Testimonio de Julito Prado

Vista actual de la escalinata de la Universidad de La Habana, alrededor de la cual transcurrieron muchos años de mi vida antes de mi salida hacia Francia en 1981. Nótese el local cerrado de la antigua Librería Alma Mater en la cual trabajé dos años antes de su cierre definitivo.
Vista actual de la escalinata de la Universidad de La Habana, alrededor de la cual transcurrieron muchos años de mi vida antes de mi salida hacia Francia en 1981. Nótese el local cerrado de la antigua Librería Alma Mater en la cual trabajé dos años antes de su cierre definitivo.

París, 18 de marzo de 2016.

Querida Ofelia:

Te envío el interesante testimonio de Julito. Nos conocimos hace ya más de treinta años y hemos tenido la oportunidad de compartir junto a nuestras respectivas familias en París, Londres y Miami. Deseo demostrar- como si fuese necesario- que contrariamente a lo que proclama la propaganda castrista, tan repetida por los “tontos útiles” que pululan por estas tierras del Viejo Mundo, el exilio y la emigración cubanos compuesto por cientos de miles de cubanos incluye en su seno a personas que pertenecieron a todas los estratos sociales, grupos étnicos, religiones e ideas políticas que han existido en nuestra Patria antes y después de la llegada al poder de los tristemente célebres hermanos Castro el 1° de enero de 1959.

-“Tu deseo de saber cómo logré «ser libre» porta el germen de la ambigüedad porque …¿somos verdaderamente «libres» si en la realidad no podemos -por las razones que se saben- ir cuando nos plazca a la tierra que nos vio nacer? Dejando tal «previa» a buen recaudo te explicaré como llegué a Francia a principio de la década de los ochenta.

Siempre he pensado, y esto es una manera reaccionaria de razonar, que no fue práctico para mí tener poco más de 15 años el 1ro. de enero de 1959 . No había tenido la edad para participar en el combate de parte del pueblo cubano contra el régimen autocrático de Fulgencio Batista, no había concluido aún el bachillerato y estaba lastrado como tantísimos otros por un desconocimiento casi absoluto del contexto del mundo de la postguerra y subsecuente Guerra Fría en plena mitad del siglo pasado. No obstante, no estaba cegado y eso lo debo a mi padre, y también a algunos de mis profesores. Había sido testigo cercano de hechos capitales como los asaltos a Radio Reloj y al Palacio Presidencial, sin olvidar la también fallida acción contra el matancero Cuartel Goicuría. La Sierra Maestra y las lomas del Escambray estaban totalmente fuera de mi ámbito. En aquellos tiempos tan particulares y difíciles, mis padres vieron rodar por el piso buena parte de sus proyectos. Así se llegó al enero de marras bajo una precaria situación que pivoteaba alrededor del único sueldo que entraba en casa, el de mamá. Ella era maestra de una escuela pública y a mi padre lo habían cesanteado por razones de política politiquera a principios de 1958, de su magnífico puesto en el Ministerio de Hacienda, al tiempo que la práctica privada de su bufete no aportaba prácticamente nada.

Mientras que los jóvenes y los no tan jóvenes combatían o resistían como podían al batistato, mi padre debió intervenir gracias a sus muchas relaciones en favor de más de uno de los que habían ido a parar a los calabozos de Batista. Un día, en Matanzas, vi horrorizado las espaldas laceradas por el bicho‘e buey de dos de mis primos mayores, quienes al día siguiente partieron hacia Milwakee. Paralelamente en la escuela privada donde estudié durante once años, había varios «grandes» que estaban en el “ajo”. Entre ellos algunos desaparecieron de las aulas y posteriormente se supo que habían partido dos a Miami como exiliados, otro a la Sierra Maestra. Todos, incluyo a mis dos primos, reaparecieron como tenientes rebeldes de la clandestinidad a mediados de enero del 1959. Durante las mismas semanas se decía que Santiago de Cuba sería en lo adelante la capital cubana y proliferaban unas inéditas pintadas de “Cuba Federal”. También se repetía que todos los exámenes realizados durante el curso anterior serían anulados obedeciendo a una especie de gesto solidario con los estudiantes que habían luchado contra el régimen de Batista… la típica manía cubana de «las bolas.»

