París, 17 de agosto de 2016.

Querida Ofelia:

Te envío el interesante testimonio de nuestra querida  amiga, esa gran dama  que es Doña Matilde L. Álvarez. Ella me lo mandó ayer desde Miami.

“Miami, 16 de agosto de 2016.

Ya a fines del 1961 me di cuenta que  me había equivocado en creer en lo que la Revolución había sostenido en sus comienzos, “que era más verde que las palmas”, “que se iban a convocar elecciones”, etc., etc.  Además, empezaron a saberse con lujo de detalles los fusilamientos que ocurrían cada día, las persecuciones y los crímenes contra los que no estaban de acuerdo con el rumbo que estaba tomando la revolución.  A medida que transcurrían los meses y se proclamaban cada vez más leyes revolucionarias, se adueñaban de las propiedades que les daba la gana, confiscaban negocios, pequeñas y grandes empresas, sentí que en mi Patria no iba a poder seguir viviendo, pues nunca he podido fingir lo que no siento. Ya me sentía totalmente engañada por los castristas y no podía quedarme callada.

Mi esposo y yo, éramos hijos únicos, por lo tanto decidimos que no podíamos dejar atrás a nuestros padres. Los míos me dijeron que ellos nos seguirían hasta el fin del mundo y que podrían trabajar para salir todos adelante. Con mis suegros era otra historia, pues ellos eran muy mayores. Mi suegro no quería irse de Cuba y mi suegra dijo que si él no se iba, ella tampoco lo haría. Con esas circunstancias perdimos las seis visas waiver que teníamos para viajar directamente a los EE.UU., porque expiraron en 1962.

Tuvieron que suceder muchas cosas tremendas para que al fin mis suegros se decidieran también a salir como exiliados.

Nosotros vivíamos en el Reparto Loma, en Cojímar, en el chalet que Alberto había fabricado en una esquina, en el punto más alto de la loma, con una vista maravillosa del mar en el horizonte a lo lejos.

Enfrente estaba el chalet de mi tío Teodoro, hermano de mi madre, y al costado de este estaba el dúplex en donde vivían mis padres desde que me casé. Diagonalmente al chalet de mi tío estaba el del tío de Alberto. En otras palabras, estábamos en un precioso reparto lleno de bellos chalets, con familiares bien cerca y con buenos vecinos que tenían sus chalets allí también y se conocían a través de los años.

Ya en 1962 yo había dejado de trabajar por el ambiente represivo que obligaba a hacer trabajo voluntario en el campo y a participar en todas las manifestaciones comunistas que se les ocurriera. Pues bien, después de almuerzo, cuando Alberto se iba a trabajar al banco, yo preparaba costura o tejido en una bolsa grande para tejer o coser en casa de mis padres y pasar la tarde allí con ellos.

Un día, al cruzar la calle para hacerlo, se me acercó Sarita que tenía el chalet al lado nuestro por la Avenida de los Pinos y me preguntó: “¿qué llevas ahí?” Yo pensé que estaba jaraneando y le contesté alguna cosa tonta que ahora no recuerdo, pero ahí mismo ella se puso muy seria y me dijo: “me lo tienes que decir porque yo soy la Presidenta del Comité de Defensa de la Revolución del barrio y tengo que protegerlo”. A mí no solo me sorprendió que ya existiera en nuestro reparto un comité sino que esa vecina se hubiera prestado a ser el “vigilante revolucionario”. Fue tal mi disgusto que abrí la bolsa y tiré todo en la acera y le dije  “aquí tienes, ¿ya defendiste bien a la revolución?, hasta luego, camarada”. Lo recogí todo del suelo y me marché a casa de mis padres. Ya teníamos al enemigo – léase chivata-, en nuestro reparto.

A partir de ese momento ya yo estaba más que convencida que en aquel clima de vigilancia no podía seguir viviendo.

Otro hecho que vino a confirmar esto fue la experiencia personal de Alberto con el Che Guevara en el Fondo de Estabilización de la Moneda del Banco Nacional de Cuba (B.N.C.). Este era un verdadero orgullo nacional hasta entonces, por la calidad de sus empleados que obtenían sus posiciones profesionales por concurso oposición, no por favoritismos ni recomendaciones personales.

Estando allí de Presidente el Dr. Felipe Pazos, un prestigioso profesional, capacitado y honorable, se creó el Fondo de Estabilización de la Moneda y se puso al frente del mismo al Dr. Ernesto Betancourt. Como su experiencia no era bancaria, mandaron a Alberto, Contador Público Universitario y pro-gerente del Banco Nacional a trabajar como ayudante de Betancourt.

Un día, estando Betancourt ocupado fuera de la oficina, se apareció el  Ché Guevara a cambiar un cheque de 50,000 pesos cubanos por 50,000 dólares para un viaje que iba dar a la R.A.U. (República Árabe Unida entonces). El había firmado el cheque “Ché”.

