París, 5 de mayo de 2016.

Querida Ofelia:

Te envío el testimonio que Doña Marta Requeiro me mandó desde Miami. En él nos cuenta cómo vivió un terremoto durante su estancia en Chile.

“-No me estoy moviendo.

-¡Por favor estate quieto! Tengo sueño.

-¡Coño! ¡Te juro que no me estoy moviendo!

– ¿Y qué te pasa entonces?

– ¡Está templando! ¡Dale, levántate!

Cada uno bajó por su respectivo lado de la cama. Hacía poco rato habíamos apagado la televisión. No pudimos ver el Festival de Viña completo, el sueño nos venció. Sin embargo la adrenalina que empezaba a fluir por nuestras venas nos despejaba del letargo. Había pasado unos segundos y ya nos era difícil mantenernos en pie. El movimiento que nos desequilibraba se hacía cada vez mayor.

Las paredes traqueaban. Un ruido de baja frecuencia molestaba en los oídos y las tejas, que se corrían en el techo nos hicieron temer que no tendríamos tiempo de salir.

-¡Corre! ¡Vamos! ¡Apúrate! – Decía Luis mientras trataba de bajar y estirarme una de sus manos para que yo me apoyara.

-Baja tú. Ya voy. No encuentro nada que ponerme. Ni zapatos. ¡Dios mío!

-¡Qué zapatos ni nada! ¡Baja ya! Quería esperarme pero nuestro hijo nos preocupaba. Estaba en la habitación de abajo durmiendo, y él quería ir a verlo.

Sabíamos que hacía poco había llegado cansado del trabajo en el restaurante. Donde se desempeñaba como mesero para pagarse los estudios. Había sido un día de mucho trabajo para él. Era sábado y el restaurante había estado lleno.

En caso que el sueño fuera profundo y no estuviera consciente de lo que estaba pasando, había que despertarlo.

La escalera para bajar a la planta principal de la casa parecía jugar con nosotros, como si rechazara nuestras pisadas, y nos respondiera volviéndose una especie de serpiente alfombrada.

– ¡Mamá! ¡Papá! ¡¿Que hacen?! ¡Bajen de una vez!

-¡Ponte debajo del dintel de la puerta!- Aconsejó Luis gritando con la voz entrecortada por el temblor bajo sus pies- ¡Estoy esperando a mamá!

Aún con una mano extendida, en espera de la mía, él aguardaba a mitad de la escalera. Yo decidí bajar así, en ropa de dormir, no podía preocuparme por mi aspecto. No podía perder más tiempo, el movimiento se acrecentaba. Bamboleándome sobre la escalera traté de colocarme una bufanda y descender descalza los pocos escalones que nos separaban.

Mi hijo obedeció. Abrió la puerta de salida a la calle y se colocó debajo del dintel con la perra en brazos, la que segundos antes había ido a buscar al patio trayéndola consigo mientras la tranquilizaba dándole caricias.

La casa se movía de tal manera que parecía endemoniada, o como si estuviese siendo transportada por un tren a alta velocidad. Un calor subía por mi garganta y el corazón lo sentía en las sienes.

A duras penas pudimos juntarnos los tres y la perra, allí, bajo la protección del marco. Siempre habíamos escuchado que era el lugar más seguro, o en el ángulo de las paredes o debajo de una mesa de madera. Ya no podíamos buscar un sitio mejor. Estábamos ahí y con miedo.

Mientras las sacudidas aumentaban en todas direcciones, oíamos la casa crujir y desencajarse. Los faroles del techo del estacionamiento nuestro se mecían como péndulos enloquecidos. Los pequeños adornos de la casa ya estaban en el piso y la vajilla se descompletaba a cada segundo cayendo de los estantes de la cocina. Las puertas chocaban con el picaporte y retrocedían. Los muebles de la sala se desubicaban. El búcaro con flores de la mesa de centro se viró, y el agua corría sobre unas revistas, la madera, y el piso. El cuadro grande de las frutas que colgaba en la pared del comedor rodó por ésta y cayó al piso haciéndose añicos.

Arriba se sentían estruendos y ruidos de cristales. Temí que al techo le faltara poco para caernos encima o que la reja de la cerca se desajustara con las sacudidas, se trabara, y no pudiéramos salir. Luego iba a ser imposible saltar por encima de las púas filosas que la remataban.

-¡Salgamos! – Propuse. Y salimos a la calle a pararnos al lado del auto que habíamos dejado estacionado afuera. Temí por el estado del techo sobre nuestras cabezas. Salimos sin llaves pero por suerte la puerta de la casa no se cerró, ya no se ajustaba al marco.

A la intemperie el escenario era aterrador. Las casas parecían estar hechas de gelatina. Sus techos se juntaban y separaban en cada estrepitoso vaivén, dando la sensación de estarse reverenciando mutuamente o siendo las ejecutantes de un baile diabólico. En cada remecida soltaban tejas y se rajaban.

