Cuando llega el mes de agosto, me lleno de nostalgia por Santiago de Cuba, no solo porque pueda llegar a mi memoria la chapuza naval de Santiago, de la que se salvó por los pelos mi abuelo marino Pepe, y, por tanto, yo no hubiera nacido, sino también porque en aquella hermosa bahía y puerto cubano inició el cierre del festín destructor del imperio español, mercenario del clero vaticano y de dos o tres países de los que ahora dicen que son como hermanos nuestros, y nos dejan, eso sí, hay que estar titulados con licenciaturas y doctorados, que les limpiemos los retretes.

Santiago es una ciudad preciosa; pero, del mismo modo que entiendo que tiene un embrujo oriental isleño de los más acentuados, por lo menos para uno de fuera como es servidor, son muchas las veces que pienso que Santiago, la mulatica Santiago, debería de pisar eso que en el mundo del espectáculo dicen que trae suerte, y es pisar una buena mierda.

Y no lo digo porque su número de habitantes sea inferior a La Habana, cosa que me gusta y me alegra, sino porque Santiago, aún teniendo nombre de santo de primera división en el Vaticano, cuando se pronuncia por aquellos Caribes lo de Santiago, a nadie se le va la mente a pensar o a asociarlo con el Santiago matamoros que se llevaron los curas para América con la idea de hacerlo mataindios, pero se ve que se aficionó al guaro y a la guaracha y no dio la cara con la espada cabalgando en su caballo blanco, lo que son las cosas de la vida, de raza árabe el que pintan en los cuadros.

No, cuando se escucha la palabra Santiago en Cuba, inmediatamente se asocia con esa singular ciudad oriental cubana que tanto sabe de suspiros de alivio de gallegos y canarios principalmente, al tiempo que aquellos otros de dolor de la gente negra africana que, ahora, según parece y nos quiere hacer creer el sistema, que todos iban voluntarios en los barcos y deseosos de las cadena y miserias de la esclavitud porque tenían la enorme suerte aprender español y otros idiomas, y, sobre todo, rezar el rosario que les daría la salvación.

Lo de refinar el ron y hacerlo más amigo al pasar por el galillo, fue un puntazo de premio nobel realizado en Santiago por los Hermanos Bacardí. Y claro, algo así tan fundamental para la vida, solo pudo hacerse bien en Santiago, porque mientras La Habana huele a funcionario que tira de espaldas, aunque sea de las ciudades más bonitas, para mi gusto, del mundo que conozco, Santiago huele a Cuba y Caribe añejo que es una alegría, según, insisto, el código de apreciaciones de un extraño a la isla que, como es natural son de índole privada y particular.

La Habana no se asocia con el ron. Santiago y el ron son un mismo vivificante cuerpo unido, que lo siente el viajero cuando visita la ciudad y el oriente de la isla, donde, apretando el silencio, puede escuchar perfectamente todavía envuelto en aquellos hermosos paisajes el galopar de los caballos mambises, y la queja profunda de las tropas españolas de los que no tuvieron las pesetas necesarias para pagar el cupo y tuvieron que apechugar con la parte de patria que le asignaron en su debilidad económica, más la parte de los ricos: generalmente gente amadora de la patria a nivel de hacer pucheros de llanto cuando la nombran.

En La Habana, apretando el silencio del recuerdo del modo a como se puede hacer en Santiago de Cuba, todo lo más que puede llegar es el sonido callejero de alguna pata de palo de pirata inglés, francés, u holandés, aunque no muchos, porque con el callejeo de la presencia funcionarial española borrachos en agua bendita con los clérigos vaticanos, que una vez destinados en la isla no se querían volver a marchar por muchos votos de obediencia que les recordaran, con esas dos dichas presencias de funcionarios y religiosos, los piratas, gentes prácticas, sí se daban una vuelta por La Habana, más bien era para que les apañaran las modistas las ropas que llevaban, remendar las velas, o vestirse a la última moda con las piezas de tela que requisaban a espada y cañón por aquellos mares; pero el ron, el mejor ron del mundo, siempre lo embarcaban en Santiago incluso antes de que estuviera refinado e hiciera una boquera al pasar galillo adentro.

Lo bonito que tiene Santiago es que está ahí, en silencio. Un silencio que cuando quiere y desea Santiago, si Cuba es son y alegre guaracha y vida de la que genera vida y sentido a muchas cosas, Santiago es el centro de ese volcán de gentes que “se van de Alto Cedro para Macané. Llego a Cueto y voy para Mayarí..” Y nos vamos todo con un ritmo único a conocer Mayarí, que, por estas tierras del deber cumplido, del robo instituido, de la desfachatez más campeadora, generadora de que el número de úlceras e infartos haya aumentado desde que nos dijeron a título de geografía que éramos soberanos e independientes, integrados en la Unión Europea.

Y no lo dijeron y no lo dicen continuamente; pero no abundan que solo en la Europa de las vírgenes milagreras.

Salud y Felicidad. Juan Eladio Palmis.

1 COMENTARIO

  1. NECESITO

    No tengo
    lo que tu tienes,
    y lo necesito.

    Yo necesito
    de ti,
    no solo la tarde
    cuando cae
    tras un día diferente
    al vivido fuera,
    que poderoso
    se encamina
    a prepararse
    para el siguiente
    nada más entrar a dormir
    al poniente.

    Yo necesito,
    Cuba,
    más que nunca,
    junto al día,
    el arrullo,
    el abrigo,
    la paz,
    el amor violento
    por vivir
    y por la vida
    que me da tu aliento.

    Y necesito,
    Habana,
    Santa Clara,
    Cienfuegos,
    Camagüey,
    El Bayamo,
    Matanzas,
    Amarillas,
    Jotibonico
    Santiago,
    Guanabacoa,
    El Cerro,
    Pinar del Río
    Holguín…
    a toda la isla entera.

    Y que cuando alguien
    le hable de amor
    a las gentes
    de tu tierra,
    tengas en cuenta
    Cuba,
    que más que yo,
    nadie te va a querer
    ni a la fuerza.

Deja un comentario