Por supuesto, en el Departamento de Caja cuando Alberto presentó el cheque así firmado le dijeron que no lo podían aceptar de ninguna manera, que tenía que agregar, Ernesto y Guevara. Está de más decir que cuando Alberto le comunicó esto al asesino Ché, éste se enfureció y le dijo que él era El Ché, pero… no le quedó más remedio que agregar su nombre y apellido al cheque.

Al poco tiempo, empezó también la destrucción del B.N.C., esa institución otrora tan prestigiosa. Sacaron al Dr. Felipe Pazos de Presidente del B.N.C. y el gobierno castrista nombró al “Ché”, para que lo sustituyera.

¿Saben cuál fue la primera medida que tomó en ese puesto el “Ché”? Cambiar los pesos cubanos para firmarlos solo con “Ché” oficialmente arriba de su nuevo título “Presidente del Banco Nacional de Cuba”. Así se vengó de los oficiales del B.N.C. que le habían mandado a firmar su nombre completo en un cheque.

Los padres de Alberto eran muy amigos de los dueños de una finca muy buena en el Wajay. Al tener allí vacas y gallinas además de productos de la tierra, nos ofrecieron la posibilidad de comprar al menos leche, huevos y queso para nuestras familias.

Esto era muy necesario pues ya el gobierno tenía la restricción de los alimentos con la odiada “libreta de abastecimientos” que en realidad era la mísera lista de las pocas cosas que había y se podían comprar.

Aceptamos el ofrecimiento y empezamos a ir a la finca a comprarlos para nuestras familias, sobre todo para mis suegros que eran muy mayores.

Yo era la que manejaba el carro de Alberto e íbamos mi padre al frente conmigo, mi suegra y mi madre atrás con la esperanza de que pareciera un paseo de personas mayores y que no llamara la atención. Esto era muy importante porque ya empezaba la amenaza de que al que cogieran con compras que no eran de la libreta además de confiscárselas, si la autoridad que los descubría quería, se podía confiscar el auto también.

Para traer la leche llevábamos un pomo gigante que llenábamos, y ellos nos envolvían con cuidado el queso y los huevos que podían vendernos.

En uno de los viajes sucedió que el pomo gigante parece que cogió aire y la lecha se empezó a derramar hasta verse desde afuera cosa que no sabíamos nosotros. Gracias a un individuo que lo notó y que era contrario al gobierno sin duda, nos hizo señas de que paráramos y le dijo a mi padre lo que estaba pasando. Creí morirme del susto y de la posibilidad de que nos confiscaran el auto sobre todo y ahí mismo mi padre se quito la camisa y la camiseta y yo la sayuela para ir absorbiendo el liquido y poder llegar a nuestra casa sin que nos detuvieran. Gracias a Dios el garaje de la casa estaba dentro de ella y al cerrarse su puerta de madera no se veía lo que estaba pasando allí.

Huelga decir que ese fue el último viaje que dimos. Era preferible pasarnos sin esos alimentos a que nos confiscaran el auto.  Nos habíamos sentido como ladrones con un botín mal habido cuando los ladrones y bandoleros eran los comunistas que tenían el poder. Así confirmamos más que si aquello no cambiaba había que marcharse al exilio.

A fines de 1963 después que el gobierno “robo-lucionario” se robara las grandes y pequeñas empresas, las tierras y todo lo que podían, se dedicaron a “intervenir” aquellas oficinas a las que no les convenía robar sino pretender como que “auditaban” porque de otra manera no iban a poder sacar ningún provecho.

En esta categoría cayó la oficina de RM el socio capitalista de mi padre, oficina con mucho prestigio en el extranjero por su profesionalismo, eficiencia  y honestidad. El interventor a quien tuve la desgracia de conocer ya explicaré cuándo y cómo más abajo, era un pobre monigote, ignorante a más no poder y ni con la mas mínima idea de lo que era una patente, las leyes que protegían el robo de las marcas, ni como registrarlas, etc. RM pudo comunicarse con varias de las oficinas del exterior que tenían sus productos ya registrados para que no mandaran los pagos que cobraría el gobierno. Su hijo mayor que ya estaba exiliado fue personalmente a cobrarlos. Eso fue lo único y poco que pudo salvar de todo el dinero que había invertido.

Pero ver que el producto de toda una vida de trabajo, sacrificio y esfuerzo se esfumara de sus vidas con la intervención, fue demasiado dolor para RM y mi padre. RM empezó a sufrir de infartos hasta que murió a mediados de 1964. Mi padre también empezó a sufrir de infartos en diciembre del 1964, muriendo a consecuencia de uno masivo el 17 de marzo de 1965, a los 56 años. Dos muertes más debidas al Castro-Comunismo.

