SOBRE EL TREN BLINDADO

París, 13 de noviembre de 2015.

Querida Ofelia:

Te envío el testimonio que me hizo llegar desde Miami el ex guerrillero del Escambray, nuestro amigo Miguel García. Como de costumbre, estimo que aporta nuevos elementos para seguir descubriendo nuestra historia contemporánea.

“En los meses finales de 1958 se encontraba Eloy Gutiérrez Menoyo cerca de Manicaragua inspeccionando las guerrillas que tenía el comandante Genaro Arroyo y se apareció el hermano del teniente coronel Rosell, del cuerpo de ingenieros, que había escalado las lomas del Escambray y se encontraba en la zona de Veguita. Le envió un recado urgente a Menoyo solicitando una entrevista para una cuestión de vital importancia, según decía.

Menoyo acudió de inmediato trasladándose en jeep y a sabiendas de que en dicha zona se encontraban en aquel momento más de un centenar de guerrilleros de nuestro frente; por lo cual quedaba bien garantizado y a buen resguardo la seguridad del visitante.

El planteamiento del hermano del coronel, era algo así como para quitar el sueño a cualquiera. Era como una mezcla surrealista en la que parecía mezclarse la ciencia ficción. Hablaba de armas y más armas de todos los calibres, con su correspondiente parque, un verdadero arsenal en perfectas condiciones y listo para ser usado. A medida que avanzaba aquella conversación se ponía más interesante, y la oferta adquiría visos de realidad. Todo aquel maravilloso cargamento sería transportado por ferrocarril, con destino a Oriente, según le decía el visitante. Los vagones estaban siendo acondicionados con sus respectivos blindajes, cuya tarea estaba al concluir, al tiempo que avanzaba la selección de las clases y oficiales que habrían de acompañar al coronel Rosell en la custodia de tan preciosa carga, cuyo contingente se calculaba oscilaría aproximadamente en quinientos efectivos.

Con tal volumen de información, y la disposición del teniente coronel Rosell a entregar el tren, el plan resultaba tremendamente sencillo. Sólo necesitábamos saber, con setenta y dos horas de antelación, el cruce del tren por la provincia, tiempo suficiente que nos permitiría movilizar varias columnas hacia el punto indicado en el que se cortaría la vía férrea. Lo demás sería como coser y cantar, un discreto intercambio de disparos, y de inmediato una bandera blanca para parlamentar. Las clases y oficiales, desconocedores de la entrega, pero sintiéndose como en latas de sardinas, y sin escapatoria posible, aceptarían la rendición por su jefe, para la cual serían brindadas todas las garantías habidas y por haber, incluyendo ascensos para todos aquellos que optaran por unirse a nuestras filas, así como salvoconductos para todos aquellos que quisieran abandonar el área.

En fin, ni un solo reparo interpusimos a las propuestas del hermano de Rosell. Podía pedir villas y castillas y nuestra respuesta era un signo afirmativo. No quería ni que por nada del mundo le pasara nada a su hermano y le garantizábamos que tan pronto asomara la bandera blanca ni un solo disparo sería dirigido hacia aquel vagón, ni hacía ninguno. Podía contar con la palabra de honor de que los disparos sólo formarían parte del simulacro inicial, y para de contar. El resto, de ser necesario, sólo conllevaría amenazas de quemarlos vivos, si no aceptaban la rendición; y cosas por el estilo, enmarcadas perfectamente en una guerra psicológica, o guerra de nervios, cuyo resultado conduciría felizmente a que las cosas salieran a la medida de nuestros deseos.

La conversación se prolongaba cada vez más, a pesar de que al parecer todo había quedado bien puntualizado. El hermano de Rosell parecía muy quisquilloso, como si algo se le hubiese quedado en el tintero, o alguna idea que no recordara bloqueara su mente impidiéndole expresarla. Menoyo, en su ingenuidad, no reconocía, que con un poco de maldad podría haberlo adivinado. Pero no fue así, y se despidió con la convicción de que recibiría el recado del día equis con setenta y dos horas de anticipación.

Aquella noche Menoyo pernoctó en Veguita, y como es lógico, no podía conciliar el sueño. En su mente bullían los preparativos que se avecinaban para apoderarse del tren blindado, en el que venían bazookas, morteros, calibres cincuenta, treinta, en fin, un verdadero botín, que no se podía desperdiciar, ni malgastar. Y desde ese mismo instante comenzó a tomar cuerpo la idea de cuál sería el destino de aquellas armas, cuyo plan fue aprobado a medida que realizamos la consulta con nuestros principales oficiales del Frente del Escambray. El objetivo sería La Habana. La operación contaría con la participación de unos mil quinientos barbudos y en ella se verían envueltos los más experimentados. El resto del personal, unos mil, se encargarían de mantener bajo control los territorios liberados, e intensificarían la presión sobre el ejército en los llanos y cuarteles militares cercanos.

