Orlando Luis Pardo Lazo

Se ven tan hermosos con sus uniformes en paralelo.

Son los dos políticos más influyentes de la muerte en Latinoamérica.

Fidel Castro y Augusto Pinochet.

Dos patriotas, en toda la extensión terrible del término.

Patriotas de corazón. Sin ironías. Patriotas de alma.

Ambos amaron a sus respectivas patrias como ningún cubano amó nunca a Cuba y como ningún chileno amará nunca a Chile.

Colaboraron en todo lo que pudieron, por lo demás, mientras pudieron.

Después, cuando las cosas se les fueron a uno y otro de las manos, jugaron entonces a matarse de mentiritas entre ellos.

Ninguno lo hizo por maldad, mucho menos por ideología ni convicción política ni tonterías así. Lo hicieron otro y uno solamente por pura admiración biográfica, por competitividad de puro protagonismo, por travesuras entre tiranos que saben muy bien que, aunque se vieron obligados a matar por miles a los cubanos y a los chilenos, en realidad pacificaron a Cuba y a Chile más allá de sus respectivas tiranías, cuando el resto de los países del continente son hoy por hoy una América Letrina de mediocres narcodemocracias.

Hoy ya los dos están muertos.

Ahora son ellos los desaparecidos.

Murieron, eso sí, con soberanísima dignidad.

El comandante y el general.

Líderes de nadie en mausoleos hermanados por el horror y la libertad del hombre, que vienen a significar lo mismo en nuestro continente.

Prohombres.

Seres de un pasado remoto llamado el siglo XX. Paleodictadores, pasto para libros escolares que a nadie ya aterrorizan.

Al contrario. Da gusto contar con Castro y Augusto, con Fidel y Pinochet, en nuestra tradición nacional. Otros paisitos no dieron ni eso. Otros tuvieron que conformarse con Correas y Fujimoris, con Cristinas y Lulas, con Ortegas y Evos.

Por eso Chile y Cuba no forman parte de Latinoamérica.

Con perdón de los latinoamericanos, pero no seremos nunca latinoamericanos.

El futuro nos llama hoy de nuevo a ambas naciones. Chile, una isla vertical entre el capitalismo y la cordillera. Cuba, una isla horizontal entre el socialismo y los Estados Unidos.

Pueblos otra vez hermanados por nuestro destino de excepción, antiparalelo.

Pero, por favor, no nos anticipemos al futuro.

Volvamos por un momento a la foto original.

La belleza de los rostros es conmovedora.

Fidel tenía carisma de ángel para engatusar intelectuales. Pinochet era apenas un grosero trabajador sin mayor cultura.

Los dos terminaron mucho más millonarios de lo que Forbes podría jamás especular.

Sus legados, que nadie recuerda, en ambos casos serán para la posteridad.

Los cubanos y chilenos de estas generaciones todavía no sabemos la clase de Fidel Castro y de Augusto Pinochet con quienes hemos tenido el privilegio de coincidir, de ser contemporáneos.

No sólo la historia los absolverá.

El olvido los canonizará.

Los muertos que mataron murieron amablemente por gusto.

Los paredones de fusilamiento y las picas de electricidad en los genitales. Las balsas vacías de pueblo en el Estrecho de la Florida y los helicópteros repletos de muertos sobre el Océano Pacífico. De un lado, las décadas de presidio político y un exilio cubano a perpetuidad. Del otro lado, los desaparecidos que desaparecieron en el desierto chileno, bajo las estrellas más límpidas del planeta.

Todo por amor. El odio ideológico no pinta nada aquí. No hubo ni siquiera violencia, al menos no como se explica este concepto en las academias de la izquierda covfefe primermundista.

La muerte en masa nunca es violenta. La palabra masivamente enmudecida nunca es brutal. Se trató de mero sentido común: de una repartición de roles mientras los títeres andábamos como ciegos, cacareando consignas comemierdas en las plazas de uno y otro país.

Tal como colaboraron en vida, en muerte también colaborarán.

Soldados del destino. Refundadores de la nación. Saludando con sus rostros egregios la aventura de vivir entre dos milenios.

Helos aquí.

Aprended a amarlos, chilenos.

Aprended a amarlos, cubanos.

O no habréis entendido nada de nada de lo que a los cubanos y a los chilenos un día de gloria fatua nos ocurrió.

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