A la euforia inicial sobrevino para mí en muy pocos, pero verdaderamente en poquísimos meses, la desilusión y la inquietud. Que así fuera lo debo en primer lugar a mi Padre pero diría que en mayor medida al profesor que nos impartía por entonces Química I y II. Se trataba de un catalán que había sido teniente coronel del ejército republicano español hasta la debacle en la Barcelona de 1939. En la desbandada posterior al «no pasaran» -que sí pasaron, por cierto- fue a parar a Perpiñán luego de atravesar penosamente los nevados Pirineos con mujer e hijo de meses. A continuación fue acogido como a tantos otros por el México de Lázaro Cárdenas. Pero ya en 1943 vivía en La Habana. Hombre de ideas de izquierda si uno había, ya no pensaba igual en 1959 que en 1939 y portaba la «experiencia del poder» -para utilizar la formula de Marcelino Domingo- y el sufrimiento de una guerra fratricida bajo la férula de un extremismo sectario como raramente jamás fue vista en otros escenarios. Poco se ha reflexionado, menos se ha difundido – aquí los historiadores tendrán un día tela por donde cortar si los archivos no son escamoteados – acerca de la influencia de parte del exilio republicano español en las luchas contra Batista, en la toma del poder por Fidel Castro y en el vertebrar un incipiente poder hegemónico fidelista. Mi profesor «sabía.» Como más allá del aula, era visita de su casa por mi amistad con su hijo, tuve tiempo sobrado de beber de lo que él había vivido, incluso más que su propio hijo.

Los años 1960 y 1961 fueron en Cuba de una violencia inédita en lo político y sobre todo en lo social. Cuando en abril de 1961 se produjo el desembarco en Bahía de Cochinos, con el desenlace que se sabe, concluyó el período durante el cual los que se marchaban de la isla lo hacían pensando que retornarían unos seis meses más tarde. Pensaban que los americanos resolverían el Caso Cuba, porque “no iban a tolerar un régimen comunista a 180 kms, de sus costas”. Todos aquellos ingenuos ignoraban que las cartas estaban marcadas y que un período de eterna complacencia y tolerancia para con el castrismo y su Líder Máximo acababa de comenzar. La llamada Crisis de los Mísiles de Octubre 1962 no haría sino confirmar tal aserto. Mientras que esto ocurría, la sociedad seguía militarizándose. Los códigos de comportamiento cambiaron y la doble moral del ciudadano cubano hizo eclosión con el oportunismo y la cobardía como referencias absolutas. Pero la vida no es como el arte, no admite clasificaciones, no tiene géneros. Sobrevino la división en el seno de las familias y con los CDR (comités de defensa de la Revolución), –nefasto logro del fidelismo- el Estado enemigo pudo penetrar por efracción en nuestros hogares. Fueron muchas las familias divididas por la infamia política. Las consecuencias que ello conllevaba para el joven de 18 años que era yo entonces, sólo puede valorarla quien las haya sufrido en carne propia.
Por su parte la Universidad no abrió totalmente sus puertas porque el naciente Estado totalitario había decidido conectar la sectaria Reforma Universitaria con la instrumentación de nuevos planes de estudios, conformes con la doctrina marxista. La autonomía universitaria desapareció conjuntamente con la secular hegemonía de los consejos de escuelas, sobre toda modificación de los cursos a impartir. La dictadura había llegado para quedarse y era indispensable eliminar de las universidades todo posible fermento de rebeldía. Se instituyó el examen de ingreso sobre criterios políticos y las escuelas hacia las que yo hubiera deseado orientarme, las de Derecho y de Ciencias Comerciales, no abrieron matrículas de primer año en aquel período.

