolio. Como en una escena borrosa y esperpéntica de otra película cubana de los años 70, Los días del agua, de Manuel Octavio Gómez.

Dicen que vestida para la segunda o tercera ocasión -según como se mire-, alguna vez volverá la república. Ojalá no sea con los mismos vicios y errores que llevaron al paredón a la primera. De cualquier modo, la mayoría de los problemas serán mucho más fáciles de resolver que los actuales. Para entonces, ya estaremos curados -alguna vez teníamos que aprender- de ciertas manías, vicios y espantos. De algo nos ha tenido que servir el purgatorio. ¿O es el infierno?

luicino2012@gmail.com para Cubanet

Hispanista revivido.