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París, 5 de febrero de 2016.

Querida Ofelia:

En muchas cartas te he escrito sobre la bellísima familia fundada por Doña Carmen LLorente y Don Fernando Domenech. No quiero repetirme, sólo te recuerdo que los conocí en 1976 en Cuba, cuando el grupo de turistas del cual formaban parte, coincidió en el habanero Hotel Sevilla Biltmore con el de libreros italianos, del cual yo era el guía e intérprete. Allí nació una gran amistad, tan grande que la consideramos hogaño como nuestra familia española.

Ellos movieron cielo y tierra para ayudarnos a salir de Cuba cuando caímos en desgracia con el régimen en 1980 y al llegar libres el 21 de mayo de 1981 al aeropuerto madrileño de Barajas, allí estaban esperándonos. Desde ese momento y hasta las Navidades pasadas en su hogar, nos hemos encontrado muchas veces en Madrid o Valladolid.

Carmen y Fernando son profundamente humanos, han sabido transmitir a sus hijos su fe cristiana y el sentimiento de solidaridad hacia todo el que ellos saben que necesita ayuda material o una mano tendida.

Le pedí a Carmen que me contara cómo vivió algunos momentos dramáticos de la historia de España, que ella vivió como testigo: la Guerra Civil, la muerte de Franco y el intento de Golpe de Estado de Tejero.

Aquí te envío los recuerdos de esta madrileña de 80 años, que presenció la Guerra Civil española a los seis años de edad.

Doña Carmen Llorente:- “Nosotras, mis padres, mi hermana y yo vivíamos en las casas militares de la Calle Maudes.

Unos días antes de estallar la revolución, asesinaron a D. Joaquín Calvo Sotelo y ya con motivo de por dónde tenía que pasar el féretro hubo un enfrentamiento entre militares, entonces adictos a la monarquía y republicanos. En estas circunstancias, llevaron a mi padre y varios militares a declarar por los incidentes, y como se reafirmaron en sus convicciones, les metieron en la cárcel. Al producirse el levantamiento posterior y quedar Madrid, tras una serie de enfrentamientos, en el bando republicano, ya no salieron de la cárcel, donde estuvo haciendo trabajos forzados, hasta el final de la guerra – les liberaron al tomar los nacionales Barcelona-.

Mi madre, mi abuela Blanca y nosotras, mi hermana Blanca y yo, quedamos en la Calle Maudes. A los pocos días de hacerse con la capital de España, los republicanos (entonces los llamábamos “rojos”), enviaron a dos policías a buscar a mi madre para llevarla a comisaría; como en aquel tiempo los pocos coches que había estaban requisados para el frente, cualquier desplazamiento había que hacerlo en metro o autobús. Mi madre entonces había tenido un problema serio en la pierna y les dijo a los policías que no podía acompañarles andando; éstos entonces le dijeron que irían a buscar un coche pero que bajo ningún concepto se moviera de casa.

Nada más marcharse los policías, mi madre y nosotras bajamos al piso de bajo donde vivía otro militar que había permanecido fiel a la República (Comandante Casado), y éste nos dijo que de ninguna manera le acompañáramos, porque el local a donde nos pensaban llevar era una “checa” (especie de recinto carcelario secreto y de extrema dureza, al estilo de los que luego existieron en los países del Este de Europa) y de allí no saldríamos. Mi abuela entonces se marchó a casa del embajador de Francia donde teníamos pedido un lugar por si soltaban a mi padre; ella les pidió este lugar para su hija que estaba en peligro y tenía dos niñas. El embajador aceptó, pero tenía que esperar a la mañana siguiente que viniera un chófer de la embajada a recogernos; creo que mi abuela se quiso poner de rodillas ante él por la urgencia de la situación – podían volver los policías esa misma noche –.

Ante la situación, el mismo embajador vino conduciendo el coche oficial con la bandera francesa. Allá nos metimos las cuatro desde la misma casa del comandante Casado. Mi madre no quiso subir a su casa a recoger nada por miedo a que regresaran. En la embajada de Francia (era el Liceo Francés), estuvimos un año junto con muchos refugiados a los que generosamente acogieron los franceses, aunque en condiciones muy precarias. Esta embajada fue una de las pocas que no invadieron los “rojos”, porque un familiar nuestro que estaba refugiado en la de Rumanía, no tuvo esa suerte y entraron a por ellos.

Yo de esa época recuerdo el miedo a los bombardeos y las ganas de “ver” la calle y los árboles, pero éramos muy pequeñas y no sentíamos la angustia que sentía mi madre (la situación de mi padre, en qué acabaría todo, quién ganaría aquella guerra, en fin, un montón de problemas).

Al año de estar allá, imagino que por medio de “sobornos” – no me dijeron nunca cómo ni a quién – salimos en un camión camino de Valencia, de allí a Toulouse, ya en Francia, y de allí a San Sebastián, donde vivía un hermano de mi madre. Descansamos unos días y salimos ya por territorio nacional a Palencia, donde vivía una hermana de mi madre. Allí estuvimos hasta que los “nacionales” liberaron Barcelona y vino mi padre a buscarnos.”

Hasta aquí, memorias de una Guerra Civil que duró tres años, visto por una niña madrileña.

