SIMPLEMENTE GUAGUASI

París, 26 de noviembre de 2015.

Querida Ofelia:

Hoy te envío la narración que me hizo el ex guerrillero del Escambray Roger Redondo en Miami, sobre el drama del campesino Guaguasí.

“Dormimos, en un frondoso cafetal, donde habíamos llegado cerca de la media noche, mojados, cansados y hambrientos. Formábamos un grupo de 28 hombres en esa guerrilla, al mando de Lázaro Artola. Andábamos por el camino real a causa del fango creado por las lluvias, que lo hacía intransitable para cualquier vehículo.

Recuerdo, aunque han pasado los años, que delante de nuestro grupo guerrillero, en la punta de vanguardia, iban a una distancia de más o menos cuarenta metros, tres compañeros, que nos avisaron que había una casa grande a la vera del camino. Todos pensamos la misma cosa: si había gente encontraríamos algún aprovisionamiento. Entonces, rodeamos la casa que parecía abandonada. Después que tomamos las precauciones necesarias, cuando entramos vimos a un hombre flaco sentado en la sala. Era un individuo feo y arrugado que se reía permanentemente, dejando ver los dientes deformes. Le hicimos algunas preguntas y por las respuestas nos dimos cuenta de que tenía algún tipo de retraso mental, aunque mantenía cierta vivacidad en la mirada. Además, nos contó que a él los dueños de la finca lo dejaron cuidando la casa y se fueron para Santa Clara porque la aviación había bombardeado unos cuantos días atrás. Él pensaba que los dueños no regresarían por miedo a los aviones y comenzó a vender la despensa que le habían dejado. El surtido inicial contenía varios barriles llenos de frijoles, arroz, azúcar, manteca, café y otros víveres. Sin embargo, aún quedaba mercancía para vender y le compramos lo que nos vendió, que realmente era muy barato, pero para él todo era ganancia neta. Seguidamente, Artola le preguntó su nombre y él respondió: ‘Yo Guaguasí’. Artola, en ese momento le dijo: ‘pero eso no es nombre’. ¿Tu papá cómo se llama? Por respuesta, Guaguasí, encogía los hombros y se seguía riendo. Lázaro Artola se reía y dijo simplemente ‘Guaguasí no tiene apellidos’, continuemos nuestra marcha.

Pasado tres días veníamos de regreso y de nuevo llegamos a la casa de Guaguasí, pero no reía, estaba muy alterado. Solamente decía: ‘me tengo que alzar’. Lázaro le preguntó si los guardia se habían enteraron de que él nos había dado comida. ‘No, no, no, es que los dueños me mandaron el aviso de que regresaban para la casa’, respondió Guaguasí. Acto seguido explicó que temía porque le había vendido también a los vecinos y algunos se lo podían decir a su patrón. Guaguasí no tenía antecedentes políticos, no estaba inscrito en ningún jurado ni tenía cédula para votar, no era batistiano ni revolucionario.

Por esos días no teníamos práctico de la zona y Guaguasí se fue con nosotros. Él conocía bien el terreno, había nacido allí y era un guía excepcional, pues se desenvolvía en aquella zona como un animalito del monte. Alguien tenía un revólver vizcaíno, de seis tiros, con 4 balas. Lo sacó de su mochila, y se lo dio a nuestro nuevo guía. Por lo pronto, seguimos andando y fuimos para un lugar conocido como La Mata de Café. Allí nos reunimos con Menoyo y otros compañeros. Por la noche atacamos una bodega, donde se encontraba una tropa enemiga. El lugar se llama Río Negro. Realmente, tuvimos un éxito parcial porque le hicimos bajas al enemigo, pero no pudimos tomar el campamento y perdimos mucho parque, el cual no pudimos reponer. Eran los días de la llamada Ofensiva de Primavera, emprendida por el ejército, después del fracaso de la huelga de abril. La dictadura de Batista mandó a 10,000 soldados para la Sierra Maestra y para el Escambray 2,000 efectivos. Por esos días no dejaba de llover en las lomas. Nos avisaron de que estaban llegando soldados enemigos por distintos lugares y que se estaban concentrando en Charco Azul. Menoyo, mandó a Guaguasí a averiguar cuántos soldados más o menos había y si tenían tanques, que los contara con los dedos. Guaguasí regresó muy rápido. Dudo que de verdad haya ido hasta Charco Azul, pero como él no sabía de cantidades, decía que todo el campo estaba llenito de guardias. Sobre los tanques mostró los dedos varias veces y el resultado fue de 50 tanques. El ejército de Batista no tenía 50 tanques en toda Cuba, dijeron algunos guerrilleros. Finalmente, verificamos: soldados sí habían pero tanques no. Un compañero con una varita le dibujó en la tierra un tanque, pero nuestro guía no podía identificarlo. Guaguasí confundía los camiones y los jeeps con los tanques.

