Testimonio de Maribel Moya sobre su viaje hacia la Libertad

Raúl, Maribel y Raulito. La Habana 1983

Foto1: Raúl, Raulito y Maribel. San Cristóbal de La Habana, 1984.
Foto2: Raúl y Maribel. San Juan, Puerto Rico, 1995.

París, 19 de febrero de 2016.

Mi querida Ofelia:

Te envío el testimonio de mi querida amiga Cuqui, donde me cuenta cómo pudo lograr salir de Cuba en unión de su esposo e hijo, y llegar hasta las tierras Libres de esa bellísima isla que es Puerto Rico. Es un ejemplo más de cómo los cubanos logramos encontrar diferentes vías para escapar de La Isla del Dr. Castro.

Como bien sabes, hemos disfrutado de la compañía de Maribel, Raúl y Raulito en nuestros viajes a Puerto Rico y en los de ellos a París. Son viejos amigos inolvidables que poseen el sentido de la hospitalidad y cuya generosidad no tiene límites.

Maribel Moya Benítez: “en 1976 conocí al que hoy es mi esposo, Raúl Pérez de Armas. Yo era estudiante universitaria y él un excelente ingeniero eléctrico, recién graduado de la Universidad de la Habana y trabajaba en la Empresa Eléctrica en La Habana Vieja. Fue un flechazo a primera vista; desde el primer momento nos volvimos inseparables.

Yo nací en el 1957, en el seno de una familia muy pobre, en la provincia de Las Villas. Raúl, todo lo contrario; por haber nacido en el 1949, conoció la parte cómoda del capitalismo, porque él nació dentro de una familia de la clase media alta y su infancia transcurrió entre la ciudad de La Habana y la hacienda que poseía su familia en los campos de Mayajigua, en Las Villas. En el 1959 llegó Fidel Castro al poder e hizo tantas promesas que no ha cumplido; pero mi familia para esa época creyó en él y se me inculcó el amor por el nuevo sistema político; además de la exigente educación comunista que recibía, donde se me enseñó a que todos las personas que salían de Cuba, llegaban a U .S.A. a mendigar o a prostituirse; por lo tanto para mí el exilio siempre significó algo terrible e irrealizable.

De la mano del que era mi novio comencé a conocer lo que en realidad encerraba aquel sistema comunista que lo querían pintar como lo más democrático y libre del mundo: ¡Qué falsedad! Conocí la historia de cómo encerraron a su padre en la cárcel y le quitaron a su familia lo que con tanto trabajo y esfuerzo habían logrado.

En el 1977, Raúl viajó a Japón para supervisar una planta eléctrica que los japoneses iban a instalar en Cuba; por supuesto que él no era del P.C.C., por lo tanto no podía viajar; pero los ingenieros japoneses plantearon que él era el profesional más capacitado para esa tarea y si no iba él, no iba nadie; entonces lo enviaron acompañado de otro ingeniero. Conociendo sus ideales, pensé que jamás volvería y que nuestra relación había terminado. ¡Qué gran sorpresa recibí aquella tarde cuando tocaron a la puerta de la casa donde yo vivía! Y al abrir, era Raúl, a partir de aquel momento nuestro amor se fortaleció y jamás olvidaré cuando él me dijo: “Mary allá afuera hay un mundo completamente diferente y que tú no conoces”. Me contaba de la libertad, las supercarreteras, las tiendas, la comida, la cultura; en fin un mundo que se me hacía difícil comprender.

En 1978 en el segundo viaje que entraba a Cuba de la “Comunidad Cubana en el Exterior”, llegó el hermano de Raúl, Manuel Pérez de Armas, junto a su esposa Ma. Elena Pérez Espinosa, empresarios radicados en Puerto Rico. Yo quedé muy impresionada cuando los conocí. Me habían enseñado que los cubanos en el exilio pasaban hambre; por lo que nos pasamos una semana comprando comida en la bolsa negra; porque llegaba la supuesta familia de mi novio, muy necesitada de ser alimentada y al verlos y abrazarlos, sentí un físico saludable y sobretodo bien vestidos, perfumados y muy bien alimentados; los que estábamos enjutos y con un olor desagradable, éramos los que vivíamos en aquella isla “tan libre.”

