Fotos: Loly y su esposo Roberto. Sus hijos Lolita y Robert.

París, 11 de marzo de 2016.

Mi querida Ofelia:

Conocí al padre de Loly cuando yo sólo tenía nueve años. Mi tío Renato trabajaba en el Café Quitana de Galiano y Concordia y era amigo de él. Durante años entré al Teatro América gratis gracias al padre de la que sería a partir de mis catorce años, una de mis Amigas del Alma. Loly era “el bombón” del grupo: simpática, bella y dulce. Numerosas veces entré por aquel larguísimo pasillo de la calle San Miguel, que conducía a la casa de Loly en el centro de la manzana. Muchas veces tuvimos allí fiestas y reuniones del grupo de amigos adolescentes. Recuerdo que me regaló antes de irse de Cuba dos longs-plays de Nat King Cole en español, que se quedaron en casa cuando yo me pude ir de Cuba. Ahora los tengo en CD y cuando los escucho me acuerdo de ella. También cuando voy al parisino Cine Rex, recuerdo a su padre y al América. Ambos cines poseen una sala muy similar. La familia de Loly era hospitalaria, acogedora y generosa, tenía la rara cualidad de hacerte sentir en tu propia casa.

Siempre que hemos ido a Miami Loly y Roberto nos han recibido con gran cariño y simpatía. Cuando ellos vinieron a La Ciudad Luz, tuvimos el enorme placer de pasear juntos por la ciudad durante una semana. Le pedí a Loly que me diera su testimonio y aquí te lo envío.

– “Mi querido hermano escogido. Me pediste que te hiciera un recuento sobre cómo fue mi travesía y el precio que pagué para poder llegar a conseguir lo que todo ser humano tiene derecho al momento de nacer y que tantos anhelan y nunca podrán conseguir. ¡El precio que tuve que pagar para poder llegar a los Estados Unidos y poder disfrutar de la tan añorada Libertad!

Mi historia más o menos es una de las tantas de las que se ven más que repetidas en muchas familias cubanas, y sobre todo entre aquellos que tuvimos el privilegio o la desdicha de haber nacido en la década de los años cincuenta. Hemos sido partícipes de la turbulenta y engañosa Revolución, que sobre todo más ha consistido en la destrucción para la Isla de Cuba de su mayor riqueza: la familia.

Nací de una familia humilde, honesta y trabajadora, donde aprendí, el respeto al trabajo el honrar a la familia, la lealtad a los amigos, la moral y sobre todo, el amor a Dios. Mi padre mantenía dos trabajos porque como su niñez había sido tan precaria no quería que sus hijos (mi hermano y yo), careciéramos de lo que él y sus diez hermanos tuvieron que carecer. Trabajaba de día en un laboratorio que producía productos de belleza llamados “Toque Final” y en la tarde hasta altas horas de la noche como portero de unos de los mejores teatros de La Habana, el “Teatro América.” Con el fruto de estos dos trabajos ayudaba a la mantención de sus hermanos y empezaba a realizarse en una humilde y pequeña propia empresa, llamada “Tabacos Yahuco.” Bien recuerdo que todos cooperábamos y con mis pequeñas manos me gustaba ponerle los sellos a los tabacos.

Mi pobre padre lo único que hizo toda su vida desde que tenía siete años fue trabajar honestamente y eso fue lo que nos enseñó. Cuando tenía algún tiempo libre le gustaba irse al campo a la cazar de palomas, de las cuales hay unas cuantas anécdotas simpáticas que también te contaré en otra ocasión.

Mi madre desde muy pequeña aprendió de mi abuela el arte de la costura y junto a ésta, ganaban su sustento vistiendo a las elegantes grandes damas de la élite habanera. Mi madre era una estrella en su género. Hoy en día compararía su trabajo con el gran Oscar de la Renta. Han sido muchas las veces que con nostalgia me pregunto cuál hubiese sido su futuro si hubiese podido haber logrado llegar a conseguir su tan ansiada Libertad. De ella aprendí algo a lo que sólo pude darle su justo valor, después de haber sido madre y fue, el don de la generosidad.

Vivíamos en una modesta casa en la calle San Miguel, en la cuidad de La Habana. Mi hermano y yo cursamos la primera enseñanza en un pequeño colegio privado en la zona del barrio llamado “Colegio América”, del cual guardo gratos recuerdos de mi niñez y donde también nos educaron en base a los principios de la moral, ética, honor y respeto a la sociedad. En él tuve la dicha de conocer, y puedo decir que tengo el honor de conservar, a muchos de aquellos amiguitos de infancia que hoy han pasado a ser parte de mis hermanos escogidos.

