César Cervera / Madrid

Descartado el Rey consorte, la paternidad
del hijo de Isabel II correspondió probablemente al militar valenciano
Enrique Puigmoltó. La propia Reina así se lo insinuó a su hijo: «Hijo
mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía»

El reinado de Isabel II es casi más conocido por la algarabía de rumores sobre la vida íntima de la Reina, muchos de ellos fabulaciones con raíces machistas, que por los acontecimiento políticos. Casada con su primo Francisco de Asís,
un hombre poco interesado en el género femenino según las murmuraciones
de la época, Isabel II mantuvo varios romances con cortesanos y
generales de su confianza. No es extraño, por tanto, que la paternidad
de su hijo Alfonso XII
fuera motivo de muchos interrogantes y que pocos pensaran en el Rey
consorte como sospechoso de engendrar a un niño que se crió
prácticamente en el exilio, pero que regresó para restaurar con no poca
dignidad el sistema monárquico e iniciar la Restauración, uno de los periodos de mayor templanza política en la historia de España.
El ascenso al trono de Isabel II estuvo marcado por el desafío iniciado por su tío Carlos María Isidro de Borbón, en la guerra conocida como Primera Guerra Carlista, que cuestionaba la legitimidad de que una mujer recibiera la Corona por encima del hermano de Fernando VII. Se trataba de la herencia envenenada de un hombre, Fernando VII,
obligado a apoyarse al final de su vida en los liberales a los que
tanto había acosado. Rodeado de partidarios de esta condición política,
la Reina regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias,
madre de Isabel II, tuvo que andarse con pies de plomo a la hora de
buscar a un marido para su hija. Cuando Isabel II contaba 16 años, el
Gobierno arregló un matrimonio con el Infante don Francisco de Asís de
Borbón, duque de Cádiz. Era la opción que menos protestas podía causar a nivel político, salvo las de la esposa.

Un matrimonio mal avenido

Isabel II y Francisco de Asís eran primos hermanos por partido doble, puesto que el padre de él, el infante Francisco de Paula, era hermano de Fernando VII, mientras que su madre, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, era hermana de la regente María Cristina. Y pese a que eran familiares, la relación entre ambos nunca fue buena,
en parte por el carácter apagado de él y en parte porque su sexualidad
era cuanto menos ambigua. Una frase atribuida a la Reina, entre el mito y
la realidad, sintetiza la opinión popular sobre el consorte: «¿Qué
podía esperar de un hombre que en la noche de bodas llevaba más encajes que yo?».De entre las confusas historias de amor que implicaron al Monarca destaca la que mantuvo con el aristócrata Antonio Ramos de Meneses que se alargó durante décadas. Incluso cuando en 1868 Isabel II fue derrocada y exiliada a Francia, Francisco de Asís siguió viviendo en compañía de Meneses en Épinay-sur-Seine (Francia), separado de su esposa, hasta su muerte dos años antes que la Reina. No en vano, frente a los defensores de que Francisco de Asís era homosexual –al que se apodaba entre el pueblo como «Paquita» o «Paco Natillas»– se han alzado distintas voces que, como el historiador Jesús Pabón,
han intentado demostrar que el Rey consorte era padre de varios hijos
ilegítimos y que se le conocieron diversas amantes. Así, también es
posible que el desinterés hacia Isabel II y una extraña anomalía que
obligaba al Rey a orinar sentado desataran unos rumores que estaban
inflados. Existen referencias biográficas suficientes para diagnosticar hipospadia en Francisco,
una malformación en la uretra que impide la salida de orina del glande,
haciéndolo desde el tronco del pene o incluso en la unión del escroto y
el pene. Una anomalía genital que no le convertía necesariamente en
impotente o estéril, pero si dificultaba mucho sus relaciones sexuales y la micción desde una posición de pie.
Por su parte, Isabel II arrastra hasta nuestros días la
fama de ser una ninfómana que se valía de sus hombres de confianza para
satisfacer sus exigencias sexuales. Un mito desproporcionado y de rango
machista, que se alimenta de la larga lista de romances que habría
protagonizado la Reina desde una iniciación muy temprana en el mundo del sexo. Se considera que fue el general Francisco Serrano (1810-1885), a quien la Reina llamaba «el General Bonito»,
el primero de los políticos y hombres extravagantes que pasaron por la
alcoba de Isabel II. El político progresista Salustiano Olózaga
(1805-1873), un dentista estadounidense llamado McKeon, su primo Carlos Luis de Borbón,
carlista convencido, o un turco-albanés, entre muchísimos otros,
completan la lista de los romances más peculiares de la Reina.