Habría muchos detalles que analizar y perfeccionar, en especial la transportación que les permitiera irrumpir sorpresivamente en La Habana. El sólo pensar en la posibilidad de convertir un sueño en realidad, resultaba fascinante y llenaba a todos de energías. Los campesinos, habían sido hasta el momento, nuestros prácticos en las montañas. Invertir las reglas del juego y que fueran los habaneros los prácticos de los campesinos en la ciudad, conduciría a un golpe definitivo y demoledor. Edificios altos, desde donde pudieran controlarse los puentes, las avenidas, las calles, las estaciones de policía, cuarteles de la ciudad, dependencias gubernamentales, etc. En fin, todo era como participar en un juego de azar, pero así y todo, teníamos que estar preparados y elaborar planes concretos sin pérdida de tiempo.
Pero Menoyo no contó con que en Veguita estaba Núñez Jiménez que se enteró de lo propuesto por el hermano del teniente coronel Rosell y en compañía de este fue y le informó todo al Ché Guevara, el que presuroso se dio a la obra de buscar el dinero que querían los que iban a entregar el tren blindado. Para eso se puso en contacto con Enrique Oltuski, para que asaltara un banco y le llevara el dinero, Oltuski no quiso cometer esos asaltos y el Ché muy enojado le envió esta carta que puedes leer a continuación”. Miguel García Delgado.

“Santa Lucía, noviembre 8 de 1958.

Estimado Sierra*:

Acabo de recibir tu carta con profunda sorpresa, pues me doy cuenta que no es lo mismo lo que se discute aquí y aquí se aprueba, y el tamiz del llano. Me pones en la posdata que Diego está de acuerdo contigo y a qué estaba de acuerdo conmigo. Será que Diego no tiene palabra, o simplemente, no tiene opinión sobre problemas fundamentales de la Revolución.

Dices que ni el mismo Fidel hizo eso cuando no tenía qué comer. Es verdad; pero cuando no tenía qué comer, tampoco tenía fuerzas para hacer un acto de esa naturaleza. Cuando pedimos ayuda a las clases que podrían sufrir en sus intereses por el asalto, nos respondieron con evasivas para, finalmente, traicionarnos; como ocurrió con los arroceros en la reciente ofensiva.

Según quien me trae la carta, las direcciones de los pueblos amenazan con renunciar. Estoy de acuerdo con que lo hagan. Más aún, lo exijo ahora, pues no se puede permitir un boicot deliberado a una medida tan beneficiosa para los intereses de la Revolución como es ésa.

Me veo en la triste necesidad de recordarte que he sido nombrado Comandante en Jefe, precisamente para dar una Unidad de mando al Movimiento y hacer las cosas mejor. Por los timoratos, no se pudo realizar el ataque a Fomento, como lo habíamos planeado. A la hora de los tiros, había un número ridículo de cócteles; no había un miliciano para realizar las tareas a ellos encomendadas y salieron con que no era la hora indicada. Renuncie o no renuncie, yo barreré, con la autoridad de que estoy investido, con toda la gente floja de los pueblos aledaños a la Sierra. No pensé que vendría a ser boicoteado por mis propios compañeros. Ahora me doy cuenta que el viejo antagonismo que creíamos superado, resurge con la palabra «llano» y los jefes divorciados de la masa del pueblo, opinan sobre las reacciones de antes. Te podría preguntar: ¿por qué ningún guajiro ha encontrado mal nuestra tesis de que la tierra es para quien la trabaja, y sí los terratenientes? Y si eso no tiene relación con que la masa combatiente este de acuerdo con el asalto a los bancos cuando ninguno tiene un centavo en ellos. ¿No te pusiste nunca a pensar en las raíces económicas de ese respeto a la más arbitraria de las instituciones financieras? Los que hacen su dinero prestando el dinero ajeno y especulando con él, no tienen derecho a consideraciones especiales. La suma miserable que ofrecen es lo que ganan en un día de explotación, mientras este sufrido pueblo se desangra en la Sierra y el Llano, y sufre diariamente la traición de sus falsos conductores.

Me adviertes con la responsabilidad total de la destrucción de la organización. Acepto esa responsabilidad revolucionariamente y estoy dispuesto a rendir cuentas de mi conducta ante cualquier tribunal revolucionario, en el momento que lo disponga la Dirección Nacional del Movimiento. Daré cuenta del último centavo que se confiera a los combatientes de la Sierra, o que éstos lograran por cualquier medio. Pero pedirá cuenta de cada uno de los 50,000 pesos que anuncias pues te comunico que por resolución de Fidel, en carta que te mostraré cuando subas, la tesorería del Frente del Escambray, debe estar aquí.

Me pides un recibo con mi firma, cosa que no acostumbramos a hacer entre compañeros. Soy absolutamente responsable de mis actos y mi palabra vale más que todas las firmas del mundo. Si exijo firmas a alguien, es porque no estoy convencido de su honestidad. No se me hubiera ocurrido pedírtela a ti sobre nada, aunque le exigiría cien a Gutiérrez Menoyo.

Acabo con un saludo revolucionario y te espero junto con Diego,

Ché ».

* Nombre de guerra de Enrique Olutski (N. del E.)

Y así fueron las cosas por aquellos lares de la Perla de Las Antillas a fines de los años cincuenta.
Un gran abrazo,

Félix José Hernández;

Foto: Diciembre de 1958, el tren blindado en Santa Clara.

Hispanista revivido.