Mis padres fueron participantes de aquel “cambio” que querían los cubanos para su Isla, donde no hubiese corrupción. Soñaban con mejores derechos para los cubanos, fueron embrujados y atrapados por el “embrujo” de la Revolución. Pertenecieron al Movimiento 26 de Julio, fueron cómplices de ayudar a que se produjese el “cambio” deslumbrados por aquel Robin Hood barbudo, que ocultaba su maldad bajo un crucifijo que llevaba en el pecho. Aquel lobo con piel de oveja, El Mal bajo la sombra de Cristo.

Llegó el triunfo de la Revolución en 1959 y se formó la confusión, todo se vino abajo, todo aquello por lo que el Movimiento del 26 de Julio había supuestamente luchado. Se acabo la Libertad de expresión, todo pasó a ser propiedad del Estado. Cuba era socialista. Mi padre perdió su pequeña empresa tabacalera. Tampoco pudo ir de nuevo a cazar sus palomas, porque una noche tocaron a la puerta unos “compañeros” vestidos con el uniforme verde olivo armados con unas pequeñas ametralladores checas diciendo que venían a recoger las escopetas porque tenían que ser “donadas” a la Revolución.

Mi madre perdió sus clientas, aquellas grandes damas lo perdieron todo, algunas terminaron en la cárcel. Las que tuvieron visión del futuro corrieron al exilio. El colegio donde estudiábamos también fue expropiado. Nuestros amigos empezaron a desaparecer. Lo peor fue que las familias se dividieron en dos bandos: aquellos que creían en el fidelismo y los “gusanos” apestados. Empezó el miedo a los C.D.R. (Comités de Defensa de la Revolución), pues espiaban a los ciudadanos. Todo lo que creías que te pertenecía era del “pueblo”.

En mi familia, mi padrino fue el primero en salir de Cuba, después le siguió mi tía con mi prima después del desembarco en Bahía de Cochinos, cuando hicieron el famoso canje de los llamados “mercenarios” por la propaganda del régimen (los heroicos brigadistas que fueron hechos prisioneros), por medicinas y otros productos. Ellas pudieron salir en uno de esos barcos que habían llevado cargas a Cuba. La situación iba empeorando y ni idea de que la pesadilla terminase. Había que irse de Cuba. Se produjo el éxodo por puerto de Camarioca y después inició el Puente Aéreo de la Libertad.

Mi tía hizo la reclamación a la familia completa que constaba de mis abuelos maternos, mis padres, mi hermano y yo. Pero como mi hermano ya era mayor de quince años y no podría salir de Cuba. Mi madre tomó la decisión de que sus hijos saldrían primero. Ella no saldría sin nosotros.
Empezó el rumor de que también se implantaría la edad militar para las mujeres y en mi casa cundió el pánico. Mi pobre madre no podía pensar de que me pasara lo mismo y entonces se decidió que tendría que salir por un tercer país y que mis abuelos también lo harían.

Mi padrino dijo que haría la reclamación y los papeles solamente para mí, ya que ellos no estaban en condiciones económica (pues estaban acabados de llegar a los U.S.A.), para afrontar los gastos de los tres.
Mi padre estaba indeciso en firmar mi permiso, puesto que yo era menor de edad y le aterraba el pensar que su niña anduviese sola por el mundo. Mi madre fue más valiente y dijo que no podía a causa del miedo y el egoísmo troncharme el futuro. La decisión estaba tomada, tenía que dejarme ir.

Se presentaron los papeles para poder salir por España, ya había cumplido mis diecisiete años. En cuanto se hizo la petición de permiso de salida me hicieron el inventario. Una tenía que declarar todo lo que poseía. Al ser menor de edad y vivir en casa de mis padres ¿qué posesiones podría tener? Las pocas prendas de valor que teníamos ya hacía mucho tiempo que las habíamos escondido. Lo único que poseía era una cuenta bancaria con la cantidad de $10.00 que tuve que “donar” a la Revolución. Me dieron un papel donde me ordenaron que durante el tiempo de espera para la salida de Cuba, tenía que ir a hacer “trabajos productivos” y me tenía que presentar en determinado lugar, que de ahí me trasladarían a otro para hacerme trabajar al campo.