La familia trajo chocolates, uvas, jamón, dulces, cereales, etc., y los que residíamos en Cuba devoramos en un abrir y cerrar de ojo todo el suministro que ellos habían llevado; en fin que los que necesitábamos comer éramos nosotros y no ellos. Hacía 15 años que aquellos hermanos que habían sido inseparables, se encontraban de nuevo y al ver aquel abrazo y las lágrimas tan profundas que brotaban de los ojos de ambos, me hizo pensar que estaba muy próxima a perder a Raúl, aquel reencuentro me hizo ver que ya no se iban a separar por tanto tiempo. El corazón se me encogió; pero no se lo hice saber.

En el 1977 comencé a padecer Diabetes Mellitus y mi salud se deterioraba a una velocidad increíble. En ocasiones se me hacía imposible conseguir la insulina, por lo que me pasaba días sin inyectarme la dosis correspondiente; por lo tanto iba directo a Cuidados intensivos por varios días. Hoy me atienden excelentes médicos, tengo la mejor insulina y nunca me he visto en un hospital por un coma diabético.

En 1980 se dan los sucesos de la salida masiva de cubanos por el Puerto del Mariel; por supuesto que el hermano de Raúl fue a buscarlo en un yate alquilado en Miami. Yo estaba dando clases cuando Raúl se paró en la puerta de mi salón de clases y me pidió que saliera a la calle porque tenía que hablar urgente conmigo. Pensé que a sus ancianos abuelos les había sucedido algo. ¡Qué sorpresa me llevé! Me pedía que abandonara el país con él. Presta y veloz le dije que no; él me rogó y yo le expliqué que sólo éramos novios, yo no tenía familiares cercanos del otro lado y encima era una mujer enferma, que lo decidiera él y viajara sin mí. Esa noche caí en un coma diabético y me ingresaron en la sala de Cuidados intensivos del Hospital Calixto García.

Recuerdo que yo estaba sin conocimiento y nada me hacía despertar y después de varias horas, escuché muy lejano la voz de Raúl diciéndome: “yo no te voy a abandonar, si tú no vas yo tampoco”. Mi alegría y recuperación fue tan buena que al amanecer me dieron de alta. Esa ha sido una de las pruebas de amor más grande que he recibido en la vida y desde esa noche supe que mi vida sin él no era nada.

En 1982 nos casamos y en el 1983 nació nuestro único hijo: Raúl Pérez Moya. ¡Qué felicidad nos embargaba! Cuando el bebé cumplió 3 meses, Raúl me manifestó la intención que él tenía de abandonar el país junto a nosotros y le dije que ni conmigo ni con nuestro hijo contara. Al pasar tres meses más, escuché que estaban movilizando jóvenes de entre 15 y 17 años de edad para ir a la guerra de Nicaragua. Mi esposo me miró a la cara y me dijo: “¿Eso es lo que tú quieres para nuestro hijo?”. Le dije que primero me mataban a mí o yo me escondía con él en una cueva, entonces él me dijo: “Tú crees que la mayoría de las madres ¿no han pensado lo mismo? Es imposible, el Servicio Militar en Cuba es obligatorio a partir de los 15 años”. Yo hice silencio y esa noche no dormí, al otro día cuando mi esposo regresó del trabajo, me le acerqué y le dije que se pusiera en contacto con su hermano y organizara la salida definitiva de nuestra patria. Jamás expondría a mi hijo a los caprichos de un gobernante que no enviaba a sus hijos a ninguna guerra; pero a los del pueblo sí.

