Celebramos el 70 cumpleaños de Jane Birkin recordando ‘Je t’aime Moi Non Plus’, el único himno capaz de provocar la ‘petite mort’ a quien lo escucha.

Ana López Varela, Vanity Fair

Dos iconos sexuales del siglo XX dándolo todo para una sola canción, la suya. Brigitte Bardot, masturbándose a su lado para regalarle los mejores gemidos de su repertorio. Jane Birkin, bailando con él cada noche hasta darle una hija. Hoy puede resultar complicado entender qué suscitaba en las mujeres de la época aquel tipo flaco y narigudo –hay quien diría que feo–, de aspecto desaliñado y prepotencia francesa. Pero  lo hacía. Vaya si lo hacía.

“Puede que sea feo”, solía disculparse Gainsbourg cuando notaba que alguien se hacía la misma pregunta. “Pero la fealdad es más fuerte que la belleza: al menos esta dura para siempre”. Además cuando las mujeres más guapas del mundo suspiraban a su lado él ya no era Lucien Ginsburg (París, 1928), aquel hijo de ucranianos exiliados marcado con la estrella de judío en su niñez. No, hacía años que había cambiado su “nombre de perdedor”, según sus propias palabras, por el de Serge Gainsbourg. Era un tipo duro que encadenaba un cigarro con otro y se abandonaba a placeres mundanos como la música, la pintura y, por encima de todo, las mujeres: el hilo conductor de su vida. Una existencia cuya banda sonora principal fue, sin duda, Je t’aime… moi non plus, la canción más sensual y escandalosa de la historia.

Aquel invierno de 1967 que este tema vio la luz, Serge llevaba ya un lustro bajando las persianas de tugurios en los que besaba a mujeres y tocaba el piano con la misma intensidad –sus juergas con Boris Vian debieron ser épicas–. Su imagen de cantautor rebelde, su rol de enfant terrible, sus letras juguetonas y, sobre todo, canciones como Le Poinçonneur des Lilas protagonizada por un revisor de metro suicida, le habían dado fama mundial. De hecho, hacía solo dos años que había ganado Eurovisión con su Poupée de cire, poupée du son en la virginal voz de France Gall. Aunque si algo marcaba aquellos meses fríos de París era el amor que el compositor sentía por Brigitte Bardot. Un amor casi enfermizo.

Dicen que durante el cortejo que ambos artistas tuvieron, Serge prometió a Brigitte componerle la canción de amor más bella jamás compuesta. Nadie sabe si fue aquello lo que convenció a la actriz para rendirse a los encantos del cantante. Y aunque estaba casada entonces con Gunter Sachs, lo cierto es que ambos vivieron un romance que duró 86 días y, de paso, incendió la sociedad francesa.

Escándalo en el estudio de grabación

Para Serge todo empezó como un juego. Primero, con la ayuda de Michel Colombier al fusilar los acordes de A Whiter Shade of Pale, número uno indiscutible de la radio fórmula francesa ese verano que estaba facturado por el grupo Procol Harum. Después, al inspirarse para su letra en un discurso de Salvador Dalí del que su primera mujer, Elisabeth Levitsky, había sido asistente. “Picasso es español. Yo, también. Picasso es un genio. Yo, también. Picasso es un comunista. Yo, tampoco”. Bajo aquel mantra daliniano pergeñó su “Te amo…yo tampoco”. El último movimiento fue proponerle a Bardot cantarla a dúo como si realmente estuvieran haciendo el amor.

Dos días más tarde, el 10 de diciembre de 1967, los amantes entraban al estudio para grabar Je t’aime… moi non plus. Al cantarla, ambos arrastraban las palabras [“Je vais et je viens, entre tes reins” (Voy y vengo, entre tus caderas) / “Tu es la vague, moi l’île nue” (Tú eres la ola, yo la isla desnuda) / “L’amour physique est sans issue” (El amor físico es un callejón sin salida)]. Lo hacían, tal vez, sin saber que con aquello daban carpetazo a su romance. Bueno, más bien daban la excusa para que Gunter Sachs forzara su final.

Al día siguiente, el marido de Brigitte, al igual que toda Francia, escucharía la canción en Radio Europa 1. Sus celos justificados –el técnico de sonido de la grabación desvelaría más tarde que, para hacer creíbles sus susurros, la pareja se había “tocado” ante los micrófonos– acabaron en un despacho de abogados. Así, con medio país escandalizado, Sachs amenazó a la emisora con llevarla a los tribunales mientras Brigitte convencía a Gainsbourg de que no incluyera la grabación en su inminente disco.

Serge no lo hizo, pero si trató de conseguir, sin éxito, que Marianne Faithfull o Valerie Lagrange, interpretaran las partes de Bardot para poder editarla de nuevo. Acababa de cumplir 40 años y el que estaba llamado a ser el pasaje más caliente de su biografía, se había enfriado. Pero no su pasión por la belleza femenina. Tan solo tardó un año en volver a obsesionarse con una mujer.

