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Foto: Lydia N. Zajarieva en 1966.

París, 10 de febrero de 2016.

Mi querida Ofelia:

Conocimos a Lydia en nuestro viaje a Bulgaria en el 2001, ella fue nuestra excelente guía. Es una mujer culta, elegante, bella y simpática, con cual nos mantenemos en contacto desde entonces por correo, internet o teléfono. En el 2003 mi hijo y su novia fueron hospedados por Lydia y su esposo en su bello apartamento de Sofía.

Lydia fue modelo durante 14 años y posteriormente guía de turismo internacional, mientras que Gulko fue violinista de la Orquesta Filarmónica de Sofía. Ellos vivieron en San Cristóbal de La Habana durante cinco años (1967-1972). Gulko fue enviado a La Isla del Dr. Castro para trabajar como violinista de la Orquesta Sinfónica Nacional. Al mismo tiempo era profesor de violín del Conservatorio Nacional.

Cuando pasamos una bella velada en su apartamento de Sofía, pudimos ver numerosos recuerdos cubanos y fotos sacadas por ellos en Cuba en aquellos años. Seguramente que nos cruzamos en alguno de aquellos lugares: cines, teatros, parques, restaurantes, playas, etc. Es una lástima que no nos hubiéramos conocido en aquella época. Nos contaron numerosas anécdotas sobre la picaresca cubana y sobre algunas personalidades que no me creo autorizado a contar aquí.
Le pedí a mi única amiga búlgara si me podía escribir su testimonio a propósito de cómo vivió la transición del comunismo a la democracia. Aquí te lo envío.

Lydia- “En 1989 inesperadamente llegó el cambio. El Comité Central del Partido Comunista se reunió de pronto en La Asamblea Popular (Parlamento). Normalmente lo hacían sólo dos o tres veces al año. En los tranvías, por la televisión, por todas partes, se hablaba de que después de 35 años de poder absoluto, acababan de cambiar al presidente Teodoro Zivkov. Esa era la causa de la reunión extraordinaria del Comité Central del P.C.B.

Mi esposo y yo no podíamos creer lo que veíamos por la televisión, porque después de tantos años viviendo bajo el comunismo, a pesar de estar hartos de aguantar ese sistema político, no pensábamos que algún día se vendría abajo como un castillo de naipes.

Las gentes empezaron a salir de sus casas para reunirse y hacer comentarios sobre lo que estaba sucediendo y comenzaron a organizar conciertos y marchas de protestas en el centro de Sofía, en la Plaza Alejandro Nevski. Las plazas y avenidas estaban repletas de gentes que tenían la voluntad de cambiar de vida, llenas de esperanzas por un futuro mejor, de Libertad para ellos y sus hijos.

El invierno se aproximaba y ya hacía mucho frío, pero no sólo los habitantes de Sofía ocupaban las calles, sino también numerosas personas que llegaban desde las provincias para compartir la alegría que reinaba por todas partes.

Yo sentía una gran alegría, pero al mismo tiempo inquietud. No sé cómo explicar esta mezcla de sentimientos. Quizás debido al temor a un porvenir lleno de incertidumbres. Nadie sabía lo que pasaría después del cambio que a todas luces se estaba produciendo.

Recuerdo muy bien que cuando pasaron unos meses llegó una penuria sin precedentes, las tiendas de comestibles estaban vacías. Me tenía que levantar a las cuatro de la madrugada para hacer una cola de tres o cuatro horas en una cremería. A cada uno nos vendían dos tarros de yogurt y un litro de leche. No había carne ni aceite, ni siquiera pan. Sólo se veían colas por todas partes. El aparato productivo y de distribución del comunismo se había derrumbado, pero no se había creado uno nuevo para abastecer a Sofía, ni siquiera de lo más necesario.

Posteriormente, cuando se normalizó la situación de los abastecimientos de comida, empecé a sentirme contenta, porque pensaba que se había acabado la época de los productos de baja calidad: zapatos, muebles, ropas, telas, etc. Durante el período comunista la producción de calidad se enviaba hacia la Unión Soviética y a cambio recibíamos petróleo y coches Moskvich o Ladas. Yo soñaba con poder comprarme productos italianos o franceses. ¡Qué ingenua era!
Mientras tanto, se formaban nuevos partidos políticos que llegaron a ser más de 200. Claro que los ex comunistas estaban como perros rabiosos, no sabían qué hacer ni cómo actuar.
Desgraciadamente pronto se dieron cuenta de que debían buscar la forma de reciclarse para seguir en el poder y obstaculizar el paso a los verdaderos demócratas. Muchos de ellos cambiaron casaca y de un día para otro se autoproclamaron “demócratas”, para seguir “chupando” la sangre del pueblo.

Mi querido amigo cubano, en dos palabras te puedo resumir que los comunistas nunca pueden cambiar de ideas, siempre seguirán siendo los explotadores y ladrones del dinero del pueblo. En estos momentos ésa es la situación en mi país.”

Un gran abrazo desde la Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

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Hispanista revivido.

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