Estando mi padre ingresado en la clínica La Covadonga, por sus tres  infartos, me pidió que fuera a la oficina con sus llaves para chequear si habían  cartas de empresas del exterior que querían registrar sus marcas/patentes con ellos, ignorando que estaban intervenidos.

Así lo hice y guardé en mi cartera creo que dos cartas. Cuando estaba a punto de irme se abrió la oficina y entró el interventor. El no pareció sorprendido al verme allí. Le expliqué que mi padre estaba en el hospital con un infarto y que yo había ido a ver si todo estaba bien. Se mostró como apenado y me dijo que agradecía que yo fuera todos los días porque el de “aquello, no sabía ni papa”. Le dije “ok”, que tenía que ir al hospital y me fui. Ese fue el adiós a la oficina de mi padre.

Al saber que Alberto iba a ser cesanteado en el momento en que pidiera el “permiso para salir de Cuba”, empecé a planear cómo vender cosas para tener dinero para mantenernos entonces, porque las únicas entradas que íbamos a tener eran dos pensiones, la de mi madre por viuda y la de mi suegro por jubilación.

El dinero de las cuentas bancarias estaba totalmente perdido. Al pedir el permiso de salida se chequeaban todos los bancos que estaban ya intervenidos y había que devolver cualquier cantidad que se hubiera sacado desde 1959.

Nadie que no lo vivió sabe el pánico que se siente en un régimen comunista por tratar de vender cosas. Aunque sean de uno, si se venden y el Comité de Defensa del barrio se entera, a la hora de pedir el famoso permiso hay que devolverlas y es hasta posible que nunca lo den como castigo.

Dos recuerdos de esas ventas todavía hoy me producen desasosiego.

Esther una gran amiga, tenía a su vez varias amigas que estaban    interesadas en comprar telas buenas, telas para forros, hilos de tejer con sus agujas, y madejas de hilos de colores para bordar. Yo tenía todo eso porque siempre me gustó coser, bordar y tejer y vi los cielos abiertos para ganar algún dinero. Le entregué  muchísimas de esas cosas y ella le puso etiquetas con mi nombre y su precio y se lo llevó todo para su casa. Enseguida empezó la venta a sus amigas. Lo menos que ella pensó era que la miliciana presidenta del Comité de Defensa de la Revolución (C.D.R.) del barrio se fijaría en que habían mujeres que entraban en su casa y se iban con paquetes en las manos. Y allí se le presentó para que Esther le explicara lo que estaba pasando.

A Esther no le quedó más remedio que decirle la verdad porque hasta la amenazó con denunciarla a las milicias. Tuvo que dar mi dirección (ya que mi nombre estaba escrito en todo lo que me estaba vendiendo), porque tenía que reportarlo todo al Comité de nuestro barrio.

En cuanto esa chivata se fue de la casa de Esther, ella me llamó para decirme que me preparara porque seguro que con el chivatazo de su Comité al de nuestro barrio, nos iban a registrar la casa. Tuvo la inteligencia de llamar al teléfono de la  casa del tío de Alberto que como ya conté vivía enfrente de nosotros y no al nuestro por si escuchaban la conversación.

Esta de mas decir que ahí mismo empezamos a guardar en el auto todo lo que yo quería sacar de la casa para vender y dejarlo en casa de unos amigos que no pensaban irse del país. Entonces además, mi suegra se acordó que en adición a las nuestras, teníamos dos cajas de cubiertos de plata de sus dos sobrinas, primas de mi esposo, que se habían marchado ya del país. Además teníamos cuatro cuadros sellados de una familia amiga que también se había exiliado y nos había pedido los guardáramos por si podían regresar al país algún día. Mis suegros los pasaron  por la cerca a casa de los amigos del chalet del fondo que no pensaban irse pues no tenían familia en el extranjero y eran muy mayores.

Para qué contar la angustia mía de salir de casa con el maletero y el auto lleno de cosas para esconder en casa de otros amigos, con peligro de que me pararan por cualquier motivo, se descubriera todo y me costara cárcel o cancelar la salida del país de todos.  Gracias a Dios, nada de eso paso, pero tuve pesadillas por días.

Lo mejor o peor del caso fue que la presidenta del Comité de Defensa de la Revolución del barrio de Esther volvió a visitarla. Le dijo que lo había pensado mejor y que no había llamado a nuestro Comité porque “todo podía quedar entre amigas”, que ella necesitaba unas telas para su nieta que cumplía 15 años y había visto algunas que le gustaron y que le pidiera a su amiga Matilde que se las regalara a ella……. ¡Todo un chantaje!

