El testimonio de Fefita Betancourt

La Habana. Al centro la iglesia de Nuestra Señora del Carmen.
La Habana. Al centro la iglesia de Nuestra Señora del Carmen.

París, 16 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

¿Te acuerdas de Fefita? Aquella dulce y simpática muchacha, cuya madre poseía una belleza criolla espectacular, que vivía a sólo a una manzana de nuestro hogar habanero. Yo la conocía de vista, pero en realidad comencé una bella amistad con ella hace más de cuarenta años, en la fiesta de quince años de Leti, la hija de tu inolvidable amiga Esther. Después Fefita se casó con un apuesto joven, amigo de mi padre y así se consolidó nuestra amistad de adolescentes.

En 1980, mi esposa y yo fuimos expulsados de nuestros trabajos, humillados por el “glorioso” C.D.R. Leopoldito Martínez y sus tres líderes máximos: Fina Down, el viejo Arrans y Ramón Vázquez, tras el bochornoso mitin de repudio. Mi hijo de cuatro años fue expulsado del Círculo Infantil por “escoria”, etc. Fue entonces cuando Fefita me confió que estaba haciendo trámites en la Embajada de Francia para tratar de obtener una visa que le permitiera irse hacia ese país europeo. Se me ocurrió intentar lo mismo e ir al consulado francés en La Habana para llenar los formularios de solicitud de visas. Logré entrevistarme con el cónsul y… gracias a Dios, hoy gozo de la más total Libertad en la ciudad más bella y culta del mundo, en este gran país, del cual tengo el honor de ser ciudadano.

Le pedí a Fefita que me diera su testimonio. Aquí te lo envío.

“Yo no tengo nada importante que contar, con respecto a lo ya publicado por otras personas. Sin embargo deseo contribuir con un modesto granito de arena a tu próximo libro.

Mi salida de Cuba no tuvo una motivación propiamente política; nunca fui perseguida, contrariamente a tantísimos compatriotas. Sin embargo, había en mí, desde muy joven, un gran deseo de conocer el mundo, de ir más allá de las costas de la isla. Vivir solamente en ella, en mi isla, sin la posibilidad de salir y entrar libremente, me ahogaba, me deprimía. Sabía entonces que en lo adelante mis estudios superiores, mi vida privada, serían programados por un sistema, donde planes individuales no tenían lugar y así fue. Recuerdo que un día, en mi trayecto cotidiano entre la escuela donde estudiaba y mi casa, me percaté de que si a los quince años no tenía la posibilidad de soñar, de hacer planes, entonces no valdría la pena permanecer para siempre en mi país. A partir de aquel momento la idea, casi imposible entonces de partir, no me abandonó nunca.

Comencé estudios universitarios, que no pude terminar, con la gran preocupación de que me enrolaran en la U.J.C. (Unión de Jóvenes Comunistas) y más tarde en el P.C. (Partido Comunista). Fue ese el camino de muchos, que por temor a decir no, ante la proposición de un jefe, cayeron en tal trampa socio política, contra su voluntad. ¡La presión era tremenda! Yo pude, con entereza- modestia aparte-, escaparme de todo aquello. No me atreví a casarme por la iglesia, aunque era mi sueño. Casarme en la iglesia de Nuestra Señora del Carmen, allí donde había tomado la Primera Comunión muy discretamente por cierto, siempre lo deseé. En aquel momento, para ellos la religión era “el opio de los pueblos” y se estigmatizaba como muy ligada a la sociedad burguesa, “L’Ancien Régime” que el poder fustigó desde su llegada.

Tampoco había querido tener familia en Cuba. Sin la posibilidad de vivir independientemente, traer al mundo a un inocente en las condiciones de aquella sociedad, para hacerle vivir mi pesadilla, era cruel e irresponsable. Aunque mi esposo y yo no teníamos la más remota posibilidad de salir de allí, fuimos optimistas y decidimos esperar. La esperanza es lo último que se pierde.

En los años setenta, conocí a quien hoy es mi esposo. Él había conservado una relación casi familiar con su antigua profesora de francés, lo que hizo que estuviera ligado a través de ella a la cultura y a la comunidad francesa en La Habana. Fue así, que después de múltiples dificultades y gracias al apoyo de la familia de esta señora, logramos salir de Cuba e instalarnos en París. Por supuesto, los primeros tiempos fueron difíciles. Yo no hablaba francés y eso me marginó durante unos dos años en la nueva sociedad a la cual debía incorporarme. Muchos compatriotas que me leerán pasaron por ese proceso. Después de un curso intensivo de francés, en la Alianza Francesa de París, comencé a existir; podía intercambiar con los otros.

Tuve suerte, me hice bibliotecaria y documentalista en Francia, como lo había sido en la Secundaria Básica, de la Manzana de Gómez, en La Habana. A propósito y en un plano anecdótico, viene a mi mente aquella militante comunista que probablemente para demostrar su celo revolucionario, no me dejaba tranquila, denunciándome a la superioridad por mi supuesto diversionismo ideológico, nocivo a su juicio para el alumnado. Pecado absoluto: yo me vestía con ropa “de afuera” y no con los trapajos que vendían por la libreta de abastecimientos.

Recuperar en Francia mi profesión y ejercerla, me llenó de optimismo. Me ayudó mucho a incorporarme a la cultura francesa, pero en realidad mi verdadera aclimatación, mi plena integración social, se produjo a partir de 1985. Ese año nació mi hija, nuestra hija, que tanto habíamos añorado. Nuevos objetivos personales se perfilaban con firmeza: verla crecer dándole una buena educación y la mejor formación posible. Contrariamente a lo que me habían tratado de meter en la cabeza aquéllos-los alabarderos de la dictadura-, en mi isla, el sistema capitalista permitió ofrecerle excelentes estudios superiores a mi hija, hacerle descubrir el mundo y trasmitirle los valores en los que mis padres me habían educado.

Pasados los cinco años requeridos, solicité y obtuve la ciudadana francesa. Como tal, tenía derecho a votar en las elecciones. Cuando llegó el día de mi primera cita electoral, mis colegas de trabajo y amigos, al decirles que nunca había votado, pensaron que estaba bromeando. Cuando insistí, se burlaron de mí y me dijeron que no era posible. Tomé el tiempo necesario para explicarles a qué en Cuba le llaman elecciones. Con mucha dificultad, comprendieron, a regañadientes , que , yo estaba hablando en serio. Esto ocurrió cuando tenía 32 años. Era la primera vez que elegía libremente a un candidato.

Si hago un balance mis de mis años de exilio, puedo afirmar, sin titubear, que han sido positivos: tengo una linda familia, y somos Libres.” Josefina Betancourt

Con este testimonio de Fefita y los precedentes, quiero demostrar que los dos millones de cubanos que hemos logrado llegar a tierras de Libertad procedemos de todos los orígenes sociales, étnicos, religiosos y políticos de nuestra querida Patria. Desgraciadamente los tontos útiles por estos lares continúan a tratarnos a todos como “la mafia de Miami”. Otros supuestos “disientes” son tan intransigentes, soeces y comecandelas que se dedican de esa forma a hacerle propaganda al régimen de los Castro. Por medio de difamaciones, tratan de dividir a los cubanos que soñamos con una Cuba Libre y Democrática, con todos y para el bien de todos, como escribió un verdadero gran hombre.

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.