Su cara rondó el mundo como símbolo del desarrollo cultural soviético, aunque pocos pudieran describir su verdadero rostro detrás del maquillaje que lo acompañó siempre. El payaso Oleg Popov murió hoy y dejó atrás su sonrisa.

Nadie podía presagiar que después del ruidoso espectáculo del pasado fin de semana en una carpa montada en la sureña ciudad rusa de Rostov del Don, la carcajada de Popov quedara apagada en un cuerpo acomodado en un cómodo sillón, pero inmóvil para siempre.

Su muerte remonta a muchos nuevamente a la época dorada de la escuela soviética de circo, cuando la instalación situada en la capitalina avenida Bernodskovo apenas podía con el flujo de público, de grandes y pequeños para disfrutar, entre otros, de Popov.

Apenas dio entrevistas durante su carrera, por lo que el público soviético y de otras latitudes interpretó sus frases cortas en ese idioma eslavo que para algunos latinoamericanos decía poco, aunque no era preciso, pues la mímica del maestro lo explicaba todo.

El 31 de julio de 1930 nadie imaginó que en la modesta localidad de Birubovo, provincia de Moscú, nacía un genio de la risa que después y con la invención de la televisión sería parte inseparable de programas soviéticos, cuando el circo era transmitido por esa vía.

Las generaciones más jóvenes, en pleno auge del rescate aquí de los mejores valores del anterior sistema, ahora lo vieron por documentales en blanco y negro, donde el color del maquillaje no es lo más importante, sino la habilidad del artista para arrancar carcajadas.

Como todos los payasos, Popov probó el malabarismo, el equilibrio, la prestidigitación, la comedia, el teatro, los dotes de domador para que, sobre todo, los niños disfrutaran de su estancia en la carpa de concreto moscovita.

Popov recibió el premio de artista nacional de la Unión Soviética, una categoría de la que pocos en esta nación eurasiática pueden jactarse, luego de iniciar se carrera de payaso en 1951, al terminar cinco años de estudios en la escuela estatal de circo.

Su imagen de hombre de pelo rizado, una ancha gorra a cuadro y amplios y cortos pantalones la acompañó hasta el fin de sus días, aun cuando, sin abandonar la ciudadanía rusa, vivió y trabajó desde 1991 en Alemania.

La portavoz de la empresa Rosgortsirc, Angelica Annaeva, confirmó la muerte del artista de 86 años y aclaró que se produjo en Rostov del Don, cuando junto a su esposa miraba la televisión, ese medio que lo inmortalizó y lo hizo llegar a tantos rincones del mundo.

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