Yo tenía una máquina de coser italiana fabulosa, con todos los aditamentos para hacer ojales, para bordar, para hacer cenefas y otras chulerías. Un matrimonio muy amigo de mi suegra, Berta y Alonso, nos visitaban con frecuencia, a ella le encantaba ver las cosas que yo hacía con mi máquina de coser. Al enterarse que planeábamos exiliarnos quiso que le vendiera la máquina y el mueble donde estaba montada por lo mismo que habían costado. Ella me pidió que le llevara todo a su casa pues su parqueo no tenía peligro al no verse desde la calle.

Una tarde metimos el mueble que era bastante grande en el maletero del auto, la maquina la puse en el piso delante del asiento de atrás y le tiré una colcha de niño por arriba para taparla. Ya preparado todo invité a mi madre para que viniera conmigo porque ella siempre me daba tranquilidad y salimos para entregarlo todo.

Estando por la dulcería La Gran Vía camino hacia la entrada del túnel de la bahía, el auto se me paró y tuve que parquear a un lado de la carretera para arreglarlo. Ya no se conseguían baterías nuevas y la nuestra se oxidaba de vez en cuando. Nuestro mecánico nos enseñó a echarle alcohol por arriba y darle con un martillo para que volviera a arrancar. Por lo que siempre había un pomo con alcohol y un martillo en el carro para solucionar ese problema cuando se presentara. Estando yo en eso venía un camión lleno de milicianos que al verme de lejos inclinada sobre el frente del carro como trabada se paró “para ayudarnos”. Como Dios siempre me ha protegido, ya yo estaba  entrando en el carro y este arrancó y pude hacerle señas al chofer miliciano que ya todo estaba bien. Está de más decir que mi pobre madre estaba temblando de pies a cabeza igual que yo y empezamos a darle gracias a Dios que no habíamos tenido lo que hubiera sido un gravísimo problema.

No puedo recordar cuándo fueron creadas, solo sé que el Comité le entregó a mi esposo la notificación de que a partir de cierta fecha estaría incorporado a una de esas milicias en nuestro reparto y de guardia una noche a la semana en el lugar que se le comunicaría.

Así empezó ese castigo para los que se habían negado a ser milicianos: guardias de toda la noche con armas ficticias o sin balas y con la aclaración de que “si venía la esperada invasión, que ellos estarían en primera fila para combatir a los enemigos con los milicianos de verdad detrás de ellos por si tenían dudas…”

A pesar de los años transcurridos, recuerdo con horror la noche en que estando mi esposo de guardia, ellos planearon en secreto un simulacro de invasión que empezó con una inmensa lluvia de balas trazadoras en el cielo. Como nuestra casa estaba en el punto más alto de la loma las balas trazadoras se veían en el horizonte de un extremo al otro. Yo espantada salí corriendo de nuestra casa hacia la zona donde se suponía que mi esposo estaba de guardia hasta que alguien me gritó que era solo un simulacro de invasión. Me tuve que sentar en el borde de una acera para recuperarme.

Creo que fue a mediados de 1966 cuando Alberto presentó su renuncia en el Banco Nacional.

Y antes de que terminara el año nos fuimos los cinco a Santiago de Cuba al Santuario del Cobre específicamente a despedirnos de nuestra Patrona la Virgen de la Caridad. Compramos cinco medallas muy chiquiticas de ella, que nos bendijeron, y que milagrosamente los cinco pudimos sacar de Cuba con nosotros.

Ya mencioné que las cuentas bancarias estaban congeladas y si había alguna extracción de dinero, aun las retroactivas, o sea desde 1959, había que devolver ese dinero.

Los autos tenían que entregarse funcionando, pues si no arrancaban no se podía ir uno del país. Había que conseguir lo que hiciera falta como fuera.

El día que se presentaba oficialmente la “petición del permiso para abandonar el país” en la oficina central de la zona, había que entregarle al Comité del barrio una copia de dicha petición para que hicieran el inventario. Así nos lo hicieron por supuesto, en nuestra casa y en el dúplex de mi madre, viuda entonces.

Este incluía todo, absolutamente todo lo que había en la casa, no ya muebles, refrigerador  y objetos grandes como lámparas sino también, cubiertos, vasos, latas de comida, bebidas, tijeras, carreteles de hilo, en fin absoluta y totalmente todo cuanto había en la casa excluyendo aquellas “boberías” que les convenían a los del Comité de Defensa que estaban haciendo el inventario. Esto llevó horas y horas en nuestro caso, mañana, tarde y parte de la noche, porque en la planta baja estaban: el garaje, el cuarto y baño de la criada, la sala, el comedor, la cocina, la terraza, el baño y el dormitorio de mis suegros y en la planta alta que era nuestro piso, el estudio con la biblioteca, nuestro cuarto, nuestro baño, una terraza y un armario con los objetos de limpieza.

Acompañe a los del Comité para hacer el inventario en el dúplex donde vivía mi madre. Este consistía en: portal, sala, comedor, cocina, dos cuartos y un baño y también llevó horas y horas interminables.