El tiempo que vivimos a partir de esa fecha hasta el 4 de junio de 1985 (fecha en la que salimos definitivamente de Cuba) fue agonizante. Al plantear mi esposo en su trabajo la intención de abandonar definitivamente el país, lo trasladaron de manera arbitraria a un campo de construcción donde tenía que trabajar como cualquier otro constructor y le prohibieron a los que allí estaban que se refirieran a él como ingeniero. El salario se lo redujeron tanto que no alcanzaba ni para comprar la leche para nuestro bebé. Yo estaba de licencia médica por el parto y cuando me presenté en el Ministerio de Educación, donde era obligatorio que informara la decisión que había tomado. Los grandes directivos se reunieron y en pocos minutos decidieron que yo no podía continuar enseñando en ninguna escuela, porque era una mala influencia para los estudiantes y los iba a desviar ideológicamente. Les dije que necesitaba trabajar y con una sonrisa burlona la persona que me atendió me dijo que lo único que tenía para ofrecerme era limpiar las tumbas del cementerio Colón de la Habana por unos centavos. Me enfurecí tanto que le dije que no aceptaba y que yo sólo entraría ahí, si me moría antes de salir de Cuba. Con una risa muy burlona me dijo: “Ya veremos” y me cerró la puerta en la cara.

Yo me quedé en casa cuidando al bebé y mi esposo trabajaba tan duro que se le hicieron unas yagas tan grandes en sus manos, que se le hacía imposible sostener los instrumentos de trabajo como el pico y la pala; como no había medicinas para curarlo, un campesino que sintió pena por él, se le acercó a escondidas de los guardias y le dijo que cuando llegara a casa se orinara en sus manos para curar aquellas ampollas. Fue una cura muy cruel y sucia; pero resultó. Sus manos se volvieron bien callosas, la piel se le endureció y ya dolía menos.

Para preparar nuestra salida nos dirigimos a la oficina gubernamental Intercónsul, en el Vedado, Habana, donde único se podían realizar los trámites para poder salir legalmente de nuestro país y allí nos atendió un alto oficial militar que vestía de civil y respondía al nombre de Rumbau. Nos pidió seis mil dólares y mi cuñado debía entregárselo en Miami a una Sra. cubana que se encargaría de los trámites. A la Sra. La vimos una vez en Cuba y confiamos en ella porque aparentaba guardar una gran amistad con el oficial. Nunca más la vimos y nuestra familia tampoco le consiguió. El oficial cubano fue trasladado de oficina, nos enteramos de que estaba trabajando en el aeropuerto de La Habana y siempre estuvo inaccesible para nosotros; por lo tanto fuimos estafados.

Al cabo de unos meses volvimos a la oficina del gobierno y conocimos allí al Capitán Sánchez Lima. Era el nuevo encargado por el gobierno de dirigir los trámites. En la primera reunión nos preguntó si teníamos familiares en el exilio, dispuestos a financiar nuestro viaje. Le dijimos que sí; pero cuánto era y nos contestó que esa conversación sólo la tendría con el hermano de Raúl en persona; por lo que mi cuñado tuvo que hacer los arreglos y viajar a La Habana. El día que fuimos a la oficina del Capitán no nos permitió ni a mí ni a mi esposo estar presentes en dicha entrevista, serían sólo él y mi cuñado. La entrevista duró aproximadamente una hora. Al salir mi cuñado, camino de la casa, nos contó los acuerdos:

1ero. Debía entregar veintiocho mil dólares a tres personas diferentes en la ciudad de Miami y a su vez ellos depositarían en bancos diferentes.

2do. Inmediatamente que el dinero fuera pagado él conseguiría que los respectivos Ministros de nuestras profesiones nos liberaran y autorizaran nuestra salida.

3ero. Los trámites demorarían aproximadamente 3 meses.

4to. Saldríamos con Visa “Legal” hacia Panamá y el costo de las tres visas sería de doce mil dólares que ya estaban incluidos en el dinero entregado en Miami.

