¿Sabes dónde ocurrió la primera intervención “humanitaria” de los Estados Unidos?

“Los cubanos todos confiaban en que tendrían siempre en el gobierno americano eficaz apoyo en sus sueños de libertad…”. Así expresaba el general del Ejército Libertador En­rique Collazo en la obra “Los Americanos en Cuba”

 

 

Treinta años de lucha sin cuartel contra el colonialismo es­pañol, habían despertado las esperanzas en la “ayuda sincera” de una “democracia”, idealizada y magnificada por la prensa de la época, como sistema socioeconómico y político de referencia. En la psicología popular, predominaba la imagen de Estados Unidos como una nación que abolió la esclavitud, donde existían instituciones “democráticamente” electas, “libertad de prensa” y una economía floreciente. Quizá tal embrujo llevó inicialmente a nuestros libertadores del 68, a manifestarse con respeto y admiración sobre el vecino del norte y sus instituciones.

El 10 de abril de 1869, en la Asamblea de Guáimaro, los constituyentes cubanos aprobaron unánimemente la propuesta de anexión planteada por los camagüeyanos. Se buscaba entonces la ayuda norteamericana a cualquier precio. El 7 de febrero de 1870, al percatarse de la indolencia y el desprecio norteamericano a la causa de la independencia, Cés­pedes escribiría en un Manifiesto al Pueblo Cubano: “…Al lanzarse Cuba a la arena de la lucha, al romper con brazo denodado la túnica de la monarquía que aprisionaba sus miembros, pensó únicamente en Dios, en los hombres libres de todos los pueblos y en sus propias fuerzas. Jamás pensó que el extranjero le enviase soldados ni buques de guerra para conquistar su nacionalidad…”.
Con mayor claridad, a fines de julio de 1870 escribió a José Manuel Mestre en Nueva York: “…Por lo que respecta a los Estados Unidos tal vez esté equivocado, pero en mi concepto su gobierno a lo que aspira es a apoderarse de Cuba sin complicaciones peligrosas para su nación y entretanto que no salga del dominio de España, siquiera sea para constituirse en poder independiente; éste es el secreto de su política y mucho me temo que cuanto haga o se proponga, sea para entretenernos y que no acudamos en busca de otros amigos más eficaces o desinteresados”.

Dos años después, se retiró la representación diplomática de Cuba en los Estados Unidos a cargo entonces de Ramón Cés­pedes Barrero. En carta dirigida a este el 30 de noviembre de 1872, le comunicó: “…No era posible que por más tiempo soportásemos el desprecio con que nos trata el gobierno de los Estados Unidos, desprecio que iba en aumento mientras más sufridos nos mostrábamos nosotros. Bastante tiempo hemos hecho el papel de pordioseros a quien se niega repetidamente la limosna y en cuyos hocicos por último se cierra con insolencia la puerta. (…) no por débiles y desgraciados debemos dejar de tener dignidad”.

El general Calixto García Íñiguez, desencantado como Cés­pe­des, el 4 de julio de 1874 reflexionaría: “…Hoy he recibido correspondencia de Cuba y de Jamaica. En ambas se da co­mo cierta que los Estados Unidos nos reconocerán en breve ojalá resulte, aunque, lo dudo, pues los americanos hasta ahora han dado pocas pruebas de que les interese la suerte de nuestra pobre patria…”.

La guerra contra España mostró el rostro oculto y verdadero del poderoso vecino y los golpes hicieron a los libertadores cambiar de opinión. Estados Unidos era el principal suministrador de armas, logística y finanzas, del poder español en Cuba; perseguidor incansable de las expediciones mambisas; carcelero de los revolucionarios cubanos acosados con saña por sus agencias de detectives y la policía; desconocedor permanente de los gobiernos de la República de Cuba en Armas; gestor, a espaldas de Cuba, de su adquisición por medio de la compraventa.

Avanzada la Guerra Necesaria, para 1897 el independentismo veía con cierta ingenuidad o resignación, la entrada de Estados Unidos en la guerra. Quedaba aún la esperanza de la ayuda sincera, alimentada por la prensa norteamericana, crítica del poder de España en la Isla y propagandista circunstancial de los éxitos mambises. Entre los libertadores, la vi­sión sobre Estados Unidos fue evolucionando en la misma medida en que la guerra y sus eventos, revelaban las verdaderas intenciones del poderoso vecino. El 31 de diciembre de 1895, el general Bernabé Boza, Jefe de Estado Mayor del Ge­neral en Jefe Máximo Gómez, escribía en su diario de la guerra: “…¡Y todavía los yankees ponen reparos para reconocer nuestra beligerancia! (…) Parece que los hijos del tío Sam van a ser para nosotros en esta guerra lo mismo que en la del 68. ¡No importa! Así será mayor nuestra gloria, pues el mun­do entero, verá a Cuba independiente por el esfuerzo único y el valor indomable de sus hijos”.

El caballeroso general Serafín Sánchez, amigo de Gómez y Martí caído el 18 de noviembre de 1896 en la acción del Paso de las Damas, región de Sancti Spíritus, tuvo una visión más nítida del poderoso vecino: “…Pobre Cuba, patria mía, en manos de E. Unidos, sus hijos, fracción pequeña e insignificante, serían anulados e ilotas en su propia patria tendiendo de más el desprecio de la endiosada raza sajona y de menos la consideración de sus propios”.