El día en que llegara el permiso para salir del país ellos volverían a chequear que todo estaba allí, en las dos casas, porque si faltaba algo por insignificante que fuera no se podía viajar. Yo estaba tan cabreada por todo, que les pregunté que si se me rompía un vaso ¿qué iba a hacer? Y me contestaron “que lo guardara roto pero que claro, eso sería solamente una cosa rota” porque no esperaba que personas “educadas” rompieran sus cosas y menos si se sospechaba que era “para perjudicar a la Revolución del pueblo”.

Aquellos hombres que estaban esperando el permiso de salida tenían que ir a trabajar al campo en donde les asignaran, y donde tenían que vivir y estar separados de sus familias.

Así Alberto fue mandado a la agricultura indefinidamente hasta que llegara el “permiso” para irnos de Cuba. Montados en camiones y parados como ganado salió con otros “gusanos” en el primer contingente. A ellos les tocó ir a Nueva Paz, un pueblo pegado a la Ciénaga de Zapata. Eso era todo lo que se sabía. Yo creo que esto empezó en enero de 1967. El no se acuerda.

Allí los dormitorios eran unas naves que habían sido para criar pollos y en las que habían puesto las armazones de hierro de las que colgaban unos sacos de yute para formar “las dos camas”, una arriba y otra abajo. No tenían baños por lo que  tenían que hacer sus necesidades en los matorrales y bañarse en unas duchas improvisadas que ellos mismos armaron ni se sabe cómo. Los comedores eran otras naves con unas mesas y bancos.

Al pasar dos semanas sin que yo tuviera noticias de él, decidí ir hasta las oficinas del Partido Comunista de Nueva Paz para tratar de verlo. Mi suegro quiso ir conmigo y partimos de madrugada hacia allá. Yo llevaba pastillas para la presión arterial alta y no me acuerdo que medicamento más que me dio Pepe, médico y casi nuestro hermano, para justificar el querer ver a Alberto.

En la oficina del Partido Comunista lo localizaron en Cubatey, un caserío tierra adentro a tres kilómetros de Nueva Paz. Nos mandaron a coger el autobús que llamaban “la guarandinga” porque no se podía ir en auto. Al montarnos en ella y saber que íbamos a Cubatey “donde estaban los gusanos” el chófer nos gritó que nos indicaría la carretera donde nos dejaría para seguir a pie, porque para allí no iban ellos. Así lo hizo. Mi suegro y yo nos bajamos donde nos avisó y comenzamos a caminar por un sendero de tierra lleno de árboles. Al cabo como de los quince minutos se vio ya la construcción donde supuestamente estaban ellos. Alberto me dijo después que el me vio a la distancia y nos reconoció, además porque su padre llevaba la boina que tanto le gustaba ponerse. Miranda, “el compañero” que estaba al frente del campamento se puso hecho una  fiera cuando nos acercamos y empezó a preguntar que cómo era que nos habíamos aparecido allí, que no estaban permitidas las visitas y qué sé yo que más horrores. Haciendo pucheros le dije que le traía medicinas a mi esposo Alberto Álvarez. Los hombres que se habían reunido allí le empezaron a decir a ese tipo que me dejara verlo y entregarle las cosas personalmente. Llamó a mi esposo y la verdad es que no nos dijimos ni media palabra, nos abrazamos llorando yo a moco tendido y él por el estilo, le di el sobre con las medicinas y ahí mismo “el compañero” nos grito “está bueno ya y acábense de ir”. Mi suegro no se pudo ni acercar a su hijo.

Volvimos a desandar lo andado y ocurrió algo que aún hoy recuerdo como si hubiera pasado ayer. Empezaron a salir hombres a cada dos pasos con papelitos en las manos, eran pedazos de cartuchos, de papel de baño, de periódicos, con un teléfono y un nombre. Me decían, dígale a mi madre, a mi esposa, a mi hija etc., que yo estoy bien, que no se preocupe. Nos llevamos como quince o veinte de esos papelitos que yo guardé escondidos en mi cartera hasta llegar a casa. Cuando lo hice empecé a llamar a esos teléfonos, varios de ellos de larga distancia, diciendo siempre lo mismo, “yo no sé si Ud. tiene a su esposo, a su hijo, a su padre o a su hermano en los campamentos de los que se quieren ir del país, pero él me dio en un papelito su teléfono y nombre para que le dijera que estaba bien y que no se preocupara”. Me comían a preguntas pero yo no podía contarles nada más que había ido a entregarle medicinas a mi esposo y lo que conté aquí pues no había visto nada de los albergues, además no sabía si todos estaban en el mismo lugar o en varios a la redonda.

