Tal día como hoy 8 de enero de 1869

El General Domingo Dulce y Garay se dirigía a todos los cubanos recordándoles que la Revolución de 1868 había hecho de Cuba una Provincia, igual que Andalucía, y a todos ellos españoles de pleno derecho.

Esta proclama, que daba a los españoles de Cuba los derechos que reclamaban —el de représentation en Cortes, el de reunión y el de imprenta-, dejaba sin objeto las reivindicaciones iniciales del levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes. Es la razón por la cual NO la encontrarás en los libros de Historia de Cuba.

Gobierno Superior político de la siempre fiel Isla de Cuba.

Cubanos: EL Gobierno Provisional de la Nación, en uso de sus legítimas facultades, ha dispuesto que me encargue, por segunda ver, del mando superior político de esta Antilla, porción integrante de la nacionalidad española. Celoso yo del cumplimiento de mis deberes, he obedecido, sin hacer presente siquiera que, por lo quebrantado do mi salud, era grande el sacrificio que se me exigía.

Ya me conocéis. No hay peligro que me intimide ni obstáculo que me arredre cuando te trata de vuestro bienestar; no hay responsabilidad que yo no acepte, por grande que ella sea, si consigo de ese modo asentar el principio de autoridad sobre la base firme de la equidad y la justicia.

Cubanos: la revolución ha barrido una dinastía, y arrancando de raíz la planta venenosa que emponzoñaba hasta el aire que respirábamos, ha devuelto al hombre su dignidad y al ciudadano sus derechos. La revolución, en el ejercicio de su indisputable soberanía, no quiso que sobre la voluntad de los pueblos prevalecieran las imaginarias prerrogativas hereditarias y tradicionales, y quiere que la legalidad política y administrativa que ha de fijar para lo futuro los destinos del país, arranque de las entrañas más hondas de la sociedad por medio del sufragio electoral. Dentro de poco acudiréis a los comicios y elegiréis los diputados que os han de representar en las Cortes Constituyentes. Ellos allí recabarán de ese poder supremo y nacional las reformas que vuestra legislación exige, las mejoras que vuestra administración reclama, los derechos en el orden moral y político que la civilización ha conquistado. Insulares y peninsulares, todos somos hermanos: reconocemos un solo Dios y nos une el lazo de la misma religión, hablamos un mismo idioma y una misma es la bandera que nos da sombra. Desde hoy, la Isla de Cuba se cuenta ya en el número de las provincias españolas.

Sin embargo, esta variación tan radical en vuestra organización política sería estéril y hasta peligrosa en sus resultados prácticos, si no la precediera el examen público pero tranquilo, de todo aquello que puede ser para vosotros remedio de lo presente y esperanza de mayor engrandecimiento en un porvenir no lejano. De ahí la necesidad de esas grandes reuniones electorales que aconseja el buen sentido y sanciona la costumbre; de ahí también la conveniencia de que los hombres de imaginación y de saber se consagren a esa discusión prudente, razonada y fría, que ha hecho de la imprenta un elemento de vida para las sociedades modernas. Lástima es que vuestra razón de ser y el respeto a los intereses creados no permitan el examen de ciertos sistemas y doctrinas en que tanto se interesan el progreso y la humanidad. No extrañéis que tan embozadamente os diga mi sentir: hay palabras que manchan el papel en que se escriben y escaldan la lengua que las pronuncia.

La posesión de esos tres derechos el de représentation en Cortes, el de reunión y el de imprenta, únicos que os puede otorgar la prudencia y la sabiduría del Gobierno provisional, ya constituyen por sí solos la verdadera libertad política de un país; pero si las malas artes convierten esta noble aspiración de nuestro siglo en una bandera de insurrección o en un grito de independencia, inflexible he de ser y duro en el castigo. No hay libertad sin orden y sin respeto a las leyes. Quien voluntariamente abandona el terreno legal con que, por vez primera, se le brinda, es un malvado a quien deben juzgar los tribunales de justicia.

Insulares y Peninsulares: os hablo en nombre de España, en nombre de nuestra madre. ¡Unión y fraternidad! Olvido de lo pasado y esperanza en el porvenir.

¡Viva España con honra!

Habana, 6 de enero de 1869,

Domingo Dulce.

Hispanista revivido.