Cuando Batista abandonó Cuba, Guaguasí llegó junto a nuestras tropas rebeldes a la Capital. Era la primera vez que veía la luz eléctrica, los pueblos y La Habana que parecía gustarle. Pero entre tantos problemas, nadie se ocupo más de Guaguasí, que la única ropa que tenía era el uniforme verde oliva de los rebeldes. Un día, por algún motivo que ahora no recuerdo, el capitán Bernardo Salas y yo tuvimos que ir al Estado Mayor, que ya estaba en el edificio del mando de la Marina de Guerra, donde se unieron todos los cuerpos militares. Tampoco puedo recordar la razón por la cual bajamos a los sótanos del edificio, donde se encontraba una celda y pudimos ver que entre una docena de prisioneros, se encontraba Guaguasí. Rápidamente le preguntamos por qué estaba preso. ‘No sé’, fue su escueta repuesta. Un capitán del ejército rebelde estaba al mando de los prisioneros. Fuimos a interesarnos por Guaguasí. El capitán muy atento y cooperativo nos explicó la razón del por qué estaba detenido. Lo encontraron en la calle vestido de uniforme, no tenía ningún documento, no sabía su nombre. En fin, dijo el capitán: ‘no hemos podido saber quién es’. Nosotros le explicamos cómo lo conocimos y además que de verdad pertenecía al ejército rebelde. No aparecía en ninguna lista porque no estaba inscrito ni tenía papeles de nacimiento. El capitán mandó a hacer un documento para que tanto el capitán Salas como yo firmáramos como que lo conocíamos. Ambos firmamos, el capitán al mando de los calabozos nos dijo: ‘yo lo voy a poner en libertad, para que él se puede mover por acá adentro, pero tenemos que legalizar su situación’. No podía tirarlo para la calle, así él se ocuparía de hablar con sus superiores para documentar a Guaguasí, conseguirle un nombre y ubicarlo en algún lugar donde él pudiera ser competente, dada sus limitaciones.

Quizás pasaría un año o más, cuando aparecieron grupos de hombres descontentos con el giro al comunismo que daba el gobierno revolucionario. Miembros del 26 de julio, Directorio Revolucionario, Segundo Frente Nacional del Escambray y otras organizaciones revolucionarias, se opusieron al gobierno revolucionario que seguía una línea antidemocrática. Parece que a algún oficial, del G-2, se le ocurrió usar a Guaguasí para conseguir información sobre los movimientos de los insurgentes, por ser conocedor de las zonas, del conflicto, además de su apariencia inofensiva. Tal oficial, no valoró las limitaciones que padecía Guaguasí, pues tan pronto llegó al Escambray vestido de civil, cuando ya se sabía que él estaba en La Habana vestido de uniforme. Los pobladores le preguntaban: qué Guaguasí, ¿te botaron? Él contestaba poniéndose un dedo en un ojo: ‘yo estoy aquí pa’mirá, pa’vigilar’. Entonces, se corrió el comentario de lo que decía Guaguasí y llegó a los oídos de los alzados. Un grupo de ellos, capturó a Guaguasí y sin tomar en cuenta su enfermedad, lo ahorcaron en una guasima. Fue en la finca de un individuo de apellido González, muy cerca de Cumanayagua. Guaguasí fue una víctima del odio y del fanatismo ideológico. Entre dos bandos irracionales, cayó Guaguasí. ¡Qué Dios le mantenga en la luz y sirva de ejemplo, para que de ninguna manera, vuelva a suceder algo así!”. Roger Redondo.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras del Viejo Mundo,

Félix José Hernández.

Foto: El Escambray, Cuba.

Hispanista revivido.