A cada treinta días daban permiso para salir a las casas desde el viernes por la tarde para regresar el domingo también por la tarde a Nueva Paz y reportar en las oficinas del Partido Comunista que estaban de regreso. Esa pesadilla duró hasta julio del 1967. Alberto bajó cuarenta libras y estaba prieto, prieto pues tenían que trabajar al sol el día entero,  pues empezaba a las seis de la mañana. Tuvieron que cortar caña, sembrar distintas cosas, cargar sacos, abrir surcos, etc. Los domingos no trabajaban la tierra sino que  tenían que limpiar el albergue, el comedor, arreglar lo que se hubiera roto o dañado y preparar lo que fuera necesario para comenzar la nueva semana de trabajo al otro día.

Al descubrir que Alberto era Contador Público lo pusieron a entrar en una libreta las horas que trabajaban y calcular los centavos que les pagarían por día a cada uno de ellos. El sábado por la tarde que era el final de la semana de trabajo en el campo, él tenía que caminar tres kilómetros para llevar el reporte de lo ganado por cada uno de ellos y entregarlo en la oficina del Partido en Nueva Paz. Allí ellos le daban el dinero para pagarle a los hombres, y mi esposo tenía que volver al campamento caminando otros tres kilómetros. Esto tenía una ventaja pero también un inmenso peligro. La ventaja era que desde Nueva Paz me llamaba y sabía de él cada semana y podía a mi vez dar recados a los familiares de los que se lo pedían. Pero el inmenso peligro era que el viraba caminando por esos tres kilómetros con el dinero para pagarle a los explotados trabajadores esos centavos ganados. Cualquiera podía asaltarlo para robarle si se sabía que llevaba dinero arriba.  Nadie se imagina mi angustia cuando yo sabía que estaba regresando a Cubatey con el dinero,  ni cuánto yo recé para que nadie lo asaltara. Todo era una maldita pesadilla.

Todas las gestiones tomaban largas esperas, y mortificaciones de todo tipo y las hice sola porque mi suegro estaba ya muy viejo para ellas.

En cualquier país democrático del mundo lo único que hay que hacer para salir del país es decidir fecha, y comprar el pasaje del transporte que se elija. En la Cuba castrista la historia era otra.

Gestiones que había que hacer:

Primero: Reportar al Comité de Defensa del barrio que había llegado el telegrama con el permiso para salir del país. Así estaban avisados que eventualmente tendrían que, en la casa de los que marcharían, chequear que todo lo que contenía el inventario estaba allí y que no faltaba absolutamente nada.

Segundo: Ir a una oficina en la calle Cuba entre Chacón y Tejadillo en la Habana Vieja para que dieran el papel oficial necesario para con él ir a Nueva Paz a liberar a Alberto de la brigada de trabajo en el campo. * Tuve aquí una experiencia traumática que contare más abajo.

Tercero: Ir al Partido Comunista de Nueva Paz donde estaba registrado Alberto para que, confirmando que teníamos el permiso para salir del país, me dieran por escrito su autorización para la famosa “liberación de la brigada de trabajo”.

Cuarto: Ir a Cubatey con la susodicha autorización para que mi esposo pudiera regresar conmigo a casa.

*Experiencia traumática que sufrí en la oficina donde daban el papel oficial para la liberación de las brigadas de trabajo… Esa oficina abría a las 8 de la mañana y allí llegué puntual y en el momento preciso en que estaban abriendo sus puertas, y fui la primera en entrar.

Al instante vino un mar de gente corriendo y gritando “a sacar por los pelos a esa descarada colada del vestido azul”. ¡Esa era yo! y no sabía por qué venían corriendo hacia mí tan agresivamente. El miliciano que acababa de abrir, me agarró de la mano y me dijo “corra conmigo hasta aquella puerta”. Empezamos a pasar por varias oficinas hasta una, en la que me dijo “espere aquí” y cogió el papel que yo tenía con el permiso de salir y se fue. Yo estaba lívida con lo que había pasado. Al rato regresó con el que yo necesitaba para ir a Nueva Paz. Me dijo “ahora tiene que salir por el fondo conmigo para que no la vean pues la pueden agredir”. Yo me atreví a preguntarle pero ¿por qué esa violencia contra mí, por ser la primera? Y la explicación que me dio me dejó lívida. “Porque esa gente ha dormido toda la noche a la intemperie alrededor de la Jefatura de la Policía, enfrente, en la Calle Chacón, haciendo la cola para cuando abriéramos entrar y usted llegó sin hacer eso y fue la primera. Posiblemente la hubieran agredido y golpeado bien fuerte por eso la entré por donde ellos no podían pasar”. Yo me eché a  llorar y le dije “mil gracias, yo no tenía ni idea de que eso era así y no lo hice adrede ni mucho menos”. Y como a esa altura todavía estaba asustada por aquellos gritos que me aterrorizaron y la bondad del miliciano que me había ayudado, le dije algo que a lo mejor en otras circunstancias no me hubiera atrevido a decirle a un miliciano. Le dije algo por el estilo de lo que suelo decir cuando alguien me ayuda mucho “que Dios lo bendiga y le pague con creces el bien que me ha hecho”. Y salí de allí por la calle de atrás, llorando y todavía bien asustada.