Decidido a huir, mis padres me “emanciparon” legalmente ante notario porque la ley así lo estipulaba. A continuación un charlatán me hizo perder un tiempo precioso, al prometernos una visa venezolana que jamás existió. Cuando opté por pivotear mi vía hacia Los Estados Unidos de América – primavera de 1962 – la espera se había incrementado, porque fue el momento en que numerosas personas solicitaban lo que ya por entonces se llamaba “la salida definitiva del país”. A esa altura, y no diez meses antes, debí recomenzar desde cero y ni siquiera una vigencia del antiguo Ministerio de Gobernación que había pagado a mediados de 1961, me servía para viajar. Conservo en mis archivos ese precioso documento. Como a partir del 22 de Octubre de 1962, los tres vuelos diarios entre La Habana y Miami fueron suspendidos definitivamente me quedé en un limbo una vez más en mi empeño de huir de la isla. Vinieron a continuación tres años de infructuosas gestiones buscando una visa de México jamás obtenida. Hubo otros fracasos alrededor de intentos que no describiré aquí, porque pueden considerarse comprometedores, hasta que surgió la llamada “disposición para varones entre 15 y 27 años” que a partir del éxodo masivo de Camarioca, en el verano de 1965, impedía a esa categoría de ciudadanos la emigración legal. Al encontrarme en tal franja de edad, sólo podía esperar a junio de 1970 para cumplir los ansiados 27 años. Ese cumpleaños, sin que yo ni nadie lo supiéramos coincidió casi con otra “ley” del Ministerio del Interior castrista que se conoce como “el cierre del 31 de Mayo de 1970” (también “nuevas disposiciones emigratorias”), merced a las cuales las restricciones inmigratorias fueron llevados a extremos en lo adelante legales, pero sometidos a la arbitrariedad y, valga la redundancia. Mi solicitud de salida de Cuba fue denegada y a partir de entonces tuve que trabajar para subsistir – y también para obviar otra exquisitez castrista denominada “la ley contra la vagancia”- como peón en un lúgubre depósito de materiales de construcción, no obstante mi formación. Pasé ese periodo en medio de grandes dificultades y como ya había sido expulsado por motivos políticos de la Universidad de la Habana, era una persona “negativa” y totalmente “fichada” en todos los controles policíacos del aparato represivo.

A partir de 1970 era prácticamente imposible salir legalmente de Cuba a menos que las autoridades necesitaran la vivienda o el automóvil del solicitante; caprichos así. Al no tener familiares directos en el exterior, no quedaba otra alternativa que hacer enroque o intentar una fuga clandestina. También estaba fuera de mis posibilidades el viajar allende los mares como miembro de una delegación gubernamental de cualquier tipo. Ni para eso ni para tener empleos en los que mostrar ardor revolucionario y militancia sin falla era elegible. Los códigos del sistema seguían siendo los mismos. Y corriendo el tiempo llegaron un buen día los sucesos de la Embajada del Perú y el subsecuente éxodo del Mariel. Desconfié erróneamente de la validez de lo primero. Sin embargo fui “reclamado” por más de seis embarcaciones que fueron a buscarme al que se convertiría en puerto famoso. Sólo que, borrando y censurando las listas de los solicitados, el siempre original Ministerio del Interior cubano me suplantó por enfermos mentales y patibularios delincuentes, hoy instalados en “Yankeelandia”, sumados a ese enorme contingente de emigrantes económicos -que no exiliados- que hacen cada vez que pueden el viaje a Cuba cargados de dinero y de regalos. Fue en ese contexto que el gobierno de Francia ofreció entrada legal a 500 cubanos. Dos de esas visas fueron para mi esposa y para mí, de suerte que llegamos a París a comenzar una nueva vida, provistos de residencia legal y de un permiso de trabajo.

En los 35 años transcurridos desde entonces a la fecha hemos vivido integrados a esta sociedad francesa donde nació nuestro hijo, que hoy día ya trabaja después de haber completado su formación universitaria en una de las mejores instituciones del país. Mirando por encima del hombro hacia atrás no podemos ni imaginar cuál hubiera podido ser nuestra propia vida ni el estado de un país como Cuba hoy día, si “el general” Batista no hubiera interrumpido en 1952 el ritmo constitucional (imperfecto, pero osamos pretender que en vías de mejorar progresivamente), que dando traspiés, había comenzado en la isla allá por el 1902. Mucho más difícil es intentar comprender qué habría ocurrido en nuestro país si todos los que huimos del castrismo hubiésemos adoptado la vía de la resistencia, al menos pasiva, pero resistencia al fin, de quien como mi padre -que jamás renovó su pasaporte después de 1959- proclamaron, predicando con el ejemplo, aquel sonoro: “Yo no me voy, los que tienen que irse son Ellos.” Durante algún tiempo no lo comprendí, pero hace mucho que le di la razón. Concluyo recordando que este último ejercicio retórico quasi inútil hace pensar en la lapidaria frase de Azorín: ‘la vida sólo se vive una vez.’ Parco y preciso.” Julio Prado

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras del Viejo Mundo, de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

Hispanista revivido.