El culpable fue el director de cine Pierre Grimblat y su oferta para protagonizar el drama Slogan junto a Jane Birkin. Aquella veinteañera londinense llegaba de rodar Blow Up (1966) con Michelangelo Antonioni. La joven, recién divorciada y con un bebé, había escandalizado a su país al desnudarse y mostrar su vello púbico en la cinta. Frente a la cámara era dinamita, pura provocación. La química con Gainsbourg era inevitable. La fascinación del francés por ella, también.

La seducción empezó con la primera claqueta del rodaje y desde la primera noche. Su primera cita fue una fiesta improvisada por Grimblat. Gainsbourg y Birkin bailaron hasta el amanecer, Serge la llevó a sus rincones fetiche, de un club de travestis a un bareto ruso. Acabaron en la habitación del Hotel Hilton que Serge solía frecuentar con sus conquistas. Birkin aseguró tiempo después que nunca sucedió nada en aquella suite. Pero sus noches juntos no cesaron. Serge la llevó a Venecia y París y ella se rindió a sus encantos. Bueno, a casi todo. Le costó acceder a algo que a Gainsbourg le obsesionaba desde que la conoció: volver a grabar con ella Je T’aime… moi non plus. La actriz no confiaba en sus dotes como cantante, pero Serge no era un tipo cualquiera. Ya no era Lucien, seguía saliéndose con la suya.

la obsesión definitiva

Un año y cuatro días después de la grabación con Bardot, el 14 de diciembre de 1968, Gainsbourg volvía al estudio, ésta vez con Jane, para registrar la nueva versión. El arreglista del tema fue Arthur Greenslade, con el que John Barry, el exmarido de Birkin, había trabajado para la banda sonora de Goldfinger. El propio Barry sugirió a su otrora esposa que era la persona idónea para dar forma a la canción donde ella fingía un coito con su nuevo amor. Arte en estado puro.

La aniñada voz de Birkin funcionaba aún mejor que la de la rotunda Brigitte Bardot. Pero la discográfica de Gainsbourg temía que volviera a repetirse aquel escándalo. Por eso, la portada del single, editado en febrero de 1969, especificaba que su contenido no era recomendable para menores de 21 años. Aquella pegatina no evitó el revuelo. Ni las ventas de discos. Hasta el Vaticano pidió la retirada de la canción, condenándola al infierno, a través de L’Osservatore Romano. Se prohibió su difusión en las radios italianas y también fue censurada en otros países, entre ellos, España.

Ninguna canción había representado hasta el momento un acto sexual tan directo Nunca antes una canción había dejado tan poco a la imaginación. Dijeron para desacreditar la canción que Birkin era menor de edad. Aseguraron que el de la grabación era un orgasmo real. Muchos demonizaron a Serge por verbalizar un tabú hasta entonces como lo había sido el sexo sin amor. Daba igual, la canción seguía fascinando. En Inglaterra fue el primer tema de habla no inglesa en llegar al número uno de sus listas de ventas. Se mantuvo en ellas 33 semanas y vendió un millón de copias.

La cuadratura del círculo llegaría con la película Si Don juan fuese mujer (1973) en la que el director Roger Vadim llevó a Bardot y Birkin a compartir escena de cama, ambas desnudas. El morbo estaba servido. Probablemente nadie lo sentiría como Serge Gainsbourg. Y, tal vez, la normalización de aquella historia permitió que en 1986, Bardot ya separada de Sachs, accediera a que se publicara una nueva mezcla de su versión. Su condición fue que los beneficios fueran destinados a su asociación de defensa animal. Amor en otra escala.

Serge siguió con sus excesos. Sus borracheras le apartaron de Birkin, quien le había dejado en 1980 pero para la que continuó componiendo. Serge tampoco dejó de fumar cinco cajetillas de tabaco al día ni de provocar. Junto a su hija Charlotte, teniendo ella 13 años, ensalzó el sexo familiar cantando Lemon incest. Confesó en un programa de televisión su fascinación por Whitney Houston. “He dicho que me la quiero follar”, gritó mientras trataba de pellizcar a la cantante.

Gainsbourg murió en 1991, a los 62 años. Sus últimas actuaciones desvirtuaron en parte su obra, pero jamás la magia de Je t’aime…. moi non plus. Un tema versionado hasta la saciedad con versiones entre las que destacan la de Giorgio Moroder y Donna Summer grabada en 1978 para la BSO de la película Thank God it’s Friday; Chayanne y Natalie grabada como Exxtasis en 1992; Nick Cave y Anita Lane como I Love You…Nor Do I en 1995; Pet Shop Boys y Sam Taylor-Wood en 1998; Kylie Minogue como parte promocional de su marca de lencería LoveKylie en 2003; La Costa brava  en 2004; Cat Power y Karen Elson en 2006; o Madonna en 2012.

Brigitte Bardot dijo en 2011 que Je t’aime…. moi non plus era “el más maravilloso, único, verdadero y fantástico homenaje que se ha hecho al acto de hacer el amor”. No exageraba. La canción pasará a la historia así, como el himno a la libertad sexual de toda una generación que las siguientes han hecho suya sin pensárselo. Y así seguirá por mucho que la televisión española abuse de ella para sonorizar escenas de cama y encuentros sexuales de reality. Aunque bien pensado, quizás sea esa explotación precisamente la mayor prueba de que estamos ante la canción definitiva.

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