“La dictadura de Franco, como todo el mundo sabe, duró 36 años, hasta su muerte el 20 de noviembre de 1975. Esta fue comunicada a la población por televisión por el entonces presidente del gobierno, Carlos Arias Navarro que le recordamos con voz temblorosa y ojos llorosos diciendo: “Españoles: Franco, ha muerto”.

El primer presidente de gobierno nombrado por el rey y luego refrendado en las primeras elecciones democráticas, fue Adolfo Suárez. Fue aquella una etapa para España complicada pero la recuerdo con muy buen talante y paz; la gente estaba preparada y ansiaba cambios en el país, salvo pequeños grupos violentos de partidarios del antiguo régimen, pero pudo más el ansia de libertad y democracia de la mayoría de los españoles.

Con Suárez en el poder, se legalizó el Partido Comunista (PCE); creo que fue un acto político necesario y muy bien pensado por el momento de la declaración: sucedió en Abril de 1977, en Semana Santa, con la gente de vacaciones y descansando y con la oposición de una parte importante del estamento militar, que consideraba su legalización una traición. Ello trajo consigo la llegada de muchos exiliados desde la Guerra Civil y sobre todo de Santiago Carrillo, cabeza del PCE y anatematizado por los simpatizantes del anterior régimen.

Me pides opinión o reacción de la entrada de Tejero en el Congreso de los Diputados y del fallido Golpe de Estado del 23 de Febrero de 1981. Yo estaba viendo la televisión con alguno de mis hijos porque se estaba celebrando un debate de investidura cuando de pronto se armó un jaleo en la cámara y presenciamos la escena: el teniente coronel Tejero, pistola en mano y un grupo de guardias civiles disparando en todas las direcciones. A continuación, todos los diputados escondidos bajo sus asientos excepto las figuras de Adolfo Suárez y Santiago Carrillo, que permanecieron sentados en sus escaños, y el teniente general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del gobierno y ministro de defensa, que hizo frente a los golpistas y permaneció de pie; en definitiva, algo bastante terrible y para olvidar o, mejor dicho, para “no olvidar”. Pienso que fue definitivo para que aquello fracasara la intervención del rey en la TV apoyando la democracia y condenando la acción golpista.

Mi esposo Fernando estaba en Madrid por trabajo y había ido acompañado por nuestro hijo Fernan. Estando allí se enteró del episodio por la radio del coche y se puso inmediatamente de camino a Valladolid ya que toda su obsesión era encontrarse con la familia y pasar el puerto de Guadarrama, que durante la Guerra Civil fue la divisoria entre las fuerzas de uno y otro bando contendiente y donde tuvieron lugar encarnizados enfrentamientos. Pues llegaron padre e hijo a casa y pudimos estar más tranquilos. Seguimos como es lógico pendientes del desarrollo de los acontecimientos hasta su definitiva resolución al día siguiente.

Otros recuerdos de aquella época son algunas canciones de la transición democrática, como una que se llamaba “Libertad” y cuyo estribillo era: “Libertad, libertad, sin ira libertad”. Otra canción muy bonita era la de un cantautor llamado José Antonio Labordeta y una de cuyas estrofas decía: “Habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga libertad”. Posteriormente fue diputado por Aragón de un pequeño partido de izquierda y hoy, día 19 de Diciembre, han dado por la radio la noticia de su muerte.”

Mi padre tuvo la oportunidad de ser hospedado por Carmen y Fernando en su hogar de Valladolid cuando pudo ir a España hace unos veinticinco años. Fue recibido con gran simpatía por toda la familia Domenech Llorente. El siempre conservó un excelente recuerdo de aquellos días.

Hace unos días Carmen me preguntó por teléfono sobre las posibilidades que teníamos de poder volver a Cuba si regresaba la democracia. Creo que le puedo responder con un bello poema escrito en 1929 en New York por el gran Federico García Lorca:

Cuando llegue la luna llena
iré a Santiago de Cuba,
iré a Santiago,
en un coche de aguas negras.
Iré a Santiago.
Cantarán los techos de palmera.
Iré a Santiago.
Cuando la palma quiere ser, cigüeña
iré a Santiago.
Y cuando quiere ser medusa el plátano,
iré a Santiago.
Iré a Santiago
con la rubia cabeza de Fonseca.*
Iré a Santiago.
Y con la rosa de Romeo y Julieta*
iré a Santiago.
Mar de papel y plata de monedas.
Iré a Santiago
¡Oh Cuba! ¡Oh ritmo de semillas secas!
Iré a Santiago.
¡Oh cintura caliente y gota de madera!
Iré a Santiago.
¡Arpa de troncos vivos, caimán, flor de tabaco!
Iré a Santiago.
Siempre he dicho que yo iría a Santiago
en un coche de agua negra (…)

*Marcas de puros habanos.

Doy gracias a Dios por haber podido conocer a la maravillosa familia Domenech Llorente, ella formará parte siempre de nuestros más bellos recuerdos de ese gran y querido país que es España.

Don Fernando fue llamado recientemente a La Casa del Señor. Que descanse en paz por la eternidad muy cerca de Dios.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

Fotos :

1- En la Plaza Mayor de Valladolid con Doña Carmen y Don Fernando.

2-El Día de Navidad de 2009 en el hogar de Valladolid de Doña Carmen y Don Fernando con una parte de su numerosa familia.

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