A diferencia de otras naciones, España prefirió la atracción moral y la igualdad jurídica al ignominioso exterminio y al innoble aislamiento

  • Pocos saben que Carlos V quiso abandonar el Perú por considear ilegítima su conquista
No todas las voces se levantaban al [11] unísono. Los testimonios acerca de los indios, estableciendo un paralelo con el de Las Casas, eran desconcertantes. Un extranjero, Francisco I, rey de Francia, llegó a la conclusión de que «los indios son salvajes que viven sin conocimiento de Dios y sin uso de razón». Del mismo modo, en Norteamérica los cazadores de búfalos, durante la construcción del ferrocarril transcontinental, trataban y consideraban a los indios como si no fueran seres humanos. Esta opinión contrasta, en lo fundamental, con la de Bartolomé de Las Casas:
«Dios creó a este sencillo pueblo sin maldad y sin artificio. Son de lo más obediente y fiel a sus señores naturales y a los cristianos que sirven. Son de lo más sumiso, paciente, pacífico y virtuoso. No son pendencieros, rencorosos, ni querellosos o vengativos. Sin embargo, son más delicados que unos príncipes y mueren fácilmente de trabajo o enfermedad. No poseen, ni desean poseer, bienes terrenos. Seguramente esta gente sería la más santa del mundo si adorasen al verdadero Dios.»
Gonzalo Fernández de Oviedo refuta su teoría considerando a los indios «naturalmente viciosos y vagos, melancólicos, cobardes y, por lo general, un pueblo mentiroso y veleidoso». Los cronistas nos describen los matrimonios de los indígenas como un sacrilegio. Su único deseo –según el testimonio de testigos oculares– es comer, beber, adorar ídolos y cometer obscenidades. Hay quienes los pintan libidinosos, idólatras y veleidosos. En un discurso pronunciado en 1525 ante el Consejo de Indias, el ilustre dominico Tomás Ortiz declaraba:
«En el continente comen carne humana fresca. Son más dados a la sodomía que cualquier otra nación. No existe justicia entre ellos. Van desnudos. No tienen consideración ni al amor ni a la virginidad. Son estúpidos y tontos. No tienen respeto por la verdad, salvo cuando es su beneficio. Son inestables. No tienen conocimiento de lo que significa previsión. Son desagradecidos y mudables. Hacen alarde de embriagarse con unas bebidas que fabrican con ciertas hierbas. Son brutales. Entre ellos no existe la obediencia. Son incapaces de aprender. Traidores, crueles y vengativos, nunca olvidan. Muy hostiles a la religión, perezosos, deshonestos, abyectos y viles, en sus juicios no son fieles a la ley. Mentirosos, supersticiosos y cobardes. No ejercen ninguna industria o arte humano. No quieren cambiar de costumbres. No tienen piedad con los enfermos, y si alguno cae gravemente enfermo, sus amigos y vecinos se lo llevan a las montañas para que se muera allí.»
A diferencia de otras naciones, España prefirió la atracción moral y la igualdad jurídica al ignominioso exterminio y al innoble aislamiento. Ante la dificultad de realizar su propósito, no podía volverse atrás o adoptar la posición inglesa de abandonar al indio a su propia suerte. La conciencia española se sublevaba ante el solo planteamiento de esta idea. Hasta 1542, Carlos V tuvo el pensamiento de abandonar el Perú, considerando que había despojado a los incas de un imperio que les pertenecía en derecho. No fue un golpe de propaganda al estilo actual o consecuencia de una doble intención con miras políticas. Estuvo a punto de llevar a la práctica su propósito, y lo hubiera hecho si Francisco de Vitoria no hubiese convencido al emperador de lo descabellado de su idea. La Junta de [12] 1542 dictaminó que Carlos V habría pecado mortalmente de haber abandonado el Perú. Sólo el genio jurídico-teológico de Vitoria, que logró encontrar argumentos para justificar los derechos del emperador sobre las tierras del Nuevo Mundo, pudo salvar al Perú de una suerte bastante incierta. Es asombroso pensar en la rectitud de conciencia y en la generosidad de Carlos V, cuando un país de las dimensiones y riquezas del Perú habría podido saciar la codicia de muchos reyes. En consecuencia, la Corona española decidió seguir adelante para realizar la tarea que Dios y la Historia habían puesto en sus manos.
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Hispanista revivido.

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