Terminé en Güira de Melena, en un lugar remoto y para llegar hasta allí era una odisea. Nos trasladaban en unos camiones abiertos soviéticos que usaba el ejército. Para subir a ellos había que ser trapecista de circo. Al yo ser una de las más jóvenes del grupo (las edades oscilaban entre 17 y 75 años), era la primera en trepar para poder ayudar a las personas mayores. Después me tenía que bajar para ayudar a la última para que subiese. Al cabo de la primera semana era toda una experta. Cuando se ponía en marcha aquel mastodonte de hierro producía un ruido ensordecedor. Cuando frenaba caíamos todas unas encima de otras, ya que no teníamos donde aguantarnos para evitar las caídas. Cuando llovía era peor, pues salíamos resbalando y en ocasiones algunas salieron “volando”.

Al llegar me encontré con un albergue en medio de la nada, que se componía de dos naves, una de concreto con techo de hojalata que tenía luz eléctrica, unas letrinas (huecos en la tierra) y dos llaves de agua ; la segunda era más rústica, sin luz eléctrica, sin agua ni letrina. En tiempos anteriores a la Revolución, esta última se usaba para secar las hojas de tabaco. Por lo que percibí, aquel lugar había pertenecido a una finca tabacalera que seguramente albergaría unos cincuenta trabajadores y allí había en aquel momento unas seiscientas mujeres.

Me tocó como vivienda temporaria la choza rústica, era húmeda y mal oliente, mi primer encuentro fue con una familia de ratas que habían hecho su nido en el techo de la choza. En la noche podía divisar cuando la rata tomaba a sus pequeños por el cogote y los trasladaba de un lugar a otro balanceándose en las vigas del techo, ¿Por qué lo hacía?
Al principio sentí miedo y asco, mucho asco. Me preguntaba: Señor, ¿a dónde me has mandado? Sobre todo Señor, ¿hasta cuándo?

Me tocó dormir en una litera de hierro con una tabla de madera como “colchón”. Mi cama era la primera al lado de uno de los portones de la entrada y cuando en la noche llovía me mojaba.
Para alumbrarme allí estaba la señora Luna, testigo de mis penurias, fiel oyente de mis confesiones que siempre supo guardar mis secretos.
Al principio me costaba mucho dormirme, ya después el cansancio me vencía

Mi madre me consiguió una tela fina que me sirvió como mosquitero. En mis cortos años de vida no había conocido aquellos enormes mosquitos. Padecí una infección en las picadas sobre la piel que fue horrible, sobre todo en las piernas, parecía una leprosa.

Para hacer “las necesidades” había que ir al hueco en la tierra. Había muy pocas duchas y sin ninguna privacidad. Nos turnábamos y nos cuidábamos unas a las otras sobre todo para avisar cuando venían “los compañeros”: sinvergüenzas milicianos que venían para espiarnos.

Nos despertaban a las cinco de la mañana con un grito de: ¡DE PIEEEEE! Lo primero que hacían era ponernos a la intemperie para contarnos y asegurarse que ninguna había escapado. Esa práctica era muy común, sobre todo cuando más cansadas estábamos y también cuando llovía. Bajo de fuertes lluvias y con el temor a los truenos, nos despertaban según ellos para contarnos. Podía ser a cualquier hora de la madrugada.

Supuestamente debíamos trabajar de lunes a sábado, con el domingo libre para ir a nuestras casas. Pero hay que tener en cuenta de que estábamos en medio de la nada, sin transporte. Teníamos que ingeniárnoslas para salir de aquel lugar. Mi madre se las arregló con un campesino que tenía un viejo y destartalado tractor, el que por unos pesos, me sacaba al camino más cercano para hacerme el viaje a La Habana menos difícil. Teníamos que regresar y reportar al campamento el domingo antes de las nueve de la noche y, si por casualidad hacías algo que ellos consideraban como un “delito”, te privaban de ese pase (permiso), dominical

El desayuno constaba de un pan durísimo que teníamos que mojar para ablandarlo un poco.
Nunca olvidare el primer día que nos llevaron a cortas yerba y a la hora del almuerzo, en aquel mismo camión ruso vinieron los “compañeros” llegaron con una enorme y sucia cazuela. Nos mandaron a hacer una fila para darnos la ración que nos tocaba para el almuerzo, que consistía en agua tibia con unos chícharos flotando junto a unos insectos que se movían aún, acompañado por un trozo de pan duro. Cuando me tocó el turno y tomé mi ración, volví la cabeza y vi una de esas imágenes que se veían en aquellas películas soviéticas que habían invadido las pantallas de todos los cines de La Habana, donde mostraban los campos de concentración nazis con aquellas mujeres prisioneras escuálidas y sucias. Dios mío, allí estaba yo, escuálida, mugrienta, mal oliente, protagonista de mi propia película. Entendí que estaba en un campo de concentración, la diferencia era que no era un campo nazista con cámaras de gases, ni estábamos los años cuarenta, sino un campo castrista de destrucción física y psicológica en el verano de 1968.