El 19 de abril de 1898 el Congreso de la Unión aprobó la Resolución Conjunta. El texto despejaba cualquier duda so­bre las verdaderas intenciones norteamericanas: “… el pueblo de la Isla de Cuba es, y debe ser, libre e independiente”. Un día después Estados Unidos declaraba la guerra a España. De la noche a la mañana, los perseguidores de revolucionarios, los enemigos de la independencia plena de la isla, se mostraban cooperativos y solícitos. Expediciones repletas de pertrechos y logística americana, integradas por patriotas cu­banos empantanados durante meses en Estados Unidos, y de voluntarios norteamericanos escoltados por buques de guerra de ese país, llegaban a las playas de la Isla, trayendo todo lo que negaron durante 30 años de acoso y hostilidad.

Entre los meses de julio y agosto de 1898, soldados cubanos y norteamericanos combatieron juntos contra las tropas españolas.

Hubo derroche de heroísmo; pero hubo también en el man­do norteño, signos de despotismo, caprichos en la ejecución, manifestaciones de chovinismo y racismo, y en no po­cas ocasiones, desprecio a las opiniones y experiencias de los jefes cubanos. En un artículo publicado en Military Review, titulado “Operaciones conjuntas y combinadas en la campaña de Santiago de 1898”, el teniente coronel Peter S. Kindsvatter, del Ejército de Estados Unidos, reconoce que: “…el General García, había ido recibiendo cada vez menos atención mientras se desarrollaba la campaña; así Shafter no dispuso que los cubanos participaran en las negociaciones ni les invitó a la ceremonia de rendición. De hecho, no se les permitió entrar en Santiago, supuestamente para evitar la posibilidad de violencia y robos. Igualmente insultante para los cubanos fue la decisión de Shafter de mantener en sus puestos gubernamentales a los funcionarios civiles españoles; funcionarios estos a quienes los cubanos trataron de expulsar durante tres años de lucha. El desprecio de Shafter —y la mayoría de los estadounidenses— hacia los cubanos se hace evidente en esta carta dirigida a su madre: ‘El Ejército no tiene mucha com­pasión por los cubanos. Todos los que hemos conocido aquí son negros sucios detestables que se comen nuestras raciones, rehusan trabajar y rehusan luchar’”. Concluye Kindsvatter, reconociendo: “…terminó, en mezquindad y amargura, una campaña que había comenzado con una positiva cooperación de todos los participantes”.

De la cooperación inicial, imprescindible para el logro del éxito y las loas al Ejército Libertador, oficiales y corresponsales de guerra norteamericanos pasaron a la crítica y el de­nuesto de nuestros soldados y jefes. Los tacharon de cobardes e irresolutos, de indisciplinados y hasta de poco caballerosos. Para mayor insulto, los describían como una horda de harapientos y hambreados. El general del Ejército Libertador Enrique Collazo, recordando aquellos días, escribía: “…El soldado cubano, semidesnudo y hambriento, pero resuelto y dispuesto a la guerra, no les recordaba a sus antepasados autores de la independencia americana, tan ripiosos y necesitados como los cubanos…”

Las esperanzas del pueblo cubano en la sincera intención del presidente William McKinley, plasmadas en la Resolución Conjunta fueron, excesivas. La frustración fue general. La guerra había concluido y el Consejo de Gobierno de la Re­pública de Cuba en Armas y el Ejército Libertador, eran ahora extranjeros en su propia tierra. Con amargura describía la situación el general Enrique Collazo: “…De soldados gloriosos y con aspiraciones heroicas, nos vimos transformados en mendigos, viviendo el ejército de la caridad pública y esperando la generosidad de los amigos para soltar los harapos de la guerra; (…) Tuvo el ejército que sufrirlo todo; el desprecio de los americanos que nos habían engañado, el odio latente del españolizado que considerándose rebajado, miraba con recelo al soldado cubano a quien envidiaba su gloria y le temía. El ejército cubano empezaba a ser un estorbo, un peligro, aquel grupo de hombres armados mal comidos y mal vestidos y a quien el malestar podía llevar al monte, era preciso que desapareciera; era pues indispensable su desarme para hacerlo; con engaño se utilizaron algunos jefes cubanos, que ya cómodos les pareció útil volver la espalda a sus compañeros”.

El 8 de enero de 1899, el General Máximo Gómez cerraba definitivamente su diario de campaña con estas reflexiones: “…los Americanos han amargado con su tutela impuesta por la fuerza, la alegría de los cubanos vencedores; y no supieron endulzar la pena de los vencidos. La situación pues, que se le ha creado a este Pueblo; de miseria material y de apenamiento, por estar cohibido en todos sus actos de soberanía, es cada día más aflictiva, y el día que termine tan extraña situación, es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía”.

La intervención y la ocupación militar de la Isla con los desmanes de los ocupantes, representó una traición a la nobleza del pueblo cubano. El espíritu de la Resolución Conjunta, fue pisoteado por sus propios gestores. Estados Unidos aceleró la disolución del Ejército Libertador, fomentó la división entre los jefes cubanos y ocupó con 50 000 soldados el territorio nacional. En adelante, primaría la desconfianza y la duda. La historiografía militar norteamericana trataría de justificar aquella guerra de rapiña como ejemplo de “intervención hu­ma­­nitaria”.

Hispanista revivido.