Nunca supimos cómo ya sabían allí que él iba a ser liberado con el permiso de salida. Lucían medio contentos, con esperanza de que a ellos también les llegaría. Miranda, el jefe de allí solo nos dijo “acábense de ir”.

Al revisar el telegrama con el permiso de salir nos dimos cuenta que éste era solo para Alberto y para mí, ni mi madre, ni sus padres estaban incluidos. Hicimos reunión de familia, decidimos por unanimidad que íbamos a salir nosotros primero, porque Alberto corría ya peligro de que le costara la vida el quedarse en Cuba. Se decía que si había una invasión esas brigadas al campo donde estaban todos los “gusanos” que se querían ir del país iban a ser las primeras en ser exterminadas por las milicias castristas.

El Comité de Defensa del barrio nos “visitó” para aclarar que no iban a hacer el inventario porque los padres de Alberto se quedaban en la casa igual que mi madre en la suya, pero eso sí, que como el carro era de Alberto se les tenía que entregar y funcionando cuando se tuviera la fecha de nuestra la salida del país.

Ya con todos los trámites terminados fuimos a sacar el pasaje para viajar. Entonces, en agosto de 1967, no se podía volar a Estados Unidos directamente, sino a través de un segundo país. Teníamos que ir a España donde vivían tías y primas de Alberto que se habían ofrecido a acogernos hasta que con la residencia pudiéramos partir para los Estados Unidos, que era nuestra meta final. Y había que volar por KLM la única compañía aérea que volaba a España entonces.

Como sólo se podían sacar del país cuarenta libras de efectos personales (con mi madre de ayudante) para que pesaran lo menos posible preparé, de tela, unas bolsas gigantes (a las que también le decíamos “gusanos”) para sacar esas cuarenta libras.

¡Tantas cosas que recuerdo aún! Como Alberto había bajado tantísimo de peso a los pantalones de los dos trajes de invierno que iba a sacar le hice una doblez atrás con imperdibles para que no se le cayeran. Decidimos que uno lo llevaría puesto, aunque estábamos en pleno verano, para poder guardar el otro en el “gusano” y que yo haría igual llevando puesto un traje de vestido y chaqueta de lana y guardando otro en mi “gusano”.

Nos despedimos de mis suegros y de mi madre en nuestra casa porque no permitían que entrara al aeropuerto nadie que no fuera a irse de Cuba. Solamente aquellos hijos que dejaron atrás a sus padres sin saber si los volverían a ver o no, pueden entender el dolor que se siente en esos momentos y peor si se es hijo único como nosotros.

Nuestros amigos Loly y Pepe nos llevaron en su auto con los dos “gusanos de tela” y allí nos dejaron. Al correr los años nos dijeron que pasaron por el aeropuerto varias veces sin entrar por si suspendían el vuelo o nos viraban por cualquier motivo que les diera la gana.

Al entrar nos registraron los gusanos (sacándolo todo en unas mesas que tenían para ello) y además mi cartera de mano. Nos sentaron en unos bancos a esperar a que nos registraran. A los hombres los llevaron uno a uno a un salón privado para revisarlos, y a nosotras nos trataron distinto.

Nunca olvidaré un episodio traumático que sucedió allí en el salón de espera al que le decían la pecera porque era todo de cristales y sin aire acondicionado. Yo tenía a mi lado a una señora joven sola con un niño como de seis o siete años. Tanto Alberto como yo estábamos sudando terriblemente porque teníamos puestos trajes de lana (era agosto). Al cabo de un rato vino una miliciana y nos dijo que contaría hasta un número (creo que era el cinco) y la que cayera con ese número tenía que seguirla para un chequeo personal adentro. Esa pobre señora lo tenía y se tuvo que ir y dejar al niño que empezó a llorar desesperado al ver que lo separaban de su mamá. Yo lo agarré, lo abracé y le empecé a hablar bajito de que fuera fuerte que su mamá viraba pronto y que él era el hombre de la familia,  y qué sé yo cuántas cosas más que se me ocurrieron decirle. El pobrecito se abrazó a mi llorando sin consuelo hasta que ella apareció. Nunca podré olvidar que venía lívida, con los ojos rojos de llanto y con una palidez inmensa. No cruzó palabra solo abrazó a su hijo mientras que los dos lloraban sin parar hasta que la misma miliciana les dijo que si no se callaban no viajarían ese día.