Una noche, una tras otra nos fuimos despertando por una gran intoxicación. Más de quinientas mujeres estábamos padeciendo de unas terribles diarreas. Nunca supimos lo que nos habían puesto en la comida y ellos se reían, encontraban muy simpática nuestra tragedia.

Nos querían humillar, eran déspotas, groseros y mal educados. Una vez trabajando bajo un sol ardiente en un lugar apartado teníamos una sed atroz y como no llevaron agua para nosotras, tuvimos que compartir el bebedero con unas vacas que tenían un estanque cercano. No olvido la cara de aquel déspota que nos gritaba: ‘oigan Jacquelines (por Jackie Kennedy, ellos creían ofendernos así y al contrario eso nos honraba.) si tienen sed pídanle permiso a las vacas a ver si las dejan beber.’

Cuánto aprendí en aquel verano con aquellas mujeres de todos los niveles sociales y orígenes étnicos. Muchas estaban enfermas y se desmayaban bajo aquel sol tropical. Había una señora que siempre miraba hacia el cielo e imploraba diciendo: “Cachita virgencita bonita mándanos una nubecita.”
Fueron muchas las veces que Cachita le escuchó mandándonos la nubecita. Pero a cada rato Cachita se equivocaba y nos mandaba un aguacero acompañado por truenos y no sabíamos cómo protegernos.
Todas estábamos allí por un mismo propósito, el de buscar de una manera u otra, salir vía España, México, Costa Rica o por el puente aéreo. Todas estábamos allí para lograr conseguir la Libertad.

Una tarde, como tantas veces hicieron algo sin previo aviso, nos dijeron: recojan sus cosas que van a ser trasladadas. De esa forma no daban tiempo a que alguien pudiese mandar recados a su familia para que supieran hacia adonde nos destinaban. Llegó un militar vestido con aquel uniforme verde oliva y una pistola en la cintura. Nos dijo que nos iban a trasladar a una granja avícola.
Dos horas después me encontré en aquella granja. Era de noche. Todavía hoy, después de tantos años, puedo cerrar los ojos y oír el horrible murmullo de aquel lugar.

Cada vez que nos trasladaban hacíamos pequeñas notas con recados y las lanzábamos a la gente que nos tropezábamos por el camino para que nos hicieran el favor de avisar a nuestras familias, algunas veces teníamos suerte.

Me sentí indefensa, tan sola que me embargó la tristeza, ya ni siquiera tenía a la Señora Luna para escuchar mis lamentos. En aquella oscuridad me pregunté: ¿Me estaré volviendo loca? Señor ¿qué he hecho?

De pronto sentí una voz muy alta de alguien que preguntaba: ¿está aquí Dolores de la Caridad Fuentes Alba? Sí, era alguien preguntando por mí. ¿Qué sería lo que querría?
¡Era para decirme que me había llegado la salida!
Se apoderó de mí un gran sentimiento. Lloré y lloré sin consuelo. El Señor estaba dando respuesta a mis preguntas
¡Gracias Señor!
Mi hermano había ido por mí al lugar anterior y allí se encontró con una Luly triste, agradecida y llorosa cambiando su tristeza por alegría al enterarse de que me había llegado el permiso de salida. Por cierto, ¿qué habrá sido de la vida de Luly?

Al fin saldría del infierno ¿Qué me tendría destinado el futuro?

Al día siguiente tuve que presentarme para que me dieran “la baja de la agricultura” Sin ese “papelito” no me dejarían salir, ya que había que presentarlo a emigración en el aeropuerto junto al pasaporte. Era uno de los tantos requisitos del castrismo.
Este papelito lo conservé por muchos años, hasta que un día no sé por qué motivo lo hice arder.