5to. Que el resto del dinero lo utilizaría para sobornar y conseguir la salida de mi esposo ya que el gobierno de Cuba planteaba que no podía salir hasta después de pasados dos años, porque él dominaba “¿Secretos de estado?” Esta fue la mayor manipulación por parte del Capitán para sacarle el dinero a la familia.

Al ver que había pasado casi un año y todo había quedado en promesas; decidimos una jugada que nos resultó muy útil: Le escribimos una carta al “Estimable Comandante en Jefe” con copia al Ministro del Ministerio del Interior: Ramiro Valdés. En dicha carta alabábamos la “labor encomiable realizada por el capitán Sánchez Lima”, el dinero que se le había pagado a él y la estafa del oficial Rumbau. Cuando se la leí por teléfono, me pidió que fuera a verlo urgente a la oficina. Cuando llegué, inmediatamente él empezó a leer la carta y me percaté de la forma en que temblaba y palidecía; entonces me pidió cuatro días para hacer una gestión. Yo le dije que no había problemas que si él no me llamaba antes de los cuatro días, yo pondría las cartas en el buzón; él intentó devolverme la que estaba leyendo y le dije que no se preocupara que esa copia era para él, porque las demás cartas ya estaban preparadas. Con mucha alegría recibimos una llamada urgente al segundo día; era el capitán informándonos que ya podíamos hacer los trámites del pasaporte para poder viajar. Le pregunté cuál era el vuelo más cercano para salir hacia ciudad de Panamá, me informó que era por Cubana de Aviación el 4 de junio del 1985 y que él se encargaría de todo, y así fue.

Queríamos llevarnos nuestros títulos universitarios, lo cual para esa época estaba terminantemente prohibido. Hablamos con Sánchez Lima y nos pidió cuatro mil pesos cubanos, ya que no él nos los entregaría en el aeropuerto antes de salir definitivamente. Mi bebé lloraba mucho, él percibía el susto de su madre.

Momentos antes de salir el avión, el capitán se acercó muy amable y nos enseñó el sobre con los documentos que le habíamos entregado a él y nos dijo que un oficial militar se iba a acercar a nosotros cuando estuviéramos sentados dentro del avión y nos iba a entregar el sobre. No podíamos abrirlo hasta que llegáramos a Panamá, debíamos guardarlo con mucha naturalidad y así fue, cuando yo vi frente a nuestros asientos a aquel moreno forzudo y con un arma tan grande, pensé que se había fastidiado todo; pero nos dijo que el sobre se nos había caído y que él lo recogió y nos lo alcanzó.

Era la época de Manuel Antonio Noriega. Al llegar al aeropuerto de Panamá, nos llamó la atención que había un escritorio, aparte, con dos miembros de la Seguridad del Estado de Cuba. Mandaron a detener la fila y pidieron que los que vinieran en ese vuelo con salida definitiva de Cuba debíamos pasar por una supervisión de documentos, realizada por ellos. Pasó mi esposo, mi bebé y cuando es mi turno me dicen que yo tenía que regresar en el mismo avión para La Habana si no pagaba una cantidad de dinero que ellos me dirían y nos retiraron los pasaportes cubanos.

Seguí la fila para pasar Inmigración de Panamá; no podía entender lo que estaba pasando. Al ratito un rico empresario cubano radicado en Panamá, y cuyo apellido no recordamos, fue a recoger una pareja de médicos que vinieron en el mismo vuelo y por entregar su mansión en el barrio de Miramar, les habían dado la salida de Cuba para que se reunieran con sus padres en Miami, ya que el gobierno estaba muy interesado en la casa donde residían y que los padres de uno de ellos se la había dejado. Siempre quise agradecerle en persona lo que el Sr. había hecho por nosotros, cuando ya libre y como una verdadera turista al cabo de los veinte años de habernos exiliado regresamos a Panamá, nos enteramos que había fallecido, que pertenecía a la Asociación Cubana Americana, era un gran defensor de la libertad para Cuba y ayudaba a todos los exiliados que lo necesitaban.