Cuando nos mandaron a abordar el avión, ya dentro, recuerdo que empecé a llorar sin poderme contener porque estaba dejando atrás todo. A mi Patria, a mi madre, a mi padre enterrado en el cementerio, mi casa, ¡mi vida entera!.  Casi todo el mundo estaba llorando sin parar pero calladamente con el temor de que los milicianos  todavía nos podían hacer daño. Luego que todos los pasajeros se sentaron partió el avión en medio de un silencio sepulcral, porque todavía nadie se atrevía a hablar.

Cuando llevábamos ya volando varias horas y el piloto anuncio que estábamos en el “point of no return” o sea que ya no se regresaría por nada a Cuba pareció que se había abierto la puerta de un manicomio. La gente empezó a aplaudir, a reír en medio del llanto, ya no estábamos bajo la bota comunista. Entonces se supo por la boca de algunas de las mujeres, que registraron aparte, lo que las canallas le habían hecho: registros vaginales y anales por las milicianas para “confirmar que no llevaban joyas escondidas”.  Otra vileza más de los castristas.

¡Al llegar a Madrid se inició una nueva vida para nosotros!

Tuvimos la inmensa dicha de tener a la familia de Alberto que nos esperó en el aeropuerto a nuestra llegada a Madrid. A la tía Sophie cuyas primeras palabras nunca he olvidado “seréis en mi casa otros hijos más” y a los primos Mariuca y Toñín que nos abrazaron y comieron a besos y llevaron a su piso en el bendito Parque de las Avenidas, el refugio de cariño que tuvimos cuando más lo necesitábamos, una de las tantas bendiciones de Dios en nuestras vidas.

También tuvimos una gran suerte al inscribirnos en el International Rescue Committee donde trabajaban dos chicas Salcines, sobrinas de Isolina y Leticio, amigos de la infancia de mi madre, que nos ayudaron a inscribirnos y solicitar la residencia americana. Como yo había sacado el pasaporte diplomático de Alberto que tenía porque había ido a misiones del Banco Nacional de Cuba a New York, Washington, Suiza y Haití, recibimos la tarjeta de residentes de Estados Unidos en dos semanas.

Como Alberto pudo empezar a trabajar como Contador en Argón, la subsidiaria de la Union Carbide de New York, decidimos esperar para venir a EE.UU. a que sus padres y mi madre llegaran a España para dejarlos instalados. Yo, aunque mi título de Dra. en Filosofía y Letras era vigente en España, no encontré trabajo de maestra sino de Secretaria Ejecutiva de la firma Manuel Rivera – Importadora y Exportadora. Pudimos ahorrar dinero para pagarnos el alquiler de un apartamento en Hermosilla, en el que pagábamos 4,000 pesetas mensuales con la calefacción incluida. ¡Y vivíamos en libertad!

Tengo infinidad de anécdotas y recuerdos de los primeros tiempos de exiliados tanto en España como al llegar a EE.UU. Pero he querido que este escrito fuera de las experiencias terribles que pasamos al tener que abandonar nuestra tierra por la falta de libertad.

La respuesta de que si valió la pena todo lo pasado para ser libres es un , con mayúscula y letras grandes. Sin libertad no vale la pena vivir, aunque el precio que se paga por tenerla es a veces bien grande. La nostalgia por el suelo donde nacimos y el tener que estar fuera de él es una herida en medio del pecho que nunca sana y hay que aprender a vivir con ella. Pero vuelvo a repetir sin libertad no es posible vivir.

Nunca he vuelto a mi Patria ni volveré mientras que estén los tiranos y el sistema que me forzó a irme. Soy una exiliada no una inmigrante económica y tengo eso bien claro en mi mente y en mi corazón.

Nos radicamos en Miami y emprendí en ella mi carrera de exiliada. Obtuve cinco certificados profesionales del Merit System Examinations; del Fla. Dpt. of Education el Certificado de Maestra para Junior College; y el Master of Sciences in Human Services –Summa Cum Laude de Nova University. Por treinta años trabajé en el Dpt. of Health and Rehabilitative Services, desde Social Worker, a Director of Staff Development and Training en los últimos quince años. En mi carrera recibí treinta y cinco certificados de agradecimiento y ocho placas, la última por mi “liderazgo creativo y  contribuciones al departamento durante toda mi carrera”. Matilde L. Álvarez.

En junio del 2012 Doña Matilde L. Álvarez publicó su primer libro titulado “Perfumes del Mar y mis Recuerdos”, en abril del 2013 “Encuéntrate conmigo en las Estrellas”,  en septiembre del 2014 “El Cofre de mis Recuerdos” y en octubre de 2015 “Con mis blancas gaviotas”. Todos fueron presentados en la Casa Bacardí del Instituto de Estudios Cubanos y Cubano-Americanos (ICAAS) de la Universidad de Miami.

Le deseo muchos éxitos a esa gran dama de la Literatura Cubana que es Doña Matilde L. Álvarez. Su preciosa amistad me honra.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

 

 

 

 

Deja un comentario