María del Pozo por gracia tenía. Se guarda de ella no solo su nombre, sino los versos de una coplilla que por carnaval muchas veces se escuchaba:  María del Pozo / si vas /  te da en su paladar / lumbre, comida y siesta / Y si no quieres comer / en su casa puedes ver / el mejor cuido de vergas…/.

San Cristóbal de La Habana poco a poco le iba ganado importancia a Santiago de Cuba. Y por un algo especial de embrujo, el puerto habanero en memoria de nostalgia guardado era por navegantes y viajeros que por allí sus días pasaban. Y en la alegría de sus gentes y lo amable de su emplazamiento, tenían dos condimentos de mucha necesidad para cuantos aquellos descansos deseaban tener de las muchas fatigas que se pasaban por la mar y sus navegaciones.

Mucho del fruto económico de cuanto se contrabandeaba por las riberas del río Cauto, por Bayamo, en el oriente de la isla, llegaba hasta La Habana en la bolsa de piratas y contrabandista que, generosos consigo mismos, dilapidaban sus ganancias en días de desenfreno y ron antes de volver de nuevo a la mar y sus penalidades.

La mejor y más nutrida representación peninsular de cuantas mujeres de placer hubieron, la constituían las numerosas pupilas que María del Pozo logró reunir cuando abrió la primera casa de citas de las que abundaron por La Habana. Con el estudiado estilo de que fuera de aquellas que llenara las ardorosas imaginaciones nostálgicas de cuantos andaban por las nuevas tierras y echaban de menos cosas que se dejaron atrás por la metrópolis.

Cuido especial que con buen tino llevó María del Pozo, que dejando de lado noblezas y pavoneos de otras mujeres, en su pronto afamada casa, junto a los placeres de la carne, unión los del estómago, adquiriendo merecida fama de que sus guisos y cocidos, aplicando los condimentos de España, eran un placer para los que los degustaban, porque de paso, los sabores, le hacían evocar sus diferentes lugares de procedencia.

Pronto María del Pozo llegó a reunir una considerable fortuna, y la estimación personal, por tanto, de las autoridades y clero, que frecuentemente junto a los contrabandistas, entrada y salía hacían de la confortable y elegante casa que pronto tuvo gran renombre por la bella ciudad habanera, y a la que deseaban arribo hacer los navegantes para disfrutar de cuanto en ella se ofrecía con alegría.

Aunque se le atribuye el invento al monarca, no fue el Rey Católico don Fernando, el primero que descubrió las milagrosas propiedades del guiso de rabo de toro, que cuando el Rey ya estaba viudo de doña Isabel, y con mucho desgaste de uso y años volvió a contraer matrimonio con mujer joven, dicen que cada día demandaba para su comida un guiso del dicho rabo de toro, en la esperanza de alcanzar el mismo galope de antaño, de un caballo que ya nada ni nadie lo podía poner de otra manera que no fuera al paso lento.

Los vigías del puerto habanero desde El Morro aviso dieron a la autoridad que, desde las primeras horas del día, se veían venir velas por el horizonte, quedando todo aprestado por si eran de amigos o de enemigos.

Cuando la nave se fue aproximando, los vigías llegaron al convencimiento de que se trataba de una carabela pilotada por el experto marino de Isla Cristina, apellidado Carro. Y era el armador de la nao un genovés afincado en Cádiz, hombre que desde hacía varios años realizaba operaciones comerciales harto dudosas pero muy rentables por aquellas aguas y tierras.

Como la llegada de una nave en son de paz siempre era una agradable novedad para La Habana, María alertó a sus pupilas para que estuvieran prestas a realizar buenos negocios. Máxime cuando según le informaron los vigías, la nave venía en lastre, clara señal de que había realizado su operación mercantil primera de venta hacer de cuanto lo que desde la Península había transportado hasta allí, y en La Habana esperaba terminar los trueques.

Tan pronto la nave estuvo atracada y el piloto Carro y el genovés despacharon con la autoridad, tal y como era tradicional, a casa de María del Pozo marcharon para degustar unos buenos vinos, cómodamente instalados en la sala de principales que con todo lujo y confort tenía dispuesto aquel agradable establecimiento.

María entraba y salía de aquel salón y reunión con mucha más actividad de lo que era habitual en ella. Su expresión era de estudiada amabilidad, vigilando que nada faltara en la mesa de los dos hombres, y en las habitaciones donde muchos de los tripulantes dejaban en olvido los días pasados en la mar y la fatiga.

Cuando la tarde empezaba a caer, María, solícita, les recomendó a sus clientes que la hora había llegado de degustar el excelente guiso de rabo de toro cuyos poderes afrodisiacos los favorecería en la dulce noche que les aguardaba.

Lo que nunca ha quedado lo suficientemente claro, es el conocer si fue el piloto Carro o el mentado genovés, al que poco efecto le hizo la ponzoña que le suministraron en el vino para que se durmieran, y el que antes de morir desangrado llegó a degollar a María. Pero lo que si tiene aún comentario por La Habana, fue que en amaneciendo el día del siguiente, tal y como se extiende el fuego en la pólvora, por la ciudad se extendió el rumor de que junto al cuerpo sin vida de la popular María, habían aparecido el del piloto Carro y el genovés, más otros cinco de sus tripulantes todos desprovistos de sus penes: que arrancados les fueron primero a los marineros para con ellos hacer el guiso que con tantas alabanzas se comieron los dos principales de la nave.

Venganza cumplida en la que se alió María con una de sus doncellas porque el piloto Carro y el genovés, no le dieron castigo alguno al sobrino del Licenciado Zuazo, cuando en el viaje hacia Las Indias, a pura fuerza, la desfloró.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

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