Él fue y habló con unas personas y al rato regresó y nos dijo que podíamos salir; pero que el jueves en la mañana teníamos que pasar por la Embajada cubana a recoger los pasaportes; entonces él nos aconsejó que no fuéramos y tratáramos de salir cuanto antes de Panamá (iban a pedir más dinero o nos devolvían). Por supuesto que no fuimos a la Embajada, recuperamos nuestros pasaportes quince años después, a través de la reclamación que hicimos en el Consulado de Panamá establecido en Puerto Rico. Permanecimos escondidos en la ciudad durante cuatro días y con un pánico terrible, sólo de pensar que nos descubrieran y no pudiéramos alcanzar nuestra meta: ¡Ser Libres!

Finalmente, después de algunos contactos, logramos salir con pasaportes costarricenses muy temprano en la mañana del viernes 8 de julio de 1985 (Nuestro Aniversario de Boda). Mi esposo viajaba como un ejecutivo de negocios y yo aparte como una turista con una niña, tuvimos que vestir a mi hijo con ropa de nena, ya que no aparecían más pasaportes que coincidieran en edad y sexo. El viaje había que hacerlo cuanto antes. Después de muchas vicisitudes logramos llegar a un hotel en Miami y parecíamos esclavos fugitivos, debido a la manía de persecución tan grande que traíamos de Cuba. Yo me negaba a hablar o ver a alguien; pensaba que igualmente los de la Seguridad del Estado cubano, nos iban a encontrar. Nos mantuvimos en la ciudad de Miami, Florida, durante una semana, realizando todos los trámites de inmigración y cuando fuimos autorizados, viajamos a Puerto Rico, donde vivimos treinta años muy bien instalados.

Me gradué en el 1980 con un master en Pedagogía, especialidad: Español, en el Instituto Superior Pedagógico Enrique José Varona. Recuerdo que al estudiar Historia del Arte, me abstraía cuando la profesora daba la clase y ella nos comentaba sobre la arquitectura, pintura y escultura existente en Oriente y Occidente. Siempre me prometí que algún día realizaría mi sueño al visitar aquellos fantásticos lugares de los cuales la profesora nos hablaba; pero que no podíamos ver, porque ni láminas existían.

En 1999 ya residiendo y trabajando en el prestigioso Colegio Nuestra Señora de La Piedad, ubicado en San Juan de Puerto Rico, gané una beca del Ministerio de Relaciones Exteriores de España para realizar estudios relacionados con el Arte, Historia y Literatura española, para profesores de Español que radican en U.S.A.

Recuerdo cuando visité por primera vez el Museo del Prado y al estar frente a las Vírgenes de Murillo y entrar a la sala de Goya, empecé a llorar tan fuerte que la profesora se asustó y suspendió la clase; cuando al fin le pude contar que me había emocionado tanto que no podía parar de llorar; ella me abrazó y me dijo: “Ya eres libre, no sufras; disfrútalo”. Cuando estuve frente a la Mona Lisa en el Louvre, Francia, empecé a temblar, porque me parecía imposible que yo estuviera apreciando aquella famosa obra del maestro del Claroscuro: Leonardo de Vinci. Lo demás es historia. He viajado mucho a Europa, Norteamérica y a América Latina y no puedo retirarme del lugar sin recibir una dosis de aquel Arte que estudié; pero que no lo había podido apreciar ni en los libros.

Hoy mi esposo está jubilado, fue Vice-Presidente de una prestigiosa Compañía de construcción eléctrica, donde ejerció su profesión; nuestro hijo ha seguido los pasos de su padre y se graduó de Ingeniero eléctrico.

Nos sentimos orgullosos por la decisión tomada. Somos libres de mente, palabra y acción y vivimos dentro de una pujante y laboriosa Comunidad cubana, la cual es muy respetada y admirada.”

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.