Aún recuerdo las palabras de mi madre cuando empezó mi odisea. Me dijo: “cuando te llegue el momento de partir no mires hacia atrás, tu futuro te espera y verás que las cosas van a ser muy diferentes “

Salí de La Habana en uno de los últimos vuelos de la compañía KLM rumbo a Madrid, el día 24 de Octubre de 1968.

El vuelo hizo escala primero en Jamaica para cargar combustible, después en Trinidad y Tobago por problemas técnicos. Recuerdo haber dormido en un sofá del aeropuerto, tener sed y no poder comprarme ni un refresco ya que no tenía un centavo en los bolsillos.

Pensé: ¡qué importa que me hayan expoliado de todo, ya tengo la Libertad!

Llegué a Madrid y fui a parar a las Cooperadoras Diocesanas, gracias a las gestiones que habían hecho mis tíos.
De Madrid partí rumbo a New York el 14 de Octubre de 1969.

Pensé: al fin llegué a mi meta, ahora a luchar y a empezar mi nueva vida, a forjar mi destino. ¡Viva La Libertad!

Un viernes del mes de Octubre de 1970 se produjo un gran cambio en mi vida, conocí al que por treinta y nueve años ha compartido mi vida. Conocí a Roberto Ortega, otro cubano que también como yo, había salido solo de Cuba a sólo catorce años, exactamente un mes antes de cumplir “la edad militar”. Salió vía México y a él también su padrino le había reclamado en 1966.

Estudiando de día y trabajando de noche y los fines de semana pudo recaudar los fondos suficientes para poder reclamar a sus padres y hermana que habían quedado en Cuba. Él también era de La Habana y logró sacarlos vía México en 1968.
Nos casamos el 12 de Junio de 1971. Nuestra hija Lolita nació en 1973 y nuestro hijo Robert en 1977.

Mi madre no logró su sueño de Libertad. Lo peor es que nunca llegó a conocer a sus nietos. Perdió su combate contra el cáncer el 29 de Enero de 1979. El 24 de Octubre de 1968 había recibido el último abrazo de ella.

Logramos sacar de Cuba, durante el éxodo del Mariel en 1980 a mi padre, mi hermano con su señora y los hijos de ésta. Roberto fue en un barco a buscarles. Pero ésa es otra odisea que te contaré en otra ocasión.

Mis hijos son mi mayor riqueza, los cuales me hacen sentir muy orgullosa como espero se sienta mi madre de mí desde el cielo. Ya ellos tienen sus propias vidas y se han labrado sus propios futuros, tuvieron la suerte de haber nacido en Libertad en este gran país.

Lolita se hizo maestra, enseñó en High School y se graduó de la academia de policía del Estado de la Florida. Está casada.
Robert, es un hombre en todo el sentido de la palabra, se graduó de FIU en economía y finanzas. Trabaja en una buena empresa y tiene un lindo apartamento en el centro de Miami. También está casado.

Cada día le doy gracias a Dios, ya que sin la fe no hubiese podido lograr ser Libre. Agradezco a todos los que me ayudaron y me proporcionaron las condiciones para triunfar sobre todo a mis tíos, especialmente a mi padrino, al que guardo en un lugar muy especial de mi corazón.
A mis amigos que se han convertido en mis hermanos escogidos.
A mi madre que me enseñó que en el amor no entra el egoísmo y que a los hijos hay que ayudarles a fortalecer las alas para que puedan volar. He seguido siempre su consejo de no mirar hacia atrás.

Agradezco al país que me dio cobijo, donde aprendí la tolerancia, a respetar a los que no piensan y sienten como yo, donde puedo decir lo que siento, hacer lo que quiero sin temor a la represalia, donde mis hijos vieron por primera vez la luz, donde conocí al hombre de mi vida, padre de mis hijos y fiel compañero.
Hoy, después de tantos años me queda la nostalgia y reconozco que me siento muy americana para ser cubana y muy cubana para ser americana.

En mis oraciones también incluyo a esos verdugos que aunque no lo crean algún día tendrán que enfrentarse al tribunal divino y se hará justicia, ¿o es que se creen impunes? ¿No han aprendido nada de la historia? O es que no quieren reconocer que entre cielo y tierra no hay nada oculto antes los ojos de Dios.
Sí, tiene que haber justicia para el pueblo cubano, para que pueda surgir el perdón. Y todas las noches me sigo haciendo la misma pregunta…¿hasta cuándo?” Loly

Un gran abrazo desde La Ciudad Luz de quien te quiere siempre,

Félix José Hernández.

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