Richard Blanco se ha convertido en el poeta de la corte de Obama.

 

Richard Blanco se ha convertido en el poeta de la corte de Obama. No por la trascendencia o el impacto de su obra, sino por ser un ‘latino’ (más que cubanoamericano) cuya lengua vehicular es el inglés; por ser progre y sociata (categoría política que, para confundir, en Estados Unidos suele identificarse demagógicamente con la etiqueta de ‘liberal’); por ser gay (en sentido militante, más que por su inobjetable preferencia sexual); mas, sobre todo, por su equiparación acrítica del ayer con el hoy cubano y por la forzada equidistancia política que traza entre la Isla y el Exilio, separados por un brazo de mar “cuyos lúcidos azules de nuestro horizonte compartido para respirar, juntos, para sanar, juntos” hubo de exaltar al leer su poema en la ceremonia de reapertura de la embajada americana en Cuba el pasado viernes.

La composición, pujada por encargo y a la medida de la ocasión, se titula ‘Matters of the Sea’ y la han traducido, creo que atinadamente, como ‘Cosas del mar’, aunque el asunto nada tenga que ver con la riqueza de la fauna marina u otros temas marineros al uso. Se queda en la gastada metáfora rubendariana del caracol y el eco de las dianas marinas, muy demodé, del tipo: “Todos hemos apoyado caracoles a nuestros oídos. / Escucha de nuevo el eco”. ¿Caracolas dialogantes o dialogueras? No nos duermas con canciones de cuna, tricky Dicky.

Lejos de lo vanguardista, lo posmoderno o lo ultimillo post-post, el poema de Blanco no puede ser más conservador en lo que respecta a lo técnico y formal. Diría más, es un texto ultraconservador y antediluviano en cuanto a la forma. Solo que esa es mi opinión radical, seguramente sesgada y apriorística. Pero pongamos que sea una genialidad, lo nunca visto, el non plus ultra, la hostia y la repera, y me seguirá pareciendo de lo más abominable.

Que un cubanoamericano cante a ese mar con “horizonte compartido” por las dos orillas, o sea el estrecho de la Florida, es decir nuestro Estrecho por antonomasia, y que pase por alto olímpicamente los miles y miles de balseros que han perecido en el intento de cruzarlo en busca de libertad, es de una insensibilidad monstruosa. El Estrecho no es ese mar de “lúcidos azules” que pinta Blanco con su paleta daltónica. Es un cementerio líquido y gris repleto de náufragos que no llegaron a la meta. No intentes blanquear esos sepulcros, Richard, porque te queda muy corto el apellido.

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