Precisamente por las respectivas famas de Isabel II y Francisco de
Asís, y por el distanciamiento entre ambos –durante varios periodos
vivieron en distintas residencias e incluso la Reina reclamó la anulación del matrimonio al Papa–, sorprende enormemente la amplia descendencia que tuvo el matrimonio. «Clamaban los liberales. Que la reina no paría. ¡Y ha parido más muñecones. Que liberales había!»,
corrió por Madrid a través de una copla difundida por los carlistas.
Oficialmente, la pareja quedó embarazada en 11 ocasiones –aunque varios
embarazos acabaron en abortos o los neonatos fallecieron al cabo de muy
poco tiempo– un hecho que en principio fue achacado al alto coeficiente
de consanguineidad entre ambos contrayentes. El único varón en llegar a la edad adulta fue Alfonso XII, que, como era de esperar, se especuló hijo de cualquier hombre del reino salvo del Rey consorte.

«¿Es que deseas que aborte?»

Descartado Francisco de Asís como padre, quien en 1857 ya
había aprendido a aceptar su papel de absoluto títere en la Corte, las
fechas y los rumores del periodo apuntan a que el padre habría sido el
capitán Enrique Puigmoltó, un militar valenciano hijo del conde de Torrefiel. Una carta fechado en Madrid el 14 de octubre de 1857, del monseñor Giovanni Simeoni, encargado interino de los Negocios de la Santa Sede, revela una conversación que no deja lugar a dudas sobre la paternidad de Puigmoltó: «…que el general Narváez
había hablado fuertemente con Isabel II de la obligación de acabar con
el escandalo (el romance con el militar valenciano), que habiéndose sido
en estos últimos meses tan enérgicas las expresiones, que la misma
Reina, llorando, le repuso: “¿Es que deseas que aborte?”».
Su romance con la Reina, que duró cerca de tres años, valió
al militar toda clase de condecoraciones y prebendas. Tras la concesión
del título de vizconde de Miranda, Puigmoltó recibió la medalla de la Gran Cruz de San Fernando
de primera clase. Forzado a alejarse de la Corte –donde todos le
suponían padre de Alfonso XII, quien fue conocido con el sobrenombre de
«Puigmoltejo»– el favorito de la Reina se refugió en su nativa Valencia,
comenzando allí una meteórica carrera política que le llevó de diputado a brigadier. Nueve años antes de morir en 1900, recibió la Cruz de San Hermenegildo por los servicios prestados a la Corona.

«Hijo mío, la única sangre Borbón que corre por tus venas es la mía», es la frase que la Reina dirigió a su hijo Alfonso XII desde el extranjero.
Tras años en el exilio, donde los Reyes vivían en lugares distintos con
sus respectivos amantes, Alfonso XII preparó su regreso al trono en
1874. En enero de 1875 llegó a España y fue proclamado Rey ante las Cortes Españolas. Con tantos defectos como virtudes, la Restauración que trajo Alfonso XII, y condujo Antonio Cánovas del Castillo,
inauguró una de las mayores trasformaciones que ha vivido nuestro país.
Por lo pronto, el sistema sobrevivió muchos años más a la muerte del
Rey, quien falleció en 1885 a causa de la tuberculosis.

También Isabel II sobrevivió a su hijo para morir en el año
1904. Al final de su vida, la Reina justificaba sus pecados en una
entrevista exclusiva con el escritor Benito Pérez Galdós: «¿Qué había de hacer yo, jovencilla, reina a los catorce años, sin ningún freo a mi voluntad,
con todo el dinero a mano para mis antojos y para darme el gusto de
favorecer a los necesitados, no viendo al lado mío más que personas que
se doblaban como cañas, ni oyendo más voces de adulación que me aturdían ¿Qué había de hacer yo? Póngase en mi caso…».

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