Represión, reglamentos y referencias

La incapacidad del Gobierno cubano para la producción agropecuaria marcha pareja con la capacidad para reprimir hoy lo que era permitido ayer

Fuente: Cubaencuentro

¿Dónde está el “manual” de lo permitido y lo prohibido en Cuba? Claro que mucho de “lo que no se puede” ha permitido inmutable por décadas. Vaya a una esquina, grite “Abajo Fidel” o “Abajo Raúl” y sabe a qué atenerse antes de abrir la boca. Pero en los reglamentos jurídicos, los decretos en la Gaceta las normas empresariales, los códigos de buena conducta, las guías ideológicas e incluso la propia Constitución de la República aparecen leyes que no se ponen en práctica, “delitos” que se permiten hasta un día, consentimientos que desaparecen de la noche a la mañana.

Durante décadas el régimen ha cambiado opiniones y normas de acuerdo a las circunstancias del momento, tanto a la hora de condenar a una persona por un supuesto delito de opinión como al elaborar un expediente de colaboración con el enemigo. Pero donde los cambios han sido más prominentes, aunque en ocasiones sin anuncios, es en las situaciones que tienen que ver con la vida cotidiana de los ciudadanos, que quizá puedan hoy arrastrar una carretilla por las calles y vender frutas sin problemas, y ver mañana su magro cargamento confiscado. Claro que también han existido absolutos durante ese tiempo. Por ejemplo, la Plaza de la Revolución ha mantenido una constante en no permitir la menor oposición o disidencia de cualquier tipo, por pacífica que sea. Los métodos varían; los objetivos son los mismos.

Definiciones cambiantes

Como en cualquier sociedad totalitaria, el Gobierno de la Isla se encarga de definir lo que es un delito. Bajo la óptica democrática, suele parecer que tales dictados son arbitrarios, pero en realidad responden a un código represivo que asegura la sobrevivencia del sistema, y mientras el mecanismo funcione, quienes lo imponen no ven la necesidad de cambiarlo. Es más, lo que disgusta a funcionarios y represores es que alguien en cualquier lugar del mundo se cuestione ese mecanismo y las definiciones que implica, las cuales pueden estar escritas o no, porque en última instancia ello es intrascendente: lo fundamental es que se cumplan.

Por lo general esos criterios aún hoy se elaboran con la constante referencia a una “guerra terrible con una potencia nuclear”, cuando en realidad desde hace muchos años, en el diferendo entre Cuba y Estados Unidos, se puede hablar de la hostilidad de Washington mantenida en ciertas acciones, normas y leyes, pero no de acciones bélicas. Y en los dos últimos años hablar de “hostilidad” carece de sentido.

Una guerra sin disparos y ataques mortíferos, sin cañones y acorazados. Una contienda donde los únicos “barcos enemigos” que entran en aguas cubanas traen mercancías que se cargan en los puertos de la nación agresora. Cuba está en una “guerra”, dicen quienes gobiernan la Isla, y no le queda más remedio que encarcelar a los “agentes” que luchan en favor del otro lado.

Sin embargo, un buen número de disidentes cubanos han cumplido largas condenas y otros son encarcelados temporalmente y amenazados todos los meses por el solo “delito” de buscar cambios pacíficos en la Isla. Cambios que en otros países, con un sistema democrático y un Estado de derecho, se buscan obtener, por ejemplo, en las urnas. Transformaciones que se intentan, y que en ocasiones también terminan en fracasos, pero por las cuales no hay que pagar el precio de la represión más vulgar: el encarcelamiento o la amenaza.

El gobierno cubano comete un error, cuando confía en la eficiencia probada de su mecanismo de represión preventiva para dilatar la solución ―o al menos el mejoramiento― del problema de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos.

Lo que es una victoria de la censura se traduce en una derrota de la creatividad, en el sentido más amplio de ambos términos.

Desde hace mucho tiempo los disidentes luchan frente a dos enemigos poderosos: la represión y la inercia. Por décadas el régimen ha alimentado la ausencia de futuro en la población como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable. Pero si estas actitudes influyen negativamente en las posibilidades de un cambio democrático, también afectan a la capacidad de la nación para resolver sus problemas por medios propios.

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Hispanista revivido.