La calle, como una ola de concreto, se levantó a la distancia donde comenzaba la cuadra. El muro de cemento que servía de valla a la primera casa se separó en varios pedazos y a penas quedaron en pie. Si se repetía el hecho acá, bajo nuestras plantas, saldríamos volando por el aire. Apreté la mandíbula por no gritar y me afirmé más del auto.

Los cables del tendido eléctrico fueron partiéndose y zigzagueaban con chispas en las puntas como serpientes con cabezas de fuego. Las luces de las calles fueron apagándose de a poco. El terror se apoderó de los tres, dándonos cuenta que tampoco ahí nos sentíamos seguros.

Pensé que no fue buena decisión haber salido de la casa pero ya no podíamos regresar. ¡¿Quién sabía qué panorama había adentro?!

Ningún vecino salió. La calle quedó totalmente a oscuras. Una luna llena, piadosa, nos alumbraba.

La franja de cemento, cuan corcel de concreto, se movía frenéticamente bajo nuestros pies, con  el auto por montura; y nosotros, tres jinetes asustados, sujetados a ella tratando de no caer. Eran demasiado fuertes las sacudidas como para pensar o hablar. Sólo pedíamos que todo aquel temblor parara y aferrándonos a la fe rezamos.

Busqué con la vista a mi esposo y lo vi muy mal, como nunca lo había visto. Se había arrodillado, y sus brazos se alzaban al cielo implorando compasión pero a su vez abandonado a la suerte. Mi hijo y yo temblábamos abrazados sin soltar a la perra que estaba entre los dos con el corazón latiéndole a mil.

Pensé en mi otro hijo, el mayor, que estaba en el centro de la ciudad, en Providencia; algo distante de nosotros. ¿Cómo estarían él y su esposa en aquel apartamento en un piso quince? Me acordé de mi madre en Cuba y de mi hermana. Temí no volverlos a ver.

Pasó por mi mente, en pocos segundos, una película de mi vida. Me arrepentí del mal que hubiese hecho, pensado o deseado. Tuve la sensación que era el final. Supliqué al creador que cesara todo aquello. Ninguna casa se había caído pero sospechaba ya que estarían tan maltrechas que faltaría poco. Algunos techos de los garajes y algunos muros ya no estaban donde antes.

Los aullidos y ladridos de los perros del vecindario se escuchaban a la distancia, acompañando los provenientes de todo lo que caía y se sacudía, e incluso del zumbido interior de la tierra que no dejaba de bramar.

La calle estaba ya partida al principio y al final. Enormes grietas profundas, verticales y horizontales, arruinaban su perfección. Y aún no podíamos detenernos. Brincábamos sacudidos por la fuerza de la terrestre.

Sentí una ola de agua fría inundar mis pies descalzos. Pensé en la corriente que podía conducirse a través de ella y llegar hasta nosotros. Esperé el corrientazo. Pero pude percatarme por una rápida y asustada mirada que hice a mí alrededor, que ya no debía haber luz eléctrica en toda la redonda. O al menos hasta donde mis ojos alcanzaban a ver. Que seguramente ningún cable del tendido eléctrico poseía energía. Di gracias a Dios por unos segundos más de vida para nosotros y porque no fuéramos electrocutados.

El temblor y el ruido de onda subterráneo empezaron a cesar paulatinamente. Tal y como había ido creciendo empezaba a decrecer, y la noche a recuperar la tranquilidad silenciosa y pasmosa que la caracterizaba. Pero ahora era otro temblor el que no podíamos controlar: el de nuestros cuerpos.

Soltamos a la perra que corrió despavorida a olfatear las grietas, revisar el entorno y a brincar encima nuestro. Los vecinos empezaron a salir de sus casas, a comunicarse entre sí y a comentar. Un matrimonio que vivía frente a nosotros con su hijo pequeño, salió afuera con él en brazos. Nos preguntaron cómo estábamos.

No sé cómo sucedió: si por un momento perdí la razón, o dejé de estar alerta, o quizás estaba demasiado pendiente a la sensación desagradable que acabábamos de vivir, y que podía repetirse, que estuve ausente de lo que pasaba a mí alrededor. No sé si por unos segundos o por más tiempo, no podría precisar. Cuando me di cuenta, tenía un par de zapatos de hombre en mis pies que no me eran familiares. Pregunté:

– ¿Y ésto? – Y el vecino del frente, aún con el niño en los brazos, me contestó de manera afable y con una sonrisa:  -Son míos. Después me los pasa.

Nos sentamos en el contén de la acera a recobrar la conciencia y la cordura.

Mi hijo entró al portal de la casa pisando algunos pedazos de tejas que habían caído del techo del garaje. Corrió con mucha dificultad una hoja de los ventanales de cristal con marquetería de aluminio que, en forma de puerta, tenía su cuarto y que daban a la calle. Entró a coger su celular que había dejado cargando con la esperanza de llamar al hermano.

No había señal, o estaban colapsadas las líneas pero era imposible comunicar con mi otro hijo. Me sentí al borde del colapso. El desasosiego de nuevo se apoderó de mí, la impotencia y el miedo.

Una vecina, a la que había visto pocas veces en el quiosco del barrio, me tranquilizó al verme caminar desesperada de un lado para otro. Me dijo simplemente que tuviera fe, que no pensara en cosas malas. Mi esposo y mi hijo se acercaron a mí para estar unidos, abrazarnos y besarnos.

Los carabineros vecinos, que vivían ahí en la villa Parque Central de Quilicura, ya traían noticias pues sus equipos de comunicación satelital nos servirían en lo adelante para estar informados.

Había sido un terremoto 8.8. El epicentro ocurrió en el mar, afectando principalmente las costas de Curanipe y Cobquecura. A 150 kms. al noroeste de Concepción y a 63 kms. del suroeste de Cauquenes. Con una profundidad bajo la corteza terrestre cercana a los 35 kms. Informe que, según explicaron, se supo prontamente por el Servicio Geológico de los Estados Unidos. Que hoy en día tiene diferencias, al respecto, en cuanto a cálculos y precisiones, con el Servicio Sismológico de Chile.

Recibí una llamada de mi hijo mayor, se comunicó al teléfono del hermano. Él también estaba temeroso por nosotros y más porque nuestros teléfonos habían quedado dentro. Lo que había hecho imposible escucharlos y contestar su llamado.

– ¡Mama! ¡¿Están bien?! ¡¿Están bien los tres?! – Inquieto inquiría por nosotros dándome detalles de lo imposible que había sido para ellos también, a esa altura, soportar los vaivenes del apartamento y cómo tuvieron que acostarse en el piso, para luego, después que todo pasó, bajar por las escaleras. Me contó que, por suerte, a pesar de lo elevado del edificio éste no había sufrido mayores daños. Escuchar su voz me devolvió la calma. Él y su esposa estaban bien que era lo más importante.

Olvidé con el susto que su teléfono también poseía comunicación satelital. Se lo dieron en el trabajo para mantenerlo localizable por su condición de ingeniero en redes de comunicación, y eso ahora nos beneficiaba. Prometió que aprovechando la internet mandaría mensajes a todos los conocidos, amigos y familiares, que tenemos esparcidos por el mundo, como cubanos que somos. Para que supieran y avisaran a mi madre y familiares en Cuba, que todos estábamos bien.

Los vecinos salían de sus casas con teteras de agua hirviendo a brindar té y pancito con cecina. Estaba con un vaso de té en la mano y un pan preparado con algo adentro que la vecina, que anteriormente me tranquilizara, me ofreció. Por su parte Luis y Luisito hablaban con los vecinos de la difícil e increíble experiencia que acabábamos de vivir.

– ¿Es primera vez que viven ésto? ¿En Cuba no pasa?- Trataba la amable vecina de distraerme entablando conversación – Pero fue fuerte. Mire usted como quedó todo. ¡Lueguito ya vamos a saber bien qué pasó!- Seguía la vecina hablando hasta que le presté atención.

– No. Perdone. Estoy nerviosa todavía. En Cuba no pasa. Allá son los ciclones. Los prefiero. Al menos con esos uno se prepara. Avisan con tiempo por la tele y no nos toma por sorpresa. Gracias por el té y el pan. ¿Y usted dónde vive?

– Acá atrasito, en la calle paralela a ésta. Con mi guatón y mis tres cabros chicos. A usted la conozco del negocio de Miguel que ha ido a comprar y nos hemos encontrado.

– Yo me llamo Marta. ¿Cómo usted se llama?

–  Paula.

–  Paula. Voy a entrar a la casa a ver qué pasó – agregué aún con voz temblorosa.

–  Bueno, vaya no más. Pero no se demore. No es bueno estar mucho rato dentro. Puede haber réplicas.

La puerta de la reja y la de la casa, por suerte, se habían quedado abiertas de cuando salimos asustados. Ahora no cerraban cómodamente. Había que forzarlas. No me atreví a subir las escaleras por la advertencia de la vecina. Eché un vistazo a mi alrededor y ayudada por los primeros rayos del sol, que entraban por los grandes ventanales, di gracias a Dios por un nuevo día y porque todos los de este lado del mundo estuviéramos vivos.” Marta Requeiro Dueñas

Recuerdo el sismo que pasamos  en San Juan de Puerto Rico, el 24 de diciembre de 2010, cuando estábamos preparando la Cena de Nochebuena en casa de nuestros grandes amigos Maribel y Raúl. Fue una experiencia inolvidable. Por suerte no hubo que lamentar heridos ni